II. Confirmando hipótesis #2
—Sí, la verdad es que lo escogiste bien.
No se puede negar que tienes buen gusto —replicó Sofía con una picardía inesperada en la mirada—.
Iba a enviarte una foto cuando mis gin-tonics hicieran efecto.
Ya tenía pensados los posibles escenarios, pero al final creo que la margarita ha sido más indulgente.
—Es que no es el vestido. Eres tú.
Ella se sonrojó y Cesar ladeó la sonrisa; tenía los ojos encendidos y la miraba imperturbable. Su escote lo desconcentraba sin piedad y él no se esforzaba por disimularlo. Se acercó a su rostro lo suficiente para que sus respiraciones se confundieran.
—Sofía… —dijo dibujando el arco de su mandíbula con el dedo índice flexionado—, detenme si quieres, pero, ahora mismo… voy a besarte.
Ella se mordió por dentro el labio inferior y se dejó arrastrar por el deseo que le provocaban aquellos ojos verdes.
No dijo para , tampoco sigue . Él entendió y le rozó la clavícula con el dorso de los dedos, dibujando un semicírculo que fue a morir en el hueco de su garganta.
Ella cerró los ojos y dejó que fuera el cuerpo el que respondiera.
Cesar le alzó la barbilla con los nudillos y, con la palma libre, la atrajo por la cintura hasta pegarla contra su pecho. Probó el borde del labio inferior con un mordisco cuidadoso y, después, la sostuvo por la nuca antes de besarla con una ternura que ella no habría imaginado jamás en él.
El impacto fue fulminante. Fue un beso largo, al principio lento, luego frenético…
, un beso que se sintió tan perfecto que algo dentro de ella comenzó a pedir auxilio.
Apoyó la mano en su pecho, se aferró a la abertura de su camisa para no desmoronarse y, con un brillo distinto ardiendo en sus pupilas, sintió cómo un suspiro hondo la arrastraba hacia dentro, al tiempo que, el mundo entero se reducía a ese instante exacto en que él la estaba besando.
«¡No Sofía, no…! No quieres nada a medias, no quieres esperar a la próxima vez, no puedes darte el lujo de extrañarlo, no quieres intentarlo, no quieres a un Cesar con ojos verdes que te desajuste los relojes y luego te deje sin brújula.
No quieres esperanzas, ni promesas, ni disparos a ciegas.
No quieres, no quieres, no quieres… no puedes».
Y la realidad era que Cesar tampoco merecía pactos tibios, él había cruzado el océano para verla, sin garantías.
Pero Sofía sabía que ella aún no estaba ahí.
Por dentro, todo seguía expuesto, inflamado; nada iba a entregarse de verdad.
Y no iba a permitirse sentir más, aunque lo inminente reclamara su sitio.
—Cesar… —susurró por fin sobre sus labios, juntando su frente con la de él—. Lo siento. No puedo; siento que no estoy aquí. Ni en cuerpo ni en mente.
Él ya sabía que Sofía atravesaba un momento difícil; Rachel algo le había dejado caer cuando planearon la sorpresa. Ser sensato no era su especialidad, pero ponerse ingenioso sí.
—¿Estás bien? —preguntó apartándose, ya un poco más serio.
—Estoy… Solo un poco cansada de aparentar que estoy entera sin tener fuerzas para hacerlo. A ratos me vuelvo como una cuerda tensa. No sé si me explico.
—Perfectamente —respondió él curvando los labios hacia arriba en tanto deslizaba la mano desde su cintura para dejarla caer a su costado—.
Tranquila. No vine a removerte nada. Yo solo vine a verte con ese vestido…
así que, misión cumplida. La ola siguiente les mojó los tobillos y Sofía soltó el aire, aliviada.
«Así sí».
Se dieron la vuelta al chocar con un arrecife gigante y decidieron caminar de regreso.
—Tienes que subirte a un avión en pocas horas —le recordó ella, con una sonrisa insinuada que pedía disculpas por adelantado.
—Tengo que subirme a un avión —repitió él, virando los ojos—. Ojalá hubiera un ciclón ahora mismo.
—Sí que lo hay —sonrió Sofía—. Lo tengo justo al lado. Solo que la tierra que toca está muy áspera para dejarlo hacer de las suyas.
—No estoy interesado en causar estragos, pero tampoco en que me bajen de categoría —entrecerró los ojos, sonriente—. Solo no te me endurezcas demasiado. Por hoy me conformo con que te hayas olvidado de que le tenías miedo al mar de noche.
—Es que nunca lo había visto contigo.
Él soltó una risa fuerte por la nariz y siguieron andando un rato más.
Sofía se reía de verdad; aunque, en medio de cada risa, el cuerpo le recordaba la rigidez, como una coraza que no terminaba de ceder; pero Cesar no apuró nada.
La tocaba con frugalidad, rozaba su espalda baja para guiarla entre las piedras o le colocaba una mano en el codo para sostenerla cada vez que la arena cedía bajo sus pies al romper las olas.
—Quiero que te quedes —dijo ella, bajito, cuando se sentaron en la arena, como si le hablara al mar—. Y a la vez quiero que te vayas, porque, si te quedas… no sé.
—Si me quedo, tendrás que trabajar mañana en la noche conmigo a distancia —bromeó—. O me despedirán con causa justa.
—Y si te vas —completó Sofía—, entonces me quedo yo pensando en el jodido qué habría pasado si…
—Si nada —la interrumpió con ternura—. Vuelvo a Nueva York en unas horas. Pero también voy a volver a verte. For sure
—Ten cuidado, Cesar. Eso suena a promesa… y no nos gustan las promesas, a ninguno de los dos.
—Suena a que tengo un plan —le hizo una señita—. Solo tendremos que extrañarnos un poquito.
—Lo que pasa es que soy sensible a la nostalgia —replicó ella recostándose en su hombro sin pedirle permiso—. Está codificado en mi ADN.
El agua les mojaba la parte baja de los muslos; el pantalón de lino beige de Cesar ya lucía sus manchas oscuras y el vestido negro de Sofía empezaba a pesarle sobre la piel.
—¿Es algo modificable o te toca vivir con ello? —preguntó él rodeándola con el brazo.
—Intento transformarlo, pero aún no veo resultados exitosos. —Se encogió de hombros—. Tal vez todo eso de Mercurio retrógrado no me deja avanzar.
Y la broma encajó bien en sus rostros porque comenzaron a reír con deseos, hasta que él le besó la coronilla con una delicadeza que descolocaba casi tanto como el propio deseo que se tenían.
—Gracias por entender —soltó ella, de pronto.
—¿El qué?
—Esta ambigüedad que hay en mi cabeza y que detesto tanto. No estoy en mi eje y, aun así, no me atrevo a apartarte.
—Yo no vine a cobrar nada —contestó—. Tenía que conocerte. Más bien siento que he venido a empezar algo. Aunque hoy sea solo estar aquí en la playa de noche contigo.
Se habían pasado las horas y ninguno de los dos lo había notado, hasta que un mensaje de la aerolínea insistiendo en el check-in , vibró en el teléfono de Cesar. Él miró la pantalla y suspiró.
—Tengo que irme.
— Game over —intentó bromear Sofía, sin poder tragarse la decepción.
Volvieron de la mano, sin solemnidad. Ya en el lobby del hotel, él se inclinó a dejarle un beso en la frente que podía haber sido otra cosa, pero eligió ser solo eso. Los ojos de Cesar tenían una sombra de prisa, pero la misma chispa de siempre.
—Gracias… —dijo Sofía, apretándole la mano—. Por este lugar. Necesitaba este oasis más de lo que creía.
—Me ha encantado verte… doctora, y de verdad, me gusta mucho esta versión tuya transparente y libre, incluso, ¿cómo es que le dices?... ah, fibrosada —dijo, esforzándose por permanecer coherente—. Aunque me da celos tener que dejarte aquí sola.
—Sola no, con mis arpías. —Sonrió—. Con ellas también. Gracias por tenerlas en cuenta.
—Esa tribu tuya es un peligro. Eres muy afortunada —dijo al tiempo que acariciaba su mejilla y volvía a encontrarse con sus ojos—. Mándame un audio cuando despiertes. Cuéntame cualquier cosa que sientas. Quiero comprobar otra teoría.
—¿Y ahora cuál será?
—Que te vas a arrepentir de no dejar que te besara un poco más esta noche.
—O de no dejar que me quitaras el vestido —respondió Sofía, con una provocación solapada.
—Ya lo haré cuando vuelva —corrigió, recorriéndola entera con la mirada—. Verte con él puesto y, mojado, ya ha valido las millas de vuelo.
—Cesar —ella le agarró la mano, justo cuando él por fin iba a alejarse.
—¿Sí? —respondió, acercándose a sus labios con un cosquilleo peligroso.
«Qué demonios te pasa, Sofía… estás como el perro del hortelano. Déjalo ir, déjalo libre. No seas egoísta. Crece».
—Nada… buen viaje.
Y se apartó.
La voz le salió más baja de lo que pretendía, casi en un hilo.
Y, aun así, él la sostuvo un segundo deseando que dijera algo más.
Un solo no te vayas … y Nueva York habría tenido que esperar, y las aplicaciones a entrevistas de nuevos trabajos se habrían apoderado de sus días a la vuelta, cuando fuera que regresara. Pero eso no pasó.
Ella se quedó con una sonrisa y los ojos incendiados. Él metió las manos en los bolsillos, se dio la vuelta y caminó hacia la salida para subir a su taxi. Justo cuando Sofía empezaba a dejarlo atrás, él bajó la ventanilla, y le lanzó un grito… muy a lo Cesar .
—Sofía…
Ella se giró sin pensarlo.
—Eres tú.
El auto arrancó y ella sintió que un trozo de algo dentro se desprendía y era engullido por uno de esos agujeros negros interiores.
Antes de volver a su habitación, se detuvo frente al mar, descalza, a observar cómo la línea oscura del horizonte ya empezaba a rendirse ante la aurora incipiente.
El miedo volvió; los ojos amagaron con desbordarse.
«No hoy». Y el agua que le rozaba los tobillos comenzó a enfriarla también por dentro.