VII. Hola, vecina
Sofía tamborileaba los dedos sobre la mesa mientras escuchaba la canción, asfixiando los amagos de la memoria en el mojito que tenía delante.
Esperaba a Paula al aire libre en la cafetería del Callejón de la Soledad, ese pasadizo empedrado que respiraba como si siempre fueran las seis de la tarde, justo al costado de la iglesia de Nuestra Señora de la Soledad con sus paredes desconchadas y su torre del siglo xviii que servía de norte a los que caminaban sin prisa por el centro.
Aquel callejón tenía alma de casa vieja y cómoda con sus mesas pequeñas, la música bajita, y camareros confianzudos que se aprendían los nombres sin preguntarlos dos veces.
Era el lugar perfecto para mirar transitar a la gente —con sus rostros cansados o felices— y perder cinco minutos adivinando sus historias.
Solo iba a tomar un par de tragos con Paula y volver a casa para concentrarse en su libro o, lo que era lo mismo, en ella misma.
Se acomodó el pelo detrás de la oreja y colocó el celular boca abajo.
Canturreó otra vez, dejando que la canción se apagara en su lengua en tanto se sorprendía sonriendo sin testigos, casi plena.
Por fin parecía que había días en que la vida obedecía.
Sofía suspiró, agarró el vaso vacío de la mesa y se encaminó a la barra por un segundo mojito.
El pasillo estrecho del interior la obligó a girar el cuerpo y, en ese movimiento, chocó con un hombro.
El vaso del otro tintineó; el suyo también.
Levantó la vista y el tiempo le hizo un truco desagradable. Diego.
El chico sexy y odioso que tenía dieciocho, cuando ella tenía trece, el mismo que se paraba en la salida del colegio a pavonearse con otros dos igual de guapos e insufribles.
Sofía aún lo recordaba con vergüenza adolescente y con la impotencia suficiente para que se le tensasen los músculos.
En aquellos tiempos él se pasaba diciéndole que el novio que tenía —el chinito de pelo lacio— no iba a durarle.
Sofía lo odiaba, porque estaba segura de que aquel chico era el amor de su vida, que se casarían, tendrían tres hijos y nada ni nadie los iba a separar.
Ver a Diego solo le recordaba que él siempre tuvo razón. Aquel amor eterno no sobrevivió al cambio de escuelas al terminar la secundaria; mucho menos al para siempre decretado. Un racimo de imágenes le cruzó la mente a destiempo y se deshizo igual de rápido.
Él le sonrió de costado como si el tiempo no le hubiera enseñado nada, quizás porque a lo largo de los años, la vida los había hecho coincidir de vez en cuando.
Se cruzaban a cada rato por la ciudad, en calles o sitios que ambos frecuentaban, pero Sofía se limitaba a un saludo breve; y solo porque era el primo de una amiga de la infancia que ella quería mucho.
La mayoría de las veces lo ignoraba. Más allá de sus ojos azul cielo, su cabello miel dorado, su cara de galán de telenovela y lo que decían por ahí de sus talentos escondidos, él no tenía mucho que ofrecer o, al menos, nada que a ella le interesara.
—Me gusta el corte —dijo, recorriéndola sin permiso—. Te ves más… perversa.
Sofía hizo un mohín breve y trató de seguir, pero él le sujetó la muñeca con esa insolencia de campeonato que siempre lo había caracterizado.
—¿A dónde vas tan rápido? ¿No crees que ya es tiempo de que me des el chance?
Sofía inspiró hondo. Miró su propia mano atrapada, se soltó de golpe y lo miró con las cejas arqueadas.
—¿Qué es lo que quieres, Diego?
—Cinco minutos, y, si te aburro… me voy.
—Ya me aburriste la última vez, ¿te acuerdas?
—¿En aquellos carnavales? ¡Por Dios! Si te salvé la vida de aquel huevo sin sal, intenso y reprimido.
Sofía soltó una carcajada. Era verdad. Aquella noche —haría unos tres años— ella y Karla, la prima de Diego, habían salido juntas y un chico rubio de dudosa procedencia comenzó a hacerle sombra con una insistencia asfixiante.
Sofía estuvo a punto de colapsar hasta que Diego apareció de no se sabe dónde y lo puso en su sitio, exigiéndole —casi con violencia— que la dejara en paz. El recuerdo era divertido.
—Te quedan tres minutos. Ya consumiste dos —dijo ella.
Diego la miró de arriba abajo y, sin pedirle permiso, atrapó entre el pulgar y el índice la piedra negra que le colgaba de su cadena dorada, justo donde se abría su blusa.
—Qué bonita cadena… —murmuró, dejando claro que miraba algo más que el colgante.
—Ya lo sé —respondió Sofía, sin perder la compostura al tiempo que le retiraba la mano con sarcasmo, dejando bien claros los límites—. Tienes sesenta segundos.
Él la dejó libre de inmediato. Levantó las manos haciendo ese gesto de ok, entendido , como si por fin recordara que con Sofía no se jugaba así de fácil.
—Déjame invitarte esta noche, anda… Te prometo que te la vas a pasar espectacular.
Sofía le sostuvo la mirada y se dejó llevar por el recuerdo veloz de aquella noche de carnaval, del tipo insistente apartado de un empujón…
, de los ojos de Diego con una furia sexy, de aquella otra tarde que prefería no remover…
y el contraste con su vida aburrida de hospital, libros y detox emocional no le dio la oportunidad de pensarlo demasiado.
—Vale —dijo por fin—. Pero considéralo un experimento. Será a mi modo. ¿A qué número te envío mi dirección?
Diego parpadeó, incrédulo. Le sobraban veinte segundos y Sofía acababa de aceptar, por primera vez en más de diez años, una invitación a salir con él. A no dudar la respuesta lo agarró desprevenido.
—Increíble que nunca hayas guardado mi número de teléfono —susurró, meneando la cabeza—… Yo sí tengo el tuyo. Y no te preocupes por la dirección. No he olvidado dónde vives.
Paula llegó justo a tiempo para verlos hablando demasiado cerca. Soltó el bolso en una silla y, mientras se quitaba la chaqueta y Sofía regresaba a saludarla, ya estaba en marcha con el interrogatorio.
—¿Me explicas esta escena?
—No hay mucho que explicar. Salgo con él esta noche.
—¿Con Diego? ¿En serio?
Paula lo conocía desde hacía años. Le caía bien, sí, pero sabía —sin espacio para conjeturas— que él y Sofía no tenían nada en común.
—¿Sabes que la diferencia entre Diego y Raúl es que Diego sabe bien cómo hacer las cosas… verdad? —dijo Paula, en tono de terapeuta frontal.
Sofía sonrió.
—Conozco a Diego desde que era casi una niña, Pau.
Sé perfectamente cómo es… pero también conozco otras caras suyas que él no deja muy a la vista.
Fui yo quien lo abrazó en el peor momento de su vida, cuando murió su padre.
Aquel día sufrió como si se le fuera el aire.
Y también lo vi levantarse y no dejar que nadie lo encontrara encorvado por los rincones lamentándose de su mala suerte.
—Miró hacia él, que seguía con su trago en la barra y un tabaco en la mano, hablando con el barman —.
No lo compares con Raúl. Diego no tira la piedra y esconde la mano.
Él la tira y te dice fui yo . Es un desastre, yo lo sé, pero por lo menos tiene carácter.
—Puede ser —Paula le dio la razón, incómoda—.
Igual… Diego tira la piedra y no esconde la mano, sí, pero también es un loco de mierda, sin noción del peligro ni de los límites…
—La miró con cariño y alerta—. Y tú, Sofía…
mejor ten mucho cuidado con eso. Te conozco bien y andas…
sin nada que te ancle. A veces tener miedo nos protege.
—Ya sabes lo que dicen. Si te da miedo, hazlo con miedo, pero hazlo —respondió Sofía con una risa burlona, como si no fuera importante—. Quédate tranquila, Pau, yo sé lo que hago. Puedo cuidarme. Solo necesito desconectar un poco.
—Bueno… cuéntame del examen —cambió de tema Paula, haciéndole un guiño al barman para pedirle un daiquirí.
—Espectacular… ya estoy en tercero.
—Enhorabuena, Sofi. Sé lo importante que es para ti.
—Me he sentido demasiado bien no dependiendo de tantas validaciones externas —suspiró, pensativa—. Tengo ganas de vivir a mi ritmo.
—Y hablando de otros ritmos… ¿cuándo es la graduación de Adam? ¿Vas a ir?
—Es mañana. La verdad, no sé si vaya… Su madre estará allí y será incómodo. No sé, pero creo que me sentiré como una polizona en una foto de familia ajena.
—No vayas si te inquieta. Ya no pintas nada allí.
Sofía se quedó con la mirada perdida, sin responder, hasta que una notificación en la pantalla del móvil la sacó del trance.
Diego:
A las 9 paso por ti, vecina. Y ya la cuenta está pagada.
Con algo de fondo, por si desean otra cosa.
Salúdame a Paula.
Sofía sonrió al recordar: Vecina.
Así le decía él entonces, por aquel verano ya distante en el que vivía en la casa de una de sus peculiares y exóticas novias, en el mismo barrio que ella. Se cruzaban todo el tiempo y, en lo que Sofía se esforzaba por no hacer contacto visual, él siempre le gritaba para molestarla:
—¡Adiós, vecina!
Lo buscó con los ojos en la barra para agradecerle, pero ya no estaba.