Y Mientras Tanto, Sofía (Mujeres que me habitan 2) II. Confirmando hipótesis
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II. Confirmando hipótesis

Cuando los decibeles de la disco comenzaron a sabotear una charla que ya sabía a gloria, Sofía observaba a Cesar, intentando definir si su presencia se trataba de una putada de Murphy o de una ofrenda de la Divina Providencia.

Tal vez solo era el milagro de turno, que ya era hora, pero…

¿qué se hacía con tanta incongruencia? Aunque la verdad era que ya daba igual porque, ahí estaba él…

riendo con insolencia, irresistible y poderoso, mirándola así, como si pudiera, como si tuviera derecho.

Porque, claro, lo tenía, ¡y vaya que sí lo tenía!

Quizás era la camisa de lino azul marino remangada hasta el codo que le quedaba demasiado bien, la manera de sujetar la copa, el reloj plateado y sobrio ajustado a su muñeca, sus antebrazos descubiertos sin depilar —como debía ser— o la arrogancia tranquila de hacerla reír en un momento en el que ni ella misma estaba segura de poder hacerlo.

A lo lejos, la playa se había ido vaciando.

Cesar dejó su trago sobre la barra y se inclinó hacia el oído de Sofía, lo bastante cerca como para que a ella se le olvidara respirar durante un segundo y tuviera que cerrar los ojos y morderse las mejillas por dentro porque… «Genial…, también huele bien».

—¿Caminamos un rato? —dijo él, haciendo un ademán con la barbilla hacia la orilla del mar—. Hace años que no camino por una playa del Caribe.

—No me gusta el mar de noche, me da cosa.

Cesar soltó una risa nasal que le movió los hombros.

—¿Te da cosa?... —repitió, tendiéndole la mano—. Hum. Eso es porque nunca has visto el mar de noche conmigo. Vamos, anda.

La voz de Kany García flotaba de fondo, haciéndole guiños sospechosos a la suerte.

♪ Déjame abrazarte para siempre, déjame besarte a mi manera,

agarrar tu mano dondequiera, porque yo he nacido pa quererte. ♪ [2]

Sofía miró cómo la mano de Cesar le hacía un gesto con el índice, señalándose el oído para que escuchara la canción, convencido de que el universo estaba de su lado.

Aquello bien podría ser una alucinación imprudente, porque él no solo era absurdamente atractivo y casi tres años mayor que ella; también era de esos que no le pedían permiso a la vida para vivirla, que desafiaban pronósticos y probabilidades, que rompían las reglas, seguros de que todos los riesgos eran válidos con tal de no perderse nada.

Y, además, era ese que había estado al otro lado del teléfono durante casi todo el último año, recordándole —o intentándolo— que siempre había otra cara de la moneda que merecía ser explorada.

Cesar prefería no preguntar mucho para evitar negativas o listas de precauciones; si quería algo, iba a por ello y luego ya vería cómo gestionaba las consecuencias.

Ella estaba de los nervios, pero por fin le sonrió, consciente del cosquilleo en la nuca que le provocaba el aliento de él tan cerca, del temblor fino en las manos que, cualquier manual clínico, habría clasificado como síntoma de una crisis de ansiedad —o de pánico— en toda regla.

Aun así, entrelazó sus dedos con los de él.

Cesar respondió con una presión leve, dejando que su pulgar trazara pequeños círculos en la base de sus nudillos, como si supiera dónde aflojarle todas las defensas.

El temblor de ella se fue conteniendo con el contacto, deshaciéndose en un sosiego fresco que le recorrió el antebrazo. Pero el vértigo, en cambio…

Al cruzar la terraza rumbo a la arena, Sofía alcanzó a ver a sus amigas acomodándose en una mesa alta como si fueran un coro griego.

Paula levantó las cejas con remordimiento teatral, Rachel le mandó un beso exagerado, Amber agitó el celular como quien decía lo tengo todo grabado , Sarah alzó el pulgar y Camila, dramática, se tapó los ojos.

—¡Gracias, arpías! —gritó antes de alejarse, con voz suficiente para que la escucharan.

—¡De nada! —canturreó Paula.

—Pero después arreglamos cuentas —añadió, lanzándoles un guiño que fue más amenaza que cariño.

—Queremos contenido para el  green notebook       [3] —soltó Rachel riendo.

Cesar la miró de soslayo, divertido por la escena.

—Me gusta tu pandilla.

—A mí también —respondió ella, orgullosa mientras tiraba de él hacia la orilla.

—¿Y qué es eso del cuaderno verde? —preguntó, en tanto le colocaba detrás de la oreja un mechón de cabello desordenado por la brisa.

Ella le sonrío, sobre ascuas aún, pero agradecida por la ternura.

—No es algo que querrías saber… Créeme —explicó divertida, recordando que el green notebook , era una especie de cuaderno colectivo, donde cada una anotaba el nombre de los hombres que iban llegando a su vida para colocarles una calificación en base a diez puntos, en tres columnas…

P (impresión personal/ C (impresión colectiva/ S (experiencia sexual).

Era una broma interna… nada que fuera prudente debatir. No con él, y menos, en ese instante.

Las luces del hotel quedaron atrás, convertidas en puntitos centelleantes… y el espacio que transitaban de repente se reducía a reconocerse el uno al otro, por fin, de verdad. Nada más existía.

—No pensé ni por un momento que fueras a aparecer —dijo ella.

—Yo tampoco —respondió él, curvando los labios—. Pero no puedo negar lo mucho que me define la imprevisibilidad. Además, tú me debías esa sonrisa en vivo.

—¿Te la debía?

—Se me alinearon los astros —bajó la voz, divertido—. Igual, si no, venía la otra semana como fuera.

—¿Ah, sí? ¿Y eso? —preguntó ella, entrecerrando los ojos con un filo intencionado.

—No me mires así. Esa foto que me enviaste en la playa… —agitó la cabeza—, esa foto haría que cualquiera tomase un avión y cruzara el océano. Suerte la mía que ya venía en camino. Si no, habría buscado otro vuelo, un barco, un globo aerostático… ¡qué sé yo!

Sofía soltó una risa amplia; dejó que se le notara, no la recortó. El agua les rozaba los tobillos mientras la arena cedía bajo cada paso. Caminaron un trecho largo en silencio, en ese tipo de silencio que suele acomodar cosas viejas pendientes.

—¿Y Nueva York? —preguntó ella, hundiendo los dedos de los pies en la arena mientras intentaba anclarse a algo que no fuera él.

—Pues me reclama mañana en la noche —la decepción y el fastidio se le marcaban en el rostro al decirlo—. En cuatro horas debo volver al aeropuerto.

—Pero ¿qué dices?

—Sí, un poco loco todo, lo sé… pero si lo pensaba mucho no venía. A veces es mejor vivir las cosas que analizarlas tanto, ¿no crees? —Se le distendió la sonrisa—. No pude recuperar los días libres que ya había cancelado, y tengo trabajo. No es justo. —La miró de costado—. Para mí, digo.

—Para el mar Caribe tampoco —bromeó Sofía y, al empujarlo suavemente con el hombro, perdió un poco el equilibrio.

Cesar le sostuvo la muñeca para traerla de vuelta.

Sus dedos se cerraron con firmeza para no dejar espacio a la duda, ni a la huida.

Después avanzó despacio, dibujando con las yemas un camino por su antebrazo hasta el pliegue del codo, donde se detuvo un segundo, antes de retroceder unos centímetros...

Había algo contenido en ese ir y venir, una especie de prudencia que no encajaba del todo con la seguridad del primer contacto.

No quería pedir permiso, pero tampoco asumirlo…

Prefería disfrutar el placer de la conquista.

La piel de ella respondió con un erizamiento caótico que le recordaba que seguía ahí, vivísima y sintiendo algo  a pesar de todas sus murallas.

Lo miró, fijo… «Qué ojos tan lindos por Dios», y dejó que aquel roce le pusiera orden al desbarajuste que había entre ellos y llevaba meses palpitando sin ser nombrado.

—Confirmo hipótesis… —dijo él, mientras continuaba acariciando su brazo como si en esa caricia existiera una verdad implícita.

—¿Ah sí? ¿Cuál? Ilumíname.

—Tu piel… que me intrigaba bastante. Cuando fantaseaba con tocarla la imaginaba así de suave, de blanca, de… adictiva.

Sofía se rio con los ojos, pero el intento se deshizo antes de llegar del todo a sus labios. Cesar lo notó. No dijo nada. Solo aflojó un poco el paso y volvió a entrelazarle los dedos, intentando corregir el rumbo sin hacer ruidos mentales.

Caminaron callados unos metros más. Las olas les mojaban los pies a intervalos y algunas conchas diminutas crujían como secretos bajo sus talones. Sofía sentía el cuerpo dividido: despierto por fuera, atrapado por dentro; los hombros tensos, el pecho contraído, el aire entrando a medias.

—Tesoro… —le dijo él—. Relájate… Ven aquí un segundo.

Se detuvieron ante una franja de arena limpia. Él se colocó detrás de ella y, sin invadirla, se acercó a su cuello…, inhaló sobre su pelo y luego lo deslizó sobre su espalda. Colocó las manos sobre sus hombros y, con la presión de sus pulgares, le aflojó un poco la tensión en sus músculos.

El contacto fue una descarga eléctrica. Ella tragó, cerró los ojos, exhaló y, al fin, se relajó.

—¿Mejor? —preguntó.

—Es raro —Sofía puso su mano derecha sobre la de él y volteó el cuello para mirarlo—. Es… bonito. Pero estoy como… fibrosada . Dura por dentro.

Cesar no se rio ni intentó disuadirla. Se inclinó lo justo y le dejó un beso breve, casi un roce, en la parte alta del hombro.

El roce hizo que los músculos del cuello de ella volvieran a contraerse y que sus huesos se sintieran franqueables.

El corazón se le había mudado al estómago y pensaba que todo ese asunto de las mariposas revoloteando se quedaba corto.

Aquello era otra cosa. Más incoherente, más incómoda… y bastante más difícil de ignorar.

—Lo sé —dijo él—. Te sentí los hombros como piedra cuando me abrazaste.

—No quería que lo notaras.

—Lo noté en tu rostro desde que entraste por la puerta de la disco. Desentonabas con la energía de todas. Estás como… ¿lejos?

Ella lo observó con gratitud.

—Ya sé que es mi culpa, pero… —continuó Cesar avanzando un paso y colocándose frente a ella sin soltarle las manos—, ese vestido no es justo. No es justo que lo uses frente a mí sintiéndote fibrosada y dura por dentro… Estás tan hermosa que es desconcertante.