VI. Lo que cuesta la esperanza
En la casa de Camila había olor a velas de jazmín y tostadas recién hechas.
Sofía llegó con una botella de vino junto a Paula y Rachel, quienes traían quesos y jamones listos para picar.
Sí, porque en Cuba la cosa estaba cada vez más mala, pero los encantos de aquella tribu habían generado contactos gastronómicos importantes para resistir en los momentos de crisis.
Amber —que había sido la primera— ya estaba en el sofá con un tinto que Camila había descorchado. Sarah no iría esta vez, había dejado un mensaje.
Sarah:
Me duele la ingle, pinta de período. Mejor hago reposo.
Enseguida se acomodaron, sirvieron más copas y partieron panecillos.
Sofía les contó —con orgullo y una sonrisa que no explicaba del todo— lo bien que había manejado el primer reencuentro con Adam, nada más y nada menos que en el elevador.
Aunque también arrastraba un duelo aberrante —y muy fuera de lugar— por el dolor que estaba quedando atrás.
Aquello era el colmo: extrañar el dolor. ¿A quién se le ocurría? Pero ahí estaba ella, con una parte del cerebro sobrepensando el hecho de no estar sufriendo igual que antes. Como si su angustia tuviera club de fans en protesta por la cancelación de un concierto.
No sentir dolor bajaba mucho la temperatura de sus emociones y propiciaba ese grado de congelación interna que comenzaba a acomodársele en el pecho. Siempre quedaría el vino para atemperar el cuerpo… y ella justo se servía un poco más cuando Camila lo soltó.
—No quiero que se sorprendan, pero… Raúl y yo somos novios.
Paula alzó una ceja y soltó una carcajada breve, sin malicia.
—Eso no es sorpresa, Cami. Se veía venir.
—Sí, pero no es eso —aclaró Camila, apretando el borde del plato—. ¿Alguna lo conoce?
—No… —respondieron casi a la vez.
Sofía fingió ignorancia para no romper el coro.
Camila respiró hondo.
—Es un buen muchacho —empezó—, pero tiene un pasado… complicado. Su infancia ha estado llena de traumas, ha sufrido mucho y…
—Suéltalo, Camila, no vayas a empezar con circunloquios —la interrumpió Amber—, al grano, por favor.
Ella buscaba palabras que no podía encontrar porque —por supuesto— no existían.
—Ok, sin vueltas. El asunto es que… —las recorrió a todas con la vista— está preso.
Las copas de vino se quedaron suspendidas a medio camino antes de llegarles a todas a los labios.
—¿Cómo que preso? —siseó Paula, bajando la suya— ¿Estás jodiendo no?
—Por los próximos dos meses —siguió Camila, como si necesitara que las sílabas encajaran—. El día que lo vieron en el hotel estaba de pase por buena conducta.
—Ah, bueno —dijo Rachel, cruzando los dedos, para ironizar un poco la cuestión—. Está preso, pero tiene buena conducta… Podría ser peor.
Lo duro no era la noticia, sino la naturalidad con que Camila la había soltado. Por un segundo les desordenó la cabeza a todas. Hubo que hacer rewind mental: el hotel, la sonrisa mansa, esa timidez de hombros; play otra vez, ahora con el nuevo rótulo.
«Fantástico —pensaba Sofía para sus adentros—. Mi amiga con novio preso, pero de buena conducta ... La noche promete».
Paula dejó el tenedor sobre la tabla. Sofía se bebió lo que quedaba en la copa con la intención de tragarse también todas las palabras que deseaba escupir. Amber se recostó en el respaldo y cruzó los brazos. El reloj de pared marcó un minuto más largo que los anteriores.
—Camila —dijo Sofía al fin, sin elevar el tono—, cuéntanos bien. ¿Qué pasó? ¿Por qué está preso?
Camila asintió. Los ojos se le anegaron un poco, pero lo disimuló.
—A ver, que tonta no soy. Les voy a contar todo, pero no las he llamado para pedir permiso —advirtió, tensándose en su asiento—. Las he llamado para contarles, y para que no me dejen sola mientras todo se acomoda.
—Eso nunca va a pasar —dijo Rachel, tomando su mano y lanzando a Sofía una mirada asesina que le exigía un poco de empatía.
Pero para Sofía, esta vez, no era cuestión de empatía, sino de sentido común. Y vamos, que amor no había. Camila estaba a tiempo de todo; habían pasado únicamente… ¿cuánto? ¿Un par de semanas?
«No me empieces a hablar de sentimientos, Camilita, que no te lo voy a permitir». Pero, Camila juntó las manos sobre las rodillas y, cuando habló, las frases le salieron con nudos.
—Él consumía marihuana… —tragó saliva— y también la vendía. Alguien lo denunció y… bueno… preso seis meses. Ya solo quedan dos.
Paula inspiró hondo, buscando el equilibrio entre la sororidad y la sinceridad.
—Está fuerte la situación —se limitó a decir.
—Él está muy arrepentido —se apresuró a decir Camila recogiendo un poco la mirada—. Ha luchado con la abstinencia, y no nos conocemos de ahora. Hace unos años coincidimos y tuvimos química, pero tomamos caminos diferentes.
—Sí, sin duda muy diferentes —remató Sofía, con énfasis.
Rachel la fulminó de inmediato.
—Sofía, ¡por favor…!
—¿Yo soy la única que piensa que esto no tiene sentido y que, tratándose de alguien con quien se reencontró una noche hace menos de dos semanas… está justo a tiempo de retirarse sin daños colaterales? —preguntó Sofía sin la más mínima intención de romantizar el asunto.
Paula asintió con los ojos, pero decidió no añadir nada más.
—No veo fallas en tu lógica —acotó Amber—, pero la lógica de ella, evidentemente, es otra.
—La lógica de ella simplemente no está funcionando —agregó Sofía.
Camila rodó los ojos.
—No tengo problemas con que me juzguen, pero —desvió la vista hacia Sofía— como dije, solo las llamé para ponerlas al tanto.
—Pues muy bien entonces. Ya estamos al tanto —concluyó Sofía, levantando las palmas y haciendo el gesto de cierre éclair en los labios.
Se quedó callada, aunque sabía que dejar pasar aquello sin insistir —sin advertirle a Camila sobre todas las maneras en las que aquello podía salir mal— también era una forma de fallarle.
Había cosas que se callaban por prudencia, y otras, por miedo a romperle la ilusión a alguien; esta vez, Sofía no sabía cuál de las dos estaba ganando.
La tentación femenina de suavizar lo difícil solo para sentirnos amadas o acompañadas es antigua. Una mala práctica, sin dudas, una manía suicida de sembrar esperanza en terrenos que ya se anuncian como no edificables .
Y no, no se trataba de ingenuidad. Aquello ocurría por algo más hondo y visceral, algo de lo que aún no hemos podido librarnos, aunque con la evolución hayamos aprendido a disimularlo mejor.
Se trataba del impulso de creer que nuestra manera de cuidar es capaz de reencauzar los destinos que ya vienen torcidos.
Como si, al limpiarles el fango a algunos hombres, al guiarlos, al sostenerlos hasta vaciarnos, pudiésemos volvernos imprescindibles para ellos.
Pero al final el altruismo se vuelve cuestionable y, quizás es por eso, por lo que sale mal, porque nunca lo hacemos por ellos, no de verdad.
Lo hacemos por nosotras, por esas ansias de sentirnos necesarias, por la ilusión de que, después de darlo todo, ganaremos un lugar en el que seremos irremplazables .
Creemos que el amor que damos basta para salvar lo que nació condenado o lo que no quiere ser salvado.
Sofía lo sabía. Por eso la inquietud le mordía la lengua.
—Yo sé lo que están pensando. Pero él está cambiando. Yo lo veo —concluyó Camila.
«Ah, porque también es clarividente. Ella lo ve y todo... No, si yo me quedo en una pieza…», se repetía Sofía en silencio.
Paula soltó el aire en suspiros cortos, ahogando en ellos el inicio de alguna frase que no debía pronunciar.
No le gustaba gastar palabras donde no serían bien recibidas y, al final, pasara lo que pasara, ella iba a ponerse del lado de Camila, como mismo lo harían todas.
No tenía sentido hacerla entrar en una razón…
que ella no estaba dispuesta a explorar.
Los daños colaterales, ya eran inevitables.
—Solo… espera unas semanas para enamorarte esta vez, Cami —le pidió Paula.
***
Una llamada de Cesar hizo que Sofía hiciera switch . Se desplazó al otro lado de la sala, entre la ventana y el reloj, buscando un poco de silencio.
—¿Ya estás con las chicas?
—Sí… y, créeme, no quisiera estar. ¡Qué nochecita!
—Solo espero que no sea sobre otro hombre el debate.
Sofía sonrió sin ganas.
—He estado buscando vuelos para volver… pero el viaje desde acá es larguísimo y no tengo días libres —le comentó Cesar con un tono evidente de desconcierto en la voz.
—No te preocupes, Cesar. Tengo claras todas las barreras entre nuestros mundos. Esto que hacemos, o intentamos hacer, de meterle el cuerpo al destino es una prepotencia nuestra.
Soltó una sonrisa descuidada, una que sus ojos no se creían.
—Me jode —dijo él—. Me jode mucho porque sigo teniendo la certeza de que eres tú .
—Quizás sí lo soy… —Sofía suspiró—. Lo que sea que signifique esa frase para ti… quizás sí lo soy, solo que no ahora.
—¿Perdona?
—Todo esto de la distancia me supera, Cesar —dijo ella infranqueable.
—Estás siendo un poco pesimista, Sofía.
—Estoy siendo realista. No voy a permitir ni un mínimo margen a lo que pueda dolerme.
Cesar se recorrió el entrecejo con los dedos e intentó cambiar el tema.
—¿Y cómo vas con el libro?
—En cuanto llegue a casa te envío el artículo nuevo que hice. Mañana me cuentas qué te parece. Si tu mente de ingeniero pragmático lo procesa, entonces está bien —respondió ella con un entusiasmo fingido, tratando de diluir el sabor amargo de las palabras anteriores.
Pero Cesar no pudo ignorarlo.
—Entiendo que estás marcando un límite esta noche, Sofía. Y me duele.
—La sinceridad suele tener ese efecto… Y no quiero parecer extremista, ni mucho menos hacerte sentir mal.
Pero acabo de pararme de frente a una de mis amigas, que está punto de vender su alma a la decepción, por las ganas que tiene de que la quieran y de que le salga bien algo que no…
—exhaló despacio y no terminó la frase—.
Solo no nos hagamos promesas. Cuando puedas volver…
si puedes volver, ya nos veremos. Mientras tanto, seamos amigos, mantengámonos cerca, pero sin aferrarnos a nada. ¿No crees?
Cesar apretó los ojos dándose unos golpecitos de frustración con el teléfono en la sien. Sabía que ella tenía razón, que él andaba disparando a ciegas y, aun sin tenerlo claro, estaba convencido de que no quería sacarla de su vida. Pero le dolía desearla tanto.
—De acuerdo —dijo al fin, sin querer decirlo.
Sofía dejó que la mirada se fuera a través de la ventana de cristal.
Notó que la conversación se contraía como si ambos hubieran retrocedido medio paso dentro de sí mismos.
Cortaron la llamada unos segundos después con ese cuidado que se tiene cuando una palabra de más puede romper algo que todavía no tiene nombre.
Por un instante, ella se quedó quieta, escuchando el eco tenue de su propia entereza.
A veces sabía sostenerse tan bien que hasta ella misma se creía el cuento; otras, el temple le pesaba como una armadura que no recordaba haberse puesto por su propia voluntad.
Y es que ella estaba allí, aconsejando a Camila que no se dejara arrastrar por ilusiones mal calculadas, y no podía darse el lujo de correr en puntillas alrededor de algo que tenía la certeza de que podía dolerle si lo miraba de frente. Tenía que dar —darse— el ejemplo.
Cesar tenía razón. Ella estaba siendo pesimista, sí, pero también muy clara de que los presentimientos nunca bastaban para tomar decisiones que implicaran el pecho abierto.
Los presentimientos eran solo eso, un murmullo incómodo que no sabía defenderse solo.
Lo que más temía no era que él insistiera, sino que lo hiciera con esa osadía que siempre la desarmaba…
o, quizá, que no insistiera en absoluto.
Porque ambas posibilidades pedían algo de ella, algo que ahora intentaba, con todas sus fuerzas, mantener guardado bajo llave.
Le habría gustado decirle que también lo sentía, que, en otra vida, o incluso en otro mes menos cansado de pérdidas, habría apostado por lo que fuera que existía entre ellos sin mirar atrás.
Pero no podía. Decirlo habría sido una forma absurda de traicionarse.
Ya había aprendido —o peor aún, ya había decidido a base de golpes— que los vínculos que empezaban sin comprenderse solían terminar pronto, sin explicaciones, dejando solo silencios extenuantes y recuerdos mal colocados.
Sin embargo, aquello otro que los imantaba seguía intacto.
Las conversaciones que se alargaban sin darse cuenta.
Los mensajes que llegaban a destiempo, pero en el momento justo.
La certeza de tenerse, de poder acompañarse sin promesas, sin exigencias, sin ese miedo constante a no estar a la altura.
Había algo muy poderoso e íntimo, en saber que podían elegirse así, desde un lugar que no pedía más de lo que ambos podían dar.
No eran una pareja, y tal vez nunca lo serían, pero seguían eligiéndose como refugio. Lo suyo era una alianza tácita de permanencia, sostenida en la convicción de que estarían ahí. Y ninguno de los dos tenía intención de romperla.