Y Mientras Tanto, Sofía (Mujeres que me habitan 2) III. Libre albedrío
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III. Libre albedrío

Eran casi las seis de la mañana cuando el timbre del teléfono despertó a Rachel.

—Ábreme. Estoy afuera —susurró Sofía.

—¿Cómo que afuera? —balbuceó su amiga, bostezando, mientras se levantaba y caminaba hasta la puerta.

Abrió apenas, asomó la cabeza y vio a Sofía con el vestido mojado y los ojos encendidos.

—No te esperaba para dormir —dijo Rachel, intrigada, cerrando tras de sí.

Sofía enarcó una ceja y sonrió.

—Cesar ya se fue. Tiene trabajo en la noche, allá, en Nueva York. No podía hacerlo desde aquí ni con VPN.

—Oh… sabía que tenía que volver pronto, perooo… no tan pronto. ¿Y entonces no…?

—No, Rachel, no. Lamento decepcionarte. En unas horas te cuento. Necesito dormir.

Rachel frunció los labios y chasqueó la lengua. No terminaba de creer que ese no  fuera posible, pero decidió dejar el interrogatorio para después.

—¿Se te queda una columna en blanco? —cuestionó, desilusionada—. ¡Imperdonable!

***

Sofía remoloneaba en la cama, ya cerca de las once, mientras Rachel abría las ventanas de cristal con vistas al mar.

—¿En serio? Solo he dormido cuatro horas… ¡Cierra ahí!

—Suficientes. Esta inversión monetaria que hemos hecho no es para dormir… y tú tienes mucho que contar.

Unos golpes en la puerta hicieron que Sofía se cubriera el rostro con la almohada y refunfuñara. Era Paula.

—¿Cómo es que nuestro amigo Cesar se fue? No pudimos ni conversar —lamentó Paula, sentándose en la cama de Sofía y tirando de la colcha.

—¡Aaah! …Váyanse de aquí.

Paula le hizo cosquillas en los pies.

—Baff, ni modo —farfulló Sofía resignada—. Hay que despertarse sí o sí. Aquí no soy dueña de mí.

—Bueno, por lo menos cuéntanos: ¿Qué tal el búcaro ? —insistió Paula

—Joder, pero, ¡qué superficiales me han salido! —respondió lanzándole una almohada—. No tengo idea; no tuve acceso.

—¿Que qué? No te creo —replicó Paula, con incredulidad.

—Eso mismo digo yo —agregó Rachel.

—¿Columna en blanco en la sección S ? —masculló Paula asombrada—. No doy crédito.

—Que nos lo cuente todo en el brunch. Te esperamos en el restaurant de la terraza Sofi —       propuso Rachel para darle espacio a que se arreglara.

***

La mesa estaba a un paso de la arena envuelta por el rumor embriagante del mar, repleta de frutas cortadas, pan tibio y café.

Paula batía una jarra de jugo de melón cual ritual; Rachel miraba las olas como si meditara; Sarah y Camila ordenaban los platos para tomar una buena foto, y Amber no hacía nada, solo se relajaba.

Sofía llegó con el pelo aún húmedo y una calma extraña en el andar. Se dejó caer en la silla, miró hacia el mar y, al notar el silencio atento de sus amigas, decidió no prolongar lo inevitable y empezar a contarles.

Habló de la caminata por la playa, de cómo se habían reído por nada, del beso que no se repitió, del no  de la discordia que la sorprendió a ella misma y, mientras hablaba, a mitad de una frase, la mirada se le fue hacia el horizonte. «Tal vez debí haberlo dejado que me besara más».

La verdad era que aquel beso había sido uno de esos tan perfectos que solían ocurrir muy pocas veces en la vida y a Sofía le incomodaba la precisión con la que el recuerdo se instalaba en su cuerpo.

—Vengo ahora —dijo de pronto, levantándose con el móvil en la mano.

Caminó unos pasos hasta donde la espuma le enjuagaba los pies y grabó un audio breve:

Sofía:

🎙️ Mensaje de voz:

Imagino que ya estás llegando. Dormí un poco. Solo quería decirte que sí…

Ya estoy arrepentida de no haber dejado que me besaras más.

Regresó a la mesa con el brillo controlado en los ojos y se sentó relajada.

—Bueno… ¿y? —Sarah tomó la posta—. ¿Qué sentiste? ¿Te gusta o no?

—Sentí una paz rara… —respondió jugueteando con la taza—, y una chispa que me enciende bastante. Me gusta. No sé si vaya a durar, pero ahora mismo sí, me gusta.

—Eso suena peligrosamente bien —dijo Rachel, divertida.

—O peligrosamente todavía no  —acotó Paula—. ¿Y él?

Sofía miró el móvil y luego hacia el mar, como si esperara respuesta inmediata de cualquiera de los dos.

—Él fue claro y yo también. Pero hay algo ahí… —y dejó que el viento terminara la frase.

No le encontraba sentido. No sabía cómo seguir ni hacia dónde. Estaba muy segura de no querer gastar energía en nada ni en nadie más que en sí misma; le daba igual que la llamaran egoísta o insensible . No iba a traficar una emoción más… al menos no una propia.

—Bueno, pero… ¿qué dijo él sobre todo esto? —preguntó Camila.

—No mucho… Solo que iba a volver —soltó una carcajada— para quitarme el vestido.

Todas rieron.

—Es un crimen que te quedaras con la duda —dijo Camila.

—O no —intervino por fin Amber—. Tal vez de verdad él quiere hacerlo bien y no está forzando nada. Solo hay que dejarlo.

—O no —contrapunteó Paula, que siempre buscaba la manera de llevarle la contraria a Amber solo para molestarla—. Quizás es Sofía la que no quiere que pase nada.

—Ciertamente no estoy lista para intentar nada en serio. Ni con él ni con nadie. Tengo curiosidad, pero no me interesa despejarla por ahora. Solo me pareció inquietante la forma en la que se despidió.

—¿Y cómo fue? —preguntó Sarah, intrigada.

—Pues me dijo: Eres tú . Y no fue lo que dijo, sino cómo lo dijo. Me miró de una forma… ay, no sé… pero bueno, ¡ya está!

—Qué romántico —dijo Rachel, dando un mordisco a su croissant.

En eso sonó el móvil de Sofía, era un audio de Cesar. Le dio reproducir y lo colocó en su oído:

Cesar:

🎙️ Mensaje de voz:

Aún estoy en el avión me quedan un par de horas, pero es muy pronto, doctora, para esos arrepentimientos. Déjamelo a mí. Yo me ocupo. Por cierto, vi que hay ofertas de paracaidismo hoy en el hotel. Deberías tirarte.

Sofía sintió un escalofrío incómodo. Cesar era un hombre irrenunciable; su presencia la había disfrutado demasiado pero no quería que se convirtiera en una necesidad.

En ese momento, percibía tal cosa como una sentencia.

Temía que necesitarlo no fuera más que un invento inocuo de sus propias carencias emocionales.

Habitaba un trance, una especie de duelo.

Tenía todas sus puertas cerradas. «Todo lo que se vuelve necesario nos ata».

Esa era una certeza que aún le sangraba hacia adentro.

Había aprendido, por las malas, que la necesidad siempre suponía un grado —a veces imperceptible— de sumisión, y eso volvía a las personas vulnerables al control de otros.

Entiéndase por otros la persona que se necesita.

Lo tenía muy claro, tanto que… Dejó de pensar, pues al desviar la mirada hacia la arena vio que se acercaba una especie de avatar .

Un joven, pasados los treinta, alto, de cabello rubio y con el abdomen marcado al descubierto, venía caminando con el mar a la espalda. Solo.

Sofía lo vio primero y le dio un codazo a Rachel, que estaba a su derecha; Rachel se lo pasó a Paula, y así la señal viajó hasta Amber que era la más distante.

Miraron al unísono. El joven giró y, como si un imán visual lo arrancara de su órbita —y, claro, así era—, soltó una risa breve y se dirigió directo hacia ellas.

—Hola —dijo él, esbozando una sonrisa blanca y alineada.

—¡Holaaa! —contestaron a coro, sin apartarle la vista.

El chico se presentó sin ceremonia, con estilo de surfista australiano stress out , aunque resultó ser un rumano, asentado en Ibiza, con pasaporte inquieto que trabajaba seis meses en una discoteca y los otros seis viajaba para conocer el mundo.

¡Vaya que vida tan aburrida! Cuba lo tenía deslumbrado; del cuento aún no conocía ni la mitad, sin embargo —decía—, que lo mejor de la isla no eran las postales de las playas, sino su gente.

Por sugerencia de Sofía, se sentó a probar el café y conversó un rato más, hasta que decidió seguir su rumbo, no sin antes quedar con las chicas para verse esa noche en la discoteca del hotel.

—No parece de carne y hueso —dijo Camila, devorándolo con la vista desde la retaguardia.

—Diría que tu opinión ahora mismo no cuenta mucho porque llevas mucho tiempo sin follar… —espetó Paula—, pero sí, tienes razón.

—No puedo opinar —Rachel apretó los labios—. Estoy comprometida.

—Una menos para la subasta —Paula hizo un guiño.

—Dos —dijo Sarah—. Yo también estoy atada… y feliz, que conste.

Amber ladeó la cabeza, incómoda de verlas tan alborotadas solo porque tenían en frente a un hombre apuesto.

—Pues tres… yo paso —masculló Sofía—. Prefiero mantener las conexiones del otro lado del océano y a millas de distancia.

Sofía estaba dispuesta a ser coherente con su presente y seguir al pie de la letra todas las coordenadas que había trazado para no traicionarse.

—¿Nos tiramos en paracaídas? —preguntó Amber mirando la avioneta.

—Ni de broma —respondió Sofía—. No aguanto una caída más.

Todas rieron a la vez.

***

La noche cayó desafiante. Después de la cena, subieron juntas por el pasillo del hotel, cada una ajustándose algún detalle frente a los espejos: las pestañas, los labios, algún mechón rebelde.

Cuando cruzaron la puerta de la discoteca, un baño de luz ultravioleta les devolvió la imagen, todas de blanco, pero —como siempre— con tejidos y estilos tan distintos que, bajo el neón, parecían trazos de tiza irregulares sobre un fondo oscuro.

El DJ ya llevaba el ritmo a media altura; el bajo se imponía y hacía vibrar las mesas.

Sofía dejó el bolso en una silla y se deslizó hasta la barra; esta vez volvió con el brillo sobrio de un collar de perlas. Traía un vestido largo de tirantes finos. El recuerdo de la noche anterior le desajustó los latidos hasta que Paula se acercó.

—Pídeme un mojito.

—Mejor una margarita; las hacen buenas aquí —aconsejó Sofía mirando justo el sitio donde se había encontrado con aquellos ojos verdes.

—Pues pídeme otra a mí… Hoy hay que bailar hasta el amanecer que mañana nos vamos —se animó Rachel abrazándose de Sarah.

—Bailemos pues… pero tratemos de que el cuerpo se relaje y la mente no se pierda —dijo Sofía juguetona.

La fiesta de blanco era un campo de luciérnagas estáticas: relojes, uñas, bordes de copas. El humo ascendía sin prisa y cada vez se llenaba más de gente.