Y Mientras Tanto, Sofía (Mujeres que me habitan 2) V. No reacciones, responde
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V. No reacciones, responde

Aquel martes por la mañana, Sofía cruzó las puertas del hospital con el cabello recién cortado y una luz quizás  distinta en la mirada.

Había dormido poco, pero traía un orden fresco en su cabeza, un plan con prioridades, fechas y, vamos, que esto no te lo esperas…

un mapa de acciones que no dependía de milagros.

«Nada cae del cielo, y lo que cae puede partirte la ceja».

Tenía muy bien medido todo el rollo de la positividad tóxica, ese manojo de atajos diseñados para maquillar lo que hacemos mal y desviarnos del camino real.

Sacó el móvil y revisó su lista del día. Lista del día.  ¿Han leído eso?

Sí, porque también seguía escribiendo ese libro de Neurociencias aplicadas al comportamiento cuyo núcleo aún no había decidido; uno que había empezado el año anterior y frenado en plena crisis existencial, desencadenada por…

ya saben quién o —para ser justos con la madurez emocional que una mujer debería tener a los veinticinco años— desencadenada por ella misma.

La verdad es que se había prometido un experimento interno. Estudiar su propio cerebro como sujeto y caso, y medir sus propias pausas y aceleraciones como si de un músculo se tratara. «¿Por qué reacciono tan rápido a ciertos estímulos? ¿Por qué mi latencia antes de explotar es tan corta?».

En el lobby, la luz de la mañana ya se reflejaba en el piso encerado.

Sofía caminó hasta el ascensor con la bata doblada sobre el antebrazo, el café apretado en la mano y aquel checklist  en bucle resonando en su mente.

Esperaba a que se abrieran las puertas de acero cuando, de soslayo, lo vio venir por el pasillo...

Podía reconocer el perfume, la fuerza de sus pisadas, el espacio que ocupaba.

Abrió y cerró los ojos casi en slow motion  esperando a que pasara de largo, pero eso no ocurrió.

Adam llegó con la bata abierta, un historial clínico en la mano y la misma sonrisa cómoda de toda la vida.

Se detuvo a su lado, frente al mismo ascensor. ¡Claro que lo hizo! «Ay no, no, no, no». «No reacciones, responde», se recordó.

A él le tomó un segundo entender qué era lo que se había movido en la imagen que tenía ante sus ojos

— Wow … —dijo de pronto con asombro, girándose hacia ella y tratando, sin éxito, de disimular la sacudida—. ¿Y este cambio repentino?

Para Adam, el cabello largo y negro de Sofía siempre había sido un símbolo de su personalidad y de su belleza. Y ahora…, ya no estaba.

Cuando se abrieron las puertas le hizo un ademán con la mano para que entrara primero y luego se colocó detrás de ella. Sofía apenas se giró, pero amagó con una sonrisa.

—¿Repentino? ¿Tú crees?

—De cualquier modo… te ves preciosa —susurró él, inhalando muy cerca de su cuello mientras cerraba los ojos, pero se detuvo.

Sofía apretó los labios, trancó las mandíbulas y cerró la mano en un puño, preparándose para contener el escalofrío que siempre venía insolente cuando él hacía eso. Pero…, esta vez no llegó.

Ella probó de nuevo, respiró hondo, volvió a cerrar los ojos. Nada. Se puso seria. ¿Qué estaba pasando? Algo estaba mal. Sí, definitivamente, algo estaba mal.

Sus músculos estaban relajados; un silencio compacto se adueñaba de aquel espacio compartido donde antes siempre había electricidad. Adam carraspeó y dio medio paso atrás. Algo había cambiado…, los dos lo sabían.

—¿Cuándo es tu examen estatal? —preguntó ella mirando el panel de números.

—En un par de semanas. Lo atrasaron un poco —dijo Adam, enderezándose la bata—. Y la graduación es la primera semana de septiembre… Me gustaría que fueras.

Sofía hizo un gesto irónico con el rostro, de esos que pueden significar demasiadas cosas y dejan la duda flotando en el aire.

—Qué bien. Trataré de estar ahí.

El ascensor se abrió en el quinto piso. Se miraron un instante, sin traducirlo, sin amortiguarlo, y luego tomaron direcciones opuestas.

***

Sofía se dirigió a ver a sus pacientes. Pasó visita junto a sus profesores y compañeros, revisó evoluciones clínicas, ajustó indicaciones y luego se fue junto con Karen a la estación del café.

—¿Lista para el pase de año? —le preguntó a su compañera, removiendo la bebida negra en su taza.

—Lista no sé, pero segura de haber estudiado bastante sí —respondió Karen, medio riendo—. ¿Tú?

—Igual —asintió alzando la taza—, y con café.

—Increíble que ya vamos para el último.

Cuando por fin encontró un respiro en el día, se sentó frente a la computadora del salón de conferencias. Abrió su documento:  Manuscrito  y fue directo al Capítulo 2: «Lo que enfocas se convierte en tu realidad».

Los dedos encontraron ritmo.

La atención no es un lujo cognitivo; es más bien el conserje de la mente. Decide qué entra, qué se queda y qué no vale la pena guardar. Y, al final, el cerebro termina pareciéndose mucho a aquello hacia donde mira.

Si te enfocas en amenazas, vives en modo alarma. Si te enfocas en metas, avanzas hacia tu mejor versión, aunque sea de a poco.

Si solo ves lo que te falta, te quejas. Si miras lo que ya tienes, agradeces. La mente no es complicada, simplemente, se expande en la dirección de su mirada.

Hizo una pausa antes de comenzar a desplegar la neuroanatomía del asunto de forma masticable y, sin darse cuenta, se quedó pensando en sus propias conclusiones.

«Definitivamente mi atención ha estado muy dispersa en sitios equivocados…

¿Cuántas reacciones habrán surgido de mirar a donde no debo, en vez de responder desde donde sí? ».

—¿Qué escribes con esa cara de nerd ? ¿Un poema? —la interrumpió esa voz de hombre seguro, que tanto la había hecho reaccionar en el pasado.

Alberto se sentó a su lado guiado por la curiosidad, giró la pantalla sin pedir permiso y leyó sin ceremonia lo que nadie le había autorizado que leyera.

—Hace rato que no escribo poemas, gracioso. Tuviste suerte con los últimos. —Le hizo un mohín y hasta pensó en reclamarle por la intromisión, pero se lo ahorró; le convenía más descifrar su lenguaje extraverbal.

Enderezó el cuerpo en modo  examen sorpresa  mientras él avanzaba por el texto.

—Rolando —llamó Alberto, volviéndose hacia el profesor que revisaba unas imágenes en otro ordenador—. Mira esto, qué original: el conserje de la mente , dice.

El doctor se acercó ajustándose los espejuelos y se inclinó sobre la pantalla a leer en silencio hasta que alzó una ceja, sorprendido.

—Sofía… —Le lanzó una sonrisa pletórica que no era frecuente en él—.

Esto no es solo publicable, hay una voz muy fuerte ahí.

Me gusta mucho eso de que aterrices los conceptos científicos en ejemplos cotidianos sin perder la precisión.

—Se inclinó un poco hacia la pantalla—. Mira este párrafo.

Es precioso y exacto. Y aquí —señaló dos líneas más abajo— sostienes la idea con evidencias sin sonar académica.

Eso es dificilísimo. Publícalo. Súbelo hoy a las redes. Quisiera ver qué dice la gente.

Sofía ladeó la cabeza, con esa sonrisa que le salía cuando algo de verdad le tocaba las fibras.

—Prefiero pulirlo un poco más —respondió—. A las redes no, porque estoy preparando un libro… pero muchas gracias, profe. Su opinión es muy importante para mí.

—Tú sabrás, pero no te escondas detrás del después .

Yo confío en tu criterio; hazlo tú también porque si esto me llega como profesor, imagina cómo será con tus pacientes y con tus lectores.

—Se enderezó y le dio unos toquecitos en el hombro—.

Vas bien, Sofía. Muy bien. Y no lo digo casi nunca…

—masculló, soltando un suspiro largo mientras recorría con la mirada las paredes gastadas del salón—.

Tengo la impresión de que todo esto te va quedando pequeño.

Lo que pensaba por dentro nadie podía saberlo; él era impredecible.

Pero en las líneas de su frente asomaba una nostalgia anticipada, quizás la sensación de que, si las cosas no cambiaban pronto en el país, otra despedida sería inevitable.

Siempre ocurría con quienes no estaban dispuestos a conformarse.

El profesor salió del salón y a Sofía le quedó el eco de la frase mezclado con una gratitud genuina.

La aprobación de Rolando pesaba bien. Él no hacía cumplidos y, para nadie era un secreto lo mucho que le gustaba criticar —constructivamente, de acuerdo—, pero criticar, al fin y al cabo.

Era sincero hasta la crueldad y solía poner el listón bien alto.

—Y a ti, ¿qué te pareció? —le preguntó a Alberto.

—Está genial, Sofía. Intenta terminar el libro que va a ser un exitazo. Pasan los años y tú sigues impresionándome.

Sofía se ruborizó. Si lo que Rolando decía valía, lo que pensaba Alberto… le tocaba el alma.

—Es mi última semana aquí. Me voy —soltó él de pronto.

—¿Otra vez? ¿Y ahora adónde?

—Al Instituto Nacional, en la capital. Me ofrecieron trabajo… y acepté.

— Wow…  algo había escuchado, pero pensé que eran solo rumores.

—Ya… Tengo una semana para mudarme; la otra, más arriba, empiezo —acotó él, frotándose el entrecejo—. Te voy a extrañar. Bueno… a todos.

—El año que viene me toca la rotación de Neurofisiología, así que no te librarás de mí tan fácil.

—Ni que quisiera… —respondió, haciéndole esa maldita seña de siempre.

Alberto se levantó de la silla y ella lo imitó.

Quedaron frente a frente, él la rodeó con ambos brazos y, al apretarla, se le humedecieron los ojos; a Sofía se le ensanchó el pecho con un orgullo sereno.

Había logrado transformar el dolor y la decepción de otro tiempo en un cariño bonito, en una admiración legítima.

Ya no había poemas nuevos para él, pero podía releer los que alguna vez lo fueron sin que ninguna herida se abriera.

—Te va a ir genial —concluyó ella.

—A ti también. Siempre lo he sabido.

Cuando Alberto salió del salón, Sofía escribió algunas notas al margen de su artículo, cerró sesión, tomó la bata y el estetoscopio y volvió al pasillo. El checklist  del día seguía esperándola… hasta que vibró el móvil. Un SOS de Camila en el chat.

Camila:

¿Podemos vernos mañana en la noche, en mi casa?

Paula:

Sí.

Sarah:

Sí.

Amber:

No sé.

Paula:

Lo normal contigo.

Rachel:

Por mí, bien… ¿pero pasa algo?

Sofía:

Mucho te habías demorado. Ahí nos vemos

Guardó el teléfono en el bolsillo de la bata, pero la inquietud se le instaló en la nuca. Sabía, sin margen de error, que se trataba de Raúl y de la ilusión de Camila por rescatarlo de una vida que, por seguro, él mismo parecía querer habitar como si fuese un sótano.

Raúl era un joven atractivo, sí, al menos un poco, alto y flaco sin gimnasio, con ese aire de introvertido sufrido. Mitad nerd , mitad friki ; blando por fuera, melancólico en la mirada y — aparentemente— inofensivo. A Sofía no le caía mal de entrada, pero no le gustaba para su amiga. Eso era todo.

Tenía referencias. Eddy lo conocía y, de él, ya había escuchado historias dispersas —inconclusas, pero suficientes— sobre las borrascas emocionales que lo rodeaban, sus cambios de humor y esa tendencia a hacerse pequeño en habitaciones donde necesitaba crecer.

Le daba que era de esos a los que les gustaba hablar en susurros en cuartos llenos y que, si lo interrumpían, se desinflaba para luego pedir perdón tres veces seguidas.

«No te adelantes, Sofía. Ya veremos qué nos cuenta».

Camila, por su parte, era nerviosa por definición y se ilusionaba a la velocidad de la luz; aun así, estaba aprendiendo  a ser más práctica.

O eso decía. Había terminado la especialidad de Ortodoncia y, justo al celebrarlo, se estrelló con el techo de siempre, el límite que un sistema político absurdo, imponía a los profesionales en la Isla.

Ya se debatía en las mismas preguntas inevitables de todos los jóvenes recién graduados en Cuba: «¿Y ahora qué sigue?

¿Qué más hago?». La ansiedad le zumbaba en el pecho, y la soledad —esa asesora de bajo presupuesto— no ayudaba en absoluto.