VIII. Vivir sin permiso #3
— Mi arripienti de habir … —lo imitó Sofía haciendo un mohín—. Igual tenías razón, no duró. Al menos has sido sincero con lo que piensas desde chiquito.
Diego la observó unos segundos con orgullo… y también con una ternura que no sabía bien cómo esconder.
—Creo que nunca te agradecí —dijo, cambiando el tono, con la mirada perdida en el horizonte— por aquella tarde en que murió papá.
Sofía bajó los ojos a su copa de vino. Y la punzada regresó.
Por él…, y también por ella. Vivir sin un padre abría heridas que nunca terminaban de cerrarse, aunque con los años una aprendiese a nombrarlas menos.
Ella lo sabía demasiado bien. Jamás hablaba de las esquirlas interiores que le arañaban el alma, pero aquel dolor lo llevaba incrustado en los pulmones desde que tenía seis años.
Tardó demasiado tiempo en aceptar el hecho como real, en dejar de esperar algo que ya no iba a volver.
Quizá por eso, aquella tarde, no pudo marcharse y dejarlo solo.
Había más gente, sí. Pero dio por sentado que en esa casa nadie entendería su dolor mejor que ella.
Incluso, sabiendo que aquella simulación de despedida —las palabras torpes, los gestos ensayados, cerrar un ataúd con un cuerpo inerte— sería la parte menos difícil.
Porque lo verdaderamente insoportable era lo que no podía enterrarse.
Los recuerdos que acechaban, los vacíos desgarrantes, ese instinto necio de estirar las manos para abrazar… y no encontrar nada.
El estómago se le encogió y un manojo de emociones se le anidaron en la garganta. Entonces desvió la vista hasta el mismo punto donde él mantenía la mirada perdida. Y lo revivió todo.
***
Fue el día del cumpleaños diecinueve de Karla. Estaban en el patio de su casa. Sofía elegía la música y Diego se burlaba de ella pues, decía, que con aquello no se podía bailar; entonces su teléfono sonó.
El grito de dolor y rabia que Diego soltó al contestar fue brutal, e hizo que todos se quedaran paralizados. El móvil resbaló de sus manos y cayó al suelo, en tanto su voz, convertida en un hilo roto, solo repetía en bucle.
—Eso no puede ser verdad… eso no…
Sofía corrió hacia él y recogió el teléfono del piso. Se agachó para sostenerlo por el brazo mientras él arrastraba despacio la espalda por la pared del portal, como si un dolor sordo —más potente incluso que la gravedad— le estuviese exigiendo a su cuerpo el desvanecimiento.
—Diego, ¿qué ha pasado?
Él no contestó. El labio inferior le temblaba. Se limitó a mirarla con sus ojos color cielo enrojecidos y diminutas gotas de agua rasgándole sus pestañas largas, conteniendo una tormenta a punto de estallar.
Ver a Diego así fue estremecedor y jodidamente doloroso. Sofía miró el móvil y vio que la llamada de tía Mirtha —la madre de Karla— seguía abierta, parpadeando en la pantalla. Se lo llevó al oído.
—Mirtha… ¿qué ha pas…?
La escuchó sollozar, al borde del colapso.
—Mi hermano David, el papá de Diego… acaba de fallecer en un accidente, Sofía —dijo con un hilo de voz—. Por favor, no lo dejes solo. Es muy impulsivo.
Sofía colgó al mismo tiempo que escuchaba gritar a Karla desde dentro de la casa, atrapada en otra llamada, en otro mundo que, sin duda, también acababa de romperse. Así que se quedó al lado de Diego, sentada en el suelo… y esperó paciente a que él reaccionara.
Su cuerpo estaba desplomado y su expresión lucía vulnerable de una forma que ella nunca lo había visto.
Lloraba sin control, como si se desgarrase por dentro y golpeaba la pared con el puño en movimientos rítmicos y violentos, intentando, quizás, que doliera más en sus nudillos que tan adentro, donde no alcanzaba.
Al cabo de unos minutos, Sofía se colocó frente a él y, sin permiso ni retórica, le susurró un lo siento mucho soberbiamente sincero, le rodeó con una mano los nudillos enrojecidos llevándose el último golpe en los suyos, para luego desenredarle el puño con sus dedos y sostenerle la palma sudorosa.
Él apretó su mano como si pudiera anclarse en aquellos dedos tan finos y, entonces llegó esa mirada suya —perdida, rota, necesitada—, una que ella jamás consiguió olvidar.
Lo abrazó y le dejó llorar en el hueco de su cuello... y se quedó con él, en silencio, el tiempo que fue necesario.
Lo acompañó en los trámites más incómodos: las llamadas, el velatorio y ese otro tipo de mutismo que ella nunca había sabido dónde colocar…
***
El efecto del tempranillo contrayendo sus glándulas salivares la devolvió al presente. Lo vio parpadear, y notó que, entre sus pestañas, amagaban aquellas mismas pequeñas gotas, ahora atrapadas en un recuerdo que, era evidente, aún le dolía demasiado.
—Me alegro de haber estado ahí —dijo ella por fin. Sincera y transparente.
Y en ese segundo entendió que la noche había cambiado de rumbo. Que, quizá… en ese momento, él necesitaba su compañía más de lo que ella necesitaba la suya.
Bajaron la tensión y se instalaron en una conversación más relajada y sanadora. Estuvieron así casi por dos horas más, sin prisas, dejando que el tiempo se detuviera y comenzara a deshacer todos los estereotipos que tenían el uno del otro.