VIII. Vivir sin permiso
El agua le resbalaba por la nuca en hilos caprichosos que le devolvían la energía a golpe de pequeños sobresaltos. Cuando Sofía cerró el grifo se quedó quieta un segundo, escuchando su propia respiración, dejando que la toalla le robara el frío de los hombros y un poco del vértigo de todo el día.
Al final sí iba a celebrar el pase de año; solo que esta vez lo haría fuera de su zona de confort. Y no era por Diego, era por ella, por desafiarse.
Frente al espejo de su habitación, se peinó con los dedos, acomodando su melena corta en ese punto entre rebelde y sensual que la hacía sonreír poderosa.
Se guiñó el ojo a sí misma. Hurgó en el armario paciente —«nada de disfraces, nada de pedir permiso»— y eligió un vestido camisero negro a medio muslo, de tela ligera, con abotonadura en el escote y manga de tres cuartos.
Elegante y sensual sin estruendos. Caía recto y le seguía el paso sin preguntarle.
Lo combinó con unas sandalias negras y sencillas de tacón medio.
Un toque de perfume cítrico en muñecas, detrás de las orejas, en la clavícula, y un labial rojo vino aplicado con una precisión que hasta la sorprendió.
El primer botón, desabrochado justo en ese límite tentador que no llegaba a ser demasiado…
donde descansaba la piedra negra de su cadena marcando territorio ante cualquier declaración de intenciones.
No pensaba arreglarse para que él la viera hermosa; nada que ver.
La idea era otra. Quería regalarse el gustazo de saberse al mando del timón en plena marea alta y comprobar que podía maniobrar a su antojo incluso frente a un hombre tan…
cabrón como Diego. O, quizás, como dirían en buen cubano, solo tenía deseos de joder .
Y eso no sería difícil por una sola razón: nada de lo que fuera a pasar esa noche le importaba lo suficiente. No tenía expectativas, le daba exactamente igual lo que pensara él. Ella sabía que su poder no estaba en el escote ni en los tacones, y creía que él estaba ajeno a eso.
Creía mal. Colocó el móvil boca arriba sobre la cómoda y metió en el bolso lo justo: llaves, monedero, su labial de siempre… y un par de promesas relacionadas con probar cosas nuevas.
***
A pocas calles, Diego se miraba en el espejo víctima de esa serenidad peligrosa —y un poco chulesca— que suelen tener los hombres a los que la vida rara vez les dice que no.
Polo negro que contrastaba con su piel clara, pantalón gris fresco y un perfume amaderado muy bien calibrado.
La roca de hielo de un whiskey corto le tintineaba en la mano, como punto final.
Faltaban diez minutos para las nueve. A él le encantaba ese margen en el que podía jugar a ser puntual mientras hacía esperar al mundo…
Sabía que la prisa no era elegante y que ser puntual era como dar la milla extra.
Lograba el equilibrio con sensualidad. Saldría en su auto, como siempre.
Prosperidad de nacimiento y prosperidad en ejercicio.
Se había encargado de no soltar ese hilo.
Para conseguirlo, se movía en medios ajenos a los de Sofía y había desarrollado un instinto muy fino para abrir puertas y cerrar conversaciones.
Ella, ante sus ojos, venía de otro planeta.
Uno más relajado, seguro e ingenuo. Sin embargo, la vida no dejaba de rozarlos en coincidencias que él atesoraba con descaro y, provocarla se había convertido en un deporte de riesgo que le ponía la adrenalina a mil.
Sabía —lo percibía en la tensión del aire, en el modo en que ella evitaba mirarlo y, al mismo tiempo, no podía no hacerlo— que su presencia la inquietaba.
Tenía claro que no era hombre para ella , pero ni falta que hacía.
Ese detalle volvía el juego aún más lascivo.
Había noches en las que dejaba que Sofía habitara las fantasías más perversas de su mente, esas que no confesaría ni bajo tortura.
Ella siempre le había dado un morbo oscuro, pero sabía que atreverse a cruzar esa línea lo metería en un terreno resbaladizo donde tendría que jugar con fuego cuando hay viento, sin volverse esclavo de la tentación de descubrir hasta dónde podía arder sin quemarse.
Ella nunca le había regalado ni una concesión, pero la muequita de desprecio que le dedicaba cada vez que se lo cruzaba era un striptease emocional. Le resultaba tan sexy que, a veces, tenía que gestionar su autocontrol.
A las 08:50 p. m. Diego se terminaba su trago en tanto abría y cerraba el puño, como reajustando sus excesos de testosterona. Ensayó la sonrisa frente al espejo y enrolló las llaves en sus dedos.
El portazo sonó elegante. Era una promesa de lío a consciencia.
***
Sofía se puso de pie y se miró de arriba abajo. Dio media vuelta y se sonrió. Por fuera no se le notaba el temblor, aunque ahí estaba, obstinado. Se recolocó la cadena y se mordió por dentro el labio inferior.
—A mi modo —murmuró, solo para sí.
Quizá ahí estaba el verdadero dilema de la noche…
en que, después de una década, hubiese aceptado una invitación de Diego.
O tal vez lo que quería era respirar lejos de ese ecosistema intrahospitalario tan intelectualoide como tóxico, donde todos parecían convencidos de merecer el mundo entero a expensas de hacer muy poco para conseguirlo.
También cabía la opción, muy científica por su parte, de que pretendiera explorar un poco el cerebro de Diego para las investigaciones de su libro.
En fin. Qué más daba… quería hacerlo y eso bastaba.
El móvil vibró un instante y se quedó en silencio. Sofía tomó aire, guardó el labial, apagó la luz y salió.
Afuera, dos faros se detuvieron frente al portal. No hizo falta que sonara el claxon. La notificación ya parpadeaba en la pantalla del móvil, como un salto inesperado al vacío.
Diego:
Ya estoy afuera, vecina.
Ella sonrió sin enseñar los dientes. La marea estaba alta. Justo como lo necesitaba.
Diego estaba recostado en el coche, con los brazos cruzados tan bien colocados que parecía una escena cinematográfica.
Tanto, que Amelia, la vecina de enfrente —que ya había comprado el pan a un vendedor ambulante—, se quedó pegada a la columna de su portal como si estuviese mirando estrellas… en una noche nublada.
A Sofía le daba igual, es más, se regocijaba pensando en lo incómoda que se ponía la gente que quería saberlo todo y acaba inventándose historias que nadie podía confirmarles.
—¡ Wow …! qué linda estás.
—Gracias, Diego. Tú también estás muy guapo, pero eso ya lo sabes.
—Sí, pero jamás me lo habías dicho tú. Hoy debe de ser mi día de suerte — le abrió la puerta del coche, dio la vuelta y se acomodó en el asiento del conductor.
—¿A dónde te gustaría ir?
—Ah… ¿no tienes un plan?
—¡Qué va! Ese no es mi estilo. —Se mordió el labio inferior—. ¿Te imaginas que te lleve a comer sushi y que no te guste? Nooo... Prefiero ponérmelo más fácil.
—Siempre te ha gustado lo fácil —dijo Sofía, desviando la mirada.
—¿Cómo puedes decir eso… si siempre me has gustado tú?
Ella negó con la cabeza dejando escapar una sonrisa taimada.
—No sé cómo siquiera valoré la posibilidad de que fueras original —dijo, camuflando la certeza de que más original no podía haber sido—. Con un vino tinto y unas tapitas me basta.
—Como ordene la española —ironizó Diego—. Ya sé a dónde llevarte. Veamos quién se pone original ahora.
Diego la miraba de soslayo mientras conducía. Sofía, dejaba que el silencio le enjuagara los pensamientos. Temía que él no fuera buen interlocutor, que, si decía algo, sus palabras no llegaran a ninguna orilla y la noche se deshiciera antes de empezar.
«Tú calladita, Sofía, tú calladita», se ordenaba a sí misma.
No fuera a ser que la primera frase importante de la velada saliera torcida y él acabase pidiendo disculpas por existir.
Y así, en ese pacto mudo, los segundos fueron hilándose hasta que quince minutos después el coche se detuvo en la Terraza Ibérica, un restaurante nuevo en las afueras de la ciudad que Sofía no conocía.
La entrada se abría a un patio elevado con olivos artificiales en macetones de barro, faroles de hierro y un enrejado que enmarcaba la vista.
La ciudad descendía en penumbras hasta perderse en un pequeño mar de luces lejanas.
El ambiente era íntimo, con velas en cada mesa que invitaban a la confidencia.
Un sitio acogedor y elegante, sin grandilocuencia.
Diego le acomodó la silla con esa galantería surgida más del hábito que de la intención.
«No se le puede quitar que tiene buena educación desde la cuna», pensaba Sofía.
Él levantó la mano y cuando el camarero se acercó, le habló como quien ya se sabía la carta de memoria, aventurándose a elegir el vino.
—Para ella, un tempranillo… —dijo.
Sofía arqueó una ceja, divertida.
—¿Tempranillo?
Diego sonrió ufano, estaba esperando la pregunta para desplegar su arsenal.
—Es una uva que madura antes que las demás —explicó con suficiencia—. Intensa, pero con carácter. Te deja el sabor en la boca incluso después de terminarte la copa. —Su mirada descendió a los labios de Sofía un instante—. Y tiene un punto juguetón… impredecible. Me ha parecido la adecuada para ti.
Ella asintió con asombro ante aquel detalle sutil e inesperado… y ahogó la sonrisa frunciendo los labios
—…Un tempranillo crianza de Rioja para ella —concluyó Diego—. Y para mí, un Johnnie Walker Blue con un solo hielo.
—¿Estás bien con eso? —preguntó él más suave.
Sofía inspiró hondo, recuperando el hilo.
—Supongo que sí, aunque tampoco entendí lo de… «¿crianza ? » —masculló Sofía mientras dejaba que la vista se le perdiera entre los olivos falsos y el brillo cálido de las velas—. Mi cultura vinícola es lamentable; ilústrame.
Diego colocó el codo en la mesa y apoyando la barbilla sobre el puño, la observó como si explicarlo fuese, en efecto, un placer.