Y Mientras Tanto, Sofía (Mujeres que me habitan 2) IV. Monedas al aire #2
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IV. Monedas al aire #2

Dos minutos después, otra avenida se abría amplia, con el sol golpeando el asfalto con más interferencias, sí, pero menos taquicardia.

Sin embargo, el ruido grave de una moto clásica captó su atención.

Venía de frente, rápida, con el tubo de escape vibrando fuerte.

Sofía se detuvo en seco, aunque el susto fue relativo —era plena luz del día y había gente por todas partes—; sin embargo, el impulso de pelear le subió a la garganta cual reflejo incondicionado e inherente.

El motorista frenó a un palmo, apagó el motor y, mientras el silencio volvía por capas, se quitó el casco en un gesto lento y ceremonioso.

Y ahí estaban otra vez, los mismos ojos de un azul difícil , la misma sonrisa que daba escalofríos, el mismo cabello negro sacudiéndose para caer en su sitio con irreverencia.

—Madre mía, pero… ¿tú quién eres? ¿Por qué me persigues? —soltó Sofía, fingiendo coraje, aunque la sonrisa se le escapaba por los bordes.

Lo cierto era que, esta vez, la sorpresa no le había caído nada mal.

—Yo soy quien tú quieras que yo sea —respondió él, y luego se rio, porque sabía que tenía que hacerlo—. Sí, sí ya sé, frase de póster cursi, lo admito.

Sofía intentó no sonreír, pero fue inútil.

Aprovechó el instante para observarlo con detalle.

Llevaba un jersey       beige  arremangado, tensándose lo justo en los antebrazos; un reloj de manilla negra, casi discreto, en la muñeca; vaqueros azules claros con un par de rotos bien medidos y, en las manos —grandes, aún aferradas al manillar— algunas manchas de pintura.

Claramente no era un muchacho. «Debe tener unos treinta y tantos…

más de treinta y cinco, pero menos de cuarenta», calculó, guiándose por el dibujo sereno de sus rasgos, su barba incipiente y esa autoridad tranquila con la que ocupaba el espacio, sin prisas ni imposiciones.

Ahí estaba ella, con sus deducciones anticipadas. En milésimas de segundo, su corteza visual le proyectó una secuencia de imágenes que tejían cualquier posibilidad para confirmarlo todo, porque aquella mente creativa, nunca llegaba tarde a la fiesta. Darle sorpresas a Sofía era una tarea titánica.

—No te persigo… eres tú la que tiene buen sentido de la orientación —respondió él, por fin.

—Ah, ¿sí?

—Sí —recalcó con seguridad—. Primero pasas por mi casa con esa sonrisa eclipsándolo todo y ese vestido, como si eso no tuviera consecuencias; y luego te me cruzas en el camino y casi provocas un accidente.

—Ah, ya. No me persigues, entonces —repitió ella, irónica y escéptica—. ¿Nos conocemos de algún sitio?

Algo en aquella estampa seguía desajustándole la memoria visual. Él sonrió…

—Conocernos lo que se dice conocernos… —La miró de arriba abajo y se humedeció el labio inferior en un gesto fugaz con la lengua, demasiado sensual—. No lo creo…. Tal vez nos cruzamos en otra vida, porque, créeme que, si me hubieras conocido en esta, no me habrías olvidado.

Y volvió a sonreír… acomodando el antebrazo sobre el casco.

—Hay olvidos voluntarios, ¿sabías? El cerebro los programa cuando los recuerdos prometen ser caóticos —espetó, devolviéndole el sarcasmo—. ¿Me dejas seguir mi camino?, por favor.

Él le dedicó una mirada imprecisa, hecha de capas superpuestas de pensamientos y experiencia.

Sus ojos no eran fríos, pero tampoco transparentes; conservaban ese azul indeciso entre la playa y el océano, como si se protegieran de algo.

Y así mismo la inspeccionó con descaro, recorriendo sus contornos con atención, dispuesto a soltar el ancla.

Confiado, como los que sabían con exactitud, qué buscaban en la vida.

—¿Cómo te llamas? —preguntó, intentando alargar el instante en el que ella decidiría irse.

—Sofía —contestó pronto. No lo pensó.

«Pero tú qué haces de sobrada por la vida, diciéndole tu nombre a un desconocido… Te acabas de cortar el pelo, ¿lo recuerdas?».

—¿Ves? No puede ser que la mujer más linda del día, con el nombre más lindo del mundo, se me haya cruzado en el camino para nada.

Sofía viró los ojos. «Hay que avisarle que esas frasecitas obsoletas de la generación X ya no funcionan con las millennials ».

—¿Cómo te llamas tú? —devolvió la pregunta.

Él sonrió, misterioso, pero nunca complaciente.

—Por ahora, el de la moto sirve.

—Perfecto, el de la moto  —concedió ella, alzando una ceja—. Ya voy tarde, ¿me dejas pasar?

—¿Y si te llevo? —Se mordió el labio inferior y luego volvió a hacer aquella cosa con la lengua, con premeditación y alevosía—. Piénsalo. Llegarías más rápido.

Sofía miró al cielo; el gesto fue corto, pero envió el mensaje: «La madre que me parió».

—No me subo a motos con desconocidos. Tengo que irme.

—Prometo portarme bien —propuso él, ofreciendo una tregua.

—Me da igual cómo te portes…

—Si me das tu teléfono, me desaparezco.

—Te vas a desaparecer igual, y no te voy a dar mi teléfono. —Chasqueó la lengua mientras lo rodeaba para seguir su camino.

—No hay que ser tan pesada, mujer. Solo me gustaría que quedáramos para tomarnos algo y conversar.

—¿Conversar de qué?, si ni siquiera te conozco —Se volteó a responder, alzando un poco el tono.

—Pues de la vida, de música, de arte… de… ¿amor?

Sofía bufó divertida, y lo dejó hablando solo.

—¡Hey! —gritó él, haciendo un ademán con la barbilla—. El destino tiene vías misteriosas.

Y, antes de colocarse el casco de vuelta, le hizo una seña de esas —de las muy perversas— con el ojo. Ella se alejó dejándole una media sonrisa, en tanto todo su cuerpo luchaba contra un instinto muy básico que la desafiaba. «Pero ¿qué ha pasado aquí, Sofía?».

Ajustó el paso para recomponer su marcha, aún un poco errática, tratando de pensar en el libro nuevo que la esperaba en la librería.

Él dio una vuelta en U, la adelantó por el costado y le lanzó una última mirada antes de acelerar y perderse calle abajo.

Sofía no se volteó; no hacía falta. Aquello había sido solo una de esas casualidades bonitas que ocurrían para demostrarle que la vida seguía… O eso quiso creer.

La moneda, sin embargo, ya estaba en el aire.

♪ Tiras tres monedas al aire

y le preguntas al I Ching, cómo será el fin.

Sabes que no puedo salvarte, pero vienes hasta aquí, a mí.

Tal vez… tal vez,

un milagro baje. ♪ [6]