VIII. Vivir sin permiso #2
—Los vinos de crianza son los más equilibrados —empezó a hablar con teatralidad—. Menos dramáticos que los de reserva y con más madurez emocional que los vinos jóvenes. Este es… digamos, uno que va a terapia, pero aún sabe cómo divertirse.
—O sea… ¿cómo tú? —Le sostuvo la mirada—. O, mejor dicho, como te crees que eres tú.
Diego soltó una risa apenas contenida.
—Yo, la verdad, creo que soy más de Reserva. —Entrecerró los ojos y encajó el mentón entre el índice y el pulgar—. Que, por cierto, también está más a tu altura… pero, como no tienes intención de saborear carne roja hoy —curvó las comisuras con una perversión obscena—, mejor un crianza.
Sofía sonrió. No por el vino, para nada. Sonrió por el alivio inesperado y maravilloso de sentirse aprendiendo algo con Diego y de descubrir —contra toda premonición— que estaba disfrutando la conversación.
—Mejor —confirmó, lanzándole una mirada un pelín traviesa—. Me agrada el lugar.
—Lo abrieron hace poco —comentó él—. Me gustó la terraza. Parece que el ruido de ahí abajo se queda fuera.
—Y que no viene mucha gente —replicó ella, enarcando una ceja con sarcasmo—. Eso es un plus , ¿a que sí?
El camarero dejó entonces una cesta pequeña de pan con sal en escamas y aceite. Sofía tomó un trozo y lo partió con calma.
—¿Estás nerviosa o son ideas mías? —se aventuró él a preguntarle—. Me gusta ponerte nerviosa.
—¿Yo? —respondió ella ahogando una carcajada, en tanto mojaba el pan en el aceite—. Ya te gustaría. Espero que tengas claro que no. Lo único que me preocupa es que no me alcance con la vista —y le sostuvo la mirada unos segundos más de lo prudente.
—Yo sé lo que esperas de mí esta noche, Sofía. Y te adelanto una cosa. No te voy a dar ese gusto.
Sofía soltó una risa nasal. «Ya veremos».
Llegaron unas tablas de jamón y chorizo ibérico junto con algunos quesos.
Diego la observaba imperturbable con la clara intención de desajustarla, rebosando autoconfianza por los cuatro costados, pero Sofía sabía —lo veía en el pulso acelerado que latía en su cuello— que quien sí que estaba un poco nervioso, era él.
—No quiero pensar qué diría Karla si se entera de esto —comentó ella.
—A mí no me va a creer y si llevo fotos, dirá que es Photoshop . Te tiene en un pedestal. Toda la vida repitiéndome como si fuera un muchacho: Déjala tranquila, Diego. No te metas con ella .
—Se llama sororidad —le explicó Sofía, alzando la copa con ceremonia—, nos cuidamos las unas a las otras.
—Ustedes me sobreestiman. Soy un muchacho noble… más rollo que película.
—Permíteme discrepar. Nada de película. Tú eres un reality show . Demasiado tú, sin asumir las consecuencias.
—No las asumo porque no las hay… Además, creo que eso de ser demasiado yo , debería ser algo bueno.
—No tengo argumentos sólidos para confirmarlo —replicó Sofía, dando un sorbo de vino que le dejó humedecido el labio inferior.
Diego arrastró un poco su silla para inclinarse sobre ella.
—Yo soy más de whiskey , pero… —le recorrió la comisura de los labios con la mirada— ¿puedo?
Sofía no apartó la vista y finalmente asintió.
Él le limpió la gota de vino con la yema del pulgar y se lo llevó a la boca, saboreándolo despacio, con una elegancia afilada.
El cuerpo de ella se tensó… y de mala manera.
—Insolente —le dijo socarrona, intentando disimular el corrientazo que se desataba entre sus piernas.
Bajo la mesa, la mano izquierda de Diego buscó el muslo de Sofía haciendo que su cuádriceps se contrajera con el tacto.
Ella lo dejó subir mientras el pulso se le disparaba a un ritmo caótico.
Cerró los ojos un instante, sintiendo un calor en su vientre que amenazaba con condensarse y desbordarse sin permiso.
Lógico, claro… llevaba un tiempo sin… bueno, ya saben.
Pero no. No era el momento, ni el lugar, ni…
«Vamos, que es Diego», se dijo. Así que cuando él estuvo a punto de llegar a donde quería, ella apretó los muslos con fuerza, le tomó la mano por la muñeca y la devolvió a la madera de la mesa.
—Seguro no lo sabías, pero para que los resultados sean confiables, algunos experimentos tienen temporizador —le susurró con una sonrisa que parecía de triunfo, aunque no lo era, pues el latido entre sus caderas pedía algo muy distinto.
Diego se recostó en el respaldo y alzó su whiskey caro a la roca como si nada, mientras la vela de la mesa vacilaba entre apagarse o arder con más intensidad.
Él tenía casi treinta y tres años y una vida de conquistas y locuras a cuestas…
No era tan fácil sacarlo de su eje. Hombre de pocos amigos que nunca se había casado ni repetía compañía demasiadas veces.
Todo este lío del flirteo y la provocación se podía decir que para él consistía en rutina, sin menospreciar sus encantos, a pesar de que, con Sofía, nunca le había resultado…
Tal vez porque tampoco lo había intentado de verdad.
«Ella es una mujer inteligente, y una mujer así jamás le daría un chance a un tipo como yo ». Ese pensamiento se le había quedado tatuado en el cerebro sin razón definida desde hacía mucho tiempo. No estaba claro si para protegerla a ella o a sí mismo.
—No puedo creer que estés aquí —soltó al rato, con un tono más relajado, girando el vaso bajo sus dedos—. Estoy intrigado. ¿Por qué hoy aceptaste mi invitación? ¿Qué cambió?
—Nosotros…, supongo —se apresuró ella a contestar—. Hemos crecido, Diego. Ya no somos adolescentes, quizá podamos dejar de jugar. Además, hoy tuve un examen importante, salí bien y no sabía cómo celebrarlo.
Diego rio, complacido.
—Bueno, en mi defensa, y pese a mi fama de inmaduro, debo aclarar que yo nunca he jugado a nada contigo. Y aunque ahora mismo me encantaría decirte: Vaya… qué honor me has hecho , no puedo. Porque, siendo sincero, sigo pensando que aceptaste venir con otras intenciones solapadas.
Sofía se mordió las mejillas por dentro.
No negó ni confirmó nada, pero… las intenciones las había, claro que las había, solo que le asustaba admitirlo.
Por ahí siempre se había dicho que Diego tenía muy buenos atributos y que sabía usarlos a la perfección.
Quizás ella estaba, por fin, dispuesta a confirmarlo.
«Con las manos, al menos, le va de maravilla».
—Siempre que te veo pasar… te disfruto —le confesó él—. Desde que eras una chiquilla de secundaria me parecías exótica e inquietante.
—Aquellas no fueron mis mejores épocas —rio Sofía recordando que era flaca como una horqueta y detestaba peinarse con decencia.
—Tenías un novio, lo recuerdo… el chinito aquel, muerto contigo.
—Yo con él —aclaró—. Fueron tiempos bonitos.
—Me arrepiento de haberte dicho que no iba a durar. —Soltó una carcajada burlona.