IV. Monedas al aire
Agosto comenzaba más acalorado de la cuenta…
y una de esas mañanas la mente de Sofía amaneció frenética.
Tenía el día libre y la quietud, lejos de servirle, le jugaba en contra.
Se plantó frente al espejo y no se encontró.
La imagen que la devolvía el cristal no hacía justicia al coraje que ella creía que tenía para empezar otra vez y conquistar el mundo sin depender de nadie.
«¿Qué hago? ¿Qué sigue ahora? ¿Hacia dónde voy?
». Se interrumpió a sí misma con una mueca de hastío.
El reflejo parecía mirar hacia otro sitio, como si esa versión de ella ya no le perteneciera. «Ya no soy esta».
Tomó la cartera, el móvil y salió a caminar por el bulevar del centro.
Las vitrinas desfilaban ante ella como páginas sin leer, una tras otra, hasta que se detuvo frente a una peluquería con los sillones vacíos y una única ¿estilista?
—o vaya usted a saber— desocupada. Dudó un par de segundos y entró. Claro que entró.
—¿Cómo puedo ayudarte? —preguntó la mujer, apoyada en el mostrador, con una cara de hastío que hacía eco.
—Quiero algo diferente —alcanzó a decir Sofía agarrando un mechón de pelo—. Algo nuevo. Algo que no se parezca a lo que ves.
La mujer la miró de arriba abajo y sonrió, con la complicidad de quien había vivido esa escena una y otra vez.
—Eso es lo que mejor sé hacer.
Sofía tomó asiento, dudando de si aquella mujer tenía idea de lo que estaba a punto de maniobrar.
A juzgar por la clientela —o la ausencia sospechosa de ella—, de ahí habrían salido muy pocas felices.
Pero la economía estaba en su peor momento y la industria de la belleza se estaba volviendo un lujo casi ofensivo.
Seguro era eso. En realidad, le daba igual.
El pelo siempre crecía solo que, si no quedaba bien, Camila iba a infartar.
La capa negra cayó sobre sus hombros con más peso del que debía.
El espejo enorme le mostraba la misma versión de hacía un rato, una Sofía que de pronto le resultaba antigua, obediente, demasiado atada a algo que ya no quería.
Su cabello la había definido durante años; era su escudo, su firma, su manera de volver a casa —y a sí misma— tras cualquier desastre.
Y, aun así, también era una página que ya no quería releer.
La estilista separaba mechones con una paciencia que comenzaba a dar confianza y los sujetaba con pinzas plateadas.
El peine fue abriendo caminos precisos hasta que el primer corte sonó tan nítido como un golpe seco de realidad.
Sofía parpadeó; le dolía. Pensó que no estaba del todo segura de querer hacerlo, y el miedo subió a su rostro sin disfraz…
quizá hubo una lágrima, quizá no. Y es que soltar lo que nos retiene puede ser tan útil como doloroso.
Cada mechón que caía al suelo se llevaba un recuerdo, una complacencia, una decisión tomada a destiempo.
Las malas elecciones iban quedándose en el piso, a merced de la fuerza de gravedad de sus consecuencias.
Sofía respiró por la nariz, contando despacio, mientras los trozos oscuros dibujaban un pequeño archipiélago alrededor de sus sandalias y las uñas de sus manos se aferraban al vinilo cuarteado del cojín de la silla.
Este cambio de imagen no era un impulso vanidoso, era un inventario de identidad.
—Confía —dijo la mujer colocando la mano sobre su brazo—. Ya siento hacia dónde quieres ir.
Y cuando aquella mujer dijo siento en vez de entiendo , Sofía por fin relajó los hombros y silenció la incertidumbre.
Por supuesto que hubo un tramo de mutismo en el que también llegó el jodido nudo en la garganta…
pero no, no iba a llorar; tampoco a mirar a otro lado.
Si había decidido cambiar, quería ser testigo.
Cuando la estilista terminó, Sofía descubrió frente al espejo una expresión nueva habitando un rostro conocido.
Su cabello, ahora por encima de los hombros, y un flequillo rebelde justo sobre los ojos, abrían un marco más franco, más libre.
Se sonrió, primero con timidez, luego con el alivio inesperado que ofrecen las buenas sorpresas, mientras se desordenaba el cabello recién cortado con los dedos.
—♪ Hey Jude —murmuró para sí, justo cuando comenzaba a sentirse poderosa—, take a sad song and make it better ♪ . [4]
«Ya no tienes excusas, Sofía… y menos con semejante pinta».
En el código femenino —ese manual tácito que nadie ha escrito pero que medio planeta intenta descifrar sin éxito— hay una regla bastante clara: cuando una mujer se corta el pelo, nunca es solo estética, también es ajuste de cuentas.
El acto en sí tiene algo de hasta aquí mezclado con ahora qué .
Como si, al hacerlo, dictase una sentencia sobre su pasado —o, al menos, sobre la parte de este que aún la ata— y, a la vez, lanzase una moneda al aire hacia su futuro.
Sofía le pagó a la señora, la abrazó y le dio las gracias en tanto dos adolescentes sonrientes entraban al salón, y qué bueno.
Aquel lugar merecía llenarse. Esa mujer no cortaba el cabello, cortaba la desesperanza.
Sonará cursi y todo lo que quieran, pero ¿quién no se ha cortado el pelo alguna vez para volver a empezar?
Ya sé, ya sé. No hace falta llegar a ese extremo para eso…
, bla, bla, bla… pero de que ayuda, ayuda.
Ella no quería volver tan pronto a casa, pero tampoco le apetecía quedar con nadie para hablar.
Necesitaba un poco más de tiempo a solas, aunque ahora cargara con el ímpetu y esa sensación de poder absurdo que traen los cambios de look —no, espera, absurdo no—.
De poder genuino. Que luego somos nosotras las que nos autosaboteamos, y así no hay quien avance.
«Muy bien, Sofía. Misma crisis existencial, nuevo flequillo.
Peor no estás». Sin razón coherente decidió cambiar su ruta habitual.
Eligió atravesar un barrio de esos que quedaban al costado del centro, con más árboles y menos ruido.
Se alejaría un poco de su destino final —la librería—, pero el trayecto sería más amable y le alcanzaría para escuchar dos o tres canciones más.
Llevaba un vestido azul veraniego, de tirantes finos, ceñido al torso y suelto por encima de la rodilla.
Los auriculares, bien colocados, eran la excusa perfecta para ejercer de antisocial sin culpa, mientras en realidad se proclamaba protagonista absoluta de sus propias películas mentales.
Intentaba seguirle el ritmo a Aerosmith, tarareando I Don’t Want to Miss a Thing como podía, mientras la brisa jugueteaba con su nuevo flequillo y las sombras de los árboles rayaban la acera en cuadrículas inestables que parecían moverse al compás.
Caminaba frente a una de esas casas antiguas —pero no tanto— que parecen sacadas de un thriller ; no solo por la estructura solitaria y algo descuidada, sino por los detalles que la custodiaban.
Era enorme, de esquina, con la pintura blanca rendida en las molduras y una verja de hierro oxidada, cubierta de plantas silvestres que trepaban como si reclamaran territorio.
Parecía dormida desde otro siglo. Sofía había pasado por allí otras veces, pero nunca la había visto abierta.
Ese día, sin embargo, había movimiento. Varias personas cruzaban el patio, justo del lado por donde ella avanzaba.
Una camioneta con la compuerta trasera levantada, cajas apiladas en el suelo, una escalera apoyada contra la pared. Voces bajas, risas…
Sofía bajó un punto el volumen de la música.
No quería detenerse, pero la curiosidad le aflojó el paso.
De soslayo alcanzó a ver a un hombre recostado en el marco de una de las entradas laterales.
Un tipo de brazos entornados, con un jersey sudado, de cuerpo esbelto, cabello oscuro y…
lo que parecía una sonrisa de esas que… «No, no, no, no…
vista al frente, Sofía, no mires…». ♪ Lying close to you, feeling your heart beating…
♪ [5] «Eso, canta… Pero no, esa parte mejor no. ¡Sofíaaa!».
—Buenos días.
La vibración de una voz grave, de tono profundo, le llegó antes que las órdenes que su cerebro intentaba darle a los huesos para acelerar el paso.
Era una voz fuerte y magnética. Tuvo que voltearse para comprobar que iba dirigida a ella y, como era de esperarse, el resto del mundo se volvió, de repente, un rompecabezas perturbador.
¡Sí! Confirmado. Aquel hombre le lanzaba una sonrisa que fue apareciendo despacio, hasta iluminarle por completo el rostro.
Duró lo suficiente para descubrir unos dientes impecables y, un instante después, ella se encontró con aquellos ojos —de un azul difícil— que parecían absorber la luz del día y recordarle algo que ella todavía no había vivido.
Sofía apretó los dientes. El rostro que tenía enfrente le resultaba familiar y encendía en ella un nerviosismo extraño…
como si una imagen antigua quisiera subir a la conciencia y se quedara atrapada a mitad de camino.
Tal vez solo era un déjà vu , algo lógico si se tomaba en cuenta que aquel…
hombre —por llamarlo de algún modo— parecía una escultura griega tallada a mano.
Hasta se sintió culpable por reducirlo a un sustantivo tan común. «Ay, no».
—Buenos días —devolvió al fin, mientras disimulaba el temblor en sus labios para continuar caminando como si nada, hasta doblar a la derecha en la siguiente esquina, pretendiendo que la canción la arrastrara…
lejos, orgullosa de que su subconsciente hubiera decidido, muy por su cuenta, colocar un separador invisible en la página de un libro que tal vez le habría gustado leer… pero en otra vida.