I. El paraíso tiene nombre de mujer
El ómnibus avanzaba por la carretera del circuito norte, zigzagueando entre la vegetación descuidada que dejaba entrever el mar.
El destino era Playa Pilar, una de esas joyas secretas de Cuba que parecían inventadas por la nostalgia: arena tan blanca que encandilaba la vista, aguas transparentes donde los peces se podían contar, y un cielo que se fundía en el azul más limpio, sin artificios.
El Caribe ahí no necesitaba filtros; era belleza en estado puro, insolente en su perfección.
El sol de verano caía sin clemencia, pero lejos de incomodar, parecía abrirle poros al alma. Todo era tan desbordante que resultaba casi una provocación.
—¡Sofía, es que esto no es normal! —exclamó Paula, pegando un brinco inesperado en el asiento de al lado.
—¿Y ese susto? ¿Qué te pasó? —preguntó Sofía, subiendo una ceja.
—Pues que me quedé dormida con una canción y con la otra me he despertado de un tirón, como si el mundo se fuera a acabar —farfulló Paula mientras le devolvía el audífono que le había prestado—. Toma, paso.
Los playlists de Sofía eran una confesión disfrazada. Saltaba de un clásico en inglés a la trova cubana, del pop latino al tema indie más recóndito. Y en cada salto estaba ella misma, dividida entre la nostalgia de la renuncia, el vértigo de lo incierto y las ganas urgentes de comenzar otra vez.
—¡Rachel! —la llamó Paula, incorporándose sobre el respaldo de su asiento—. ¿No quieres cambiar de lugar conmigo? Seguro que la música de Sarah es la banda sonora de Glee, y así podré dormir tranquila lo que queda de viaje.
Rachel soltó una carcajada y se levantó sin debatirlo para cambiar con ella.
Unos asientos más atrás, Camila y Amber discutían enaltecidas quién tenía más porte: William Levy o Jencarlos Canela.
Entre risas y alegatos teatrales, cada una defendía a su favorito como si se tratara de una causa de vida o muerte, atrayendo de vez en cuando la mirada curiosa de otros pasajeros.
La sugerencia de Cesar de escaparse a aquella playa había sido tentadora.
Muy tentadora. Sofía, incluso, lo pensó seriamente: el mar como refugio, el silencio como bálsamo, pero, cuando se lo contó a su tribu, todas coincidieron en que en un momento así la soledad no sería buena consejera.
Así que sacaron sus ahorros y decidieron irse juntas ese fin de semana.
Lo que había empezado como un impulso de Cesar, terminó convirtiéndose en la excusa perfecta para no seguir postergando ese viaje que llevaban tiempo planeando y nunca se concedían.
Sofía, sin embargo, no estaba segura de qué quería.
Solo sabía que necesitaba otro tipo de aire.
Cerraba los ojos y las imágenes regresaban como ráfagas que le estrujaban el alma.
El dolor estaba ahí, camuflado, sin nombre, pero con vida propia, y lo peor, venía acompañado de la certeza de haber hecho lo correcto.
—Pásame un auricular, Sofi —pidió Rachel con un guiño—. Yo no tengo sueño.
♪ Yo te di mi cielo, una y otra vez… ♪ [1]
Sofía pulsó siguiente en el móvil y giró la vista hacia la ventanilla. El paisaje corría como una película muda frente a sus ojos, pero nada lograba penetrar en su conciencia. Rachel lo entendió al vuelo y se limitó a observarla con ternura, sin preguntar nada.
—Oye, Sofi… —le dijo al rato—. ¿Y si compartimos habitación nosotras? Así dejamos a Sarah con Pau, a ver si se complementan un poco.
—¡Ja! ¿Y a Amber con Camila? —Sofía frunció el ceño—. Esa combinación es una catástrofe anunciada… pero bueno, puede que al final sea lo más divertido del viaje.
Se sonrieron con complicidad, en tanto el bus seguía rodando hacia el azul inmenso que las esperaba. Ese viaje era como un pacto tácito con la libertad. Todas lo sabían, aunque nadie lo dijera en voz alta.
***
Una hora después llegaron al hotel que Cesar había reservado para ir con Sofía.
Desde la entrada se percibía el hechizo del lugar.
La brisa salada las despeinaba irreverente, las vistas infinitas del mar tenían algo adictivo y la sensación fría de un buen mojito en la mano sonaba a promesa fácil de creer.
Se acomodaron en las habitaciones a toda prisa, ansiosas por llegar cuanto antes a la parte buena del plan. Bajar a la cafetería de la playa, sentarse frente al mar y empezar, cuanto antes, a darse otra oportunidad con la vida.
En la habitación de Sofía y Rachel, los golpes en la puerta rompieron el ritmo. Secos, insistentes, fuera de lugar. Sofía se apresuró a abrir. Era Camila.
—¿Ustedes creen que yo necesito terapia? —preguntó con cara de súplica—. ¿Por qué me dejaron con Amber?
A Rachel le estalló esa carcajada temeraria que la definía.
—La idea es que seas tú quien ejerza influencia sobre ella, queridita . Además, en el peor de los casos, dicen que su terapia de choque funciona, y, si no… pues que te dé masajes gratis. ¡Mira qué ganga!
Camila ponía los ojos en blanco justo cuando volvían a llamar a la puerta. Esta vez era Paula.
—¿Alguien puede decirle a Sarah que se apure? Todavía no se ha cambiado y sigue habla que habla con Ariel, dándole detalles hasta de la cantidad de metros que hay de aquí a la arena.
Esta vez se rieron todas. Por fin se reunieron las seis y caminaron hacia la playa decididas a estrenar el viaje con daiquirís y un buen chapuzón.
El mar las esperaba como un rito de limpieza para ese desorden interno que solía esconderse donde nadie llegaba.
Era hora de llenarse de otro tipo de energía. Ya tocaba.
Caminaban en fila desordenada, con sandalias en mano y los pareos volando con la brisa. La barra de la playa las recibió con música alta y un barman sonriente.
—Seis daiquirís, por favor, y que estén bien cargados —pidió Paula, apoyándose en la barra como si fuera clienta habitual.
Con los vasos en la mano, buscaron un sitio en la arena y se dejaron caer sin mucho protocolo, dejando bolsos y sombreros tirados alrededor. Entre un sorbo y otro comenzaron a comentar lo obvio. Lo claro del agua, la arena tan blanca y suave, la suerte de estar allí al fin.
No hicieron falta discursos. Bastó el primer brindis para que supieran que ese fin de semana sería inolvidable… y quizá, también, inconfesable.
—¿No es perfecto? —soltó Rachel, mientras acomodaba la toalla sobre la arena y se dejaba caer con los brazos abiertos.
—Es más que perfecto —contestó Sofía, sentada con las rodillas abrazadas, y la mirada perdida en el horizonte.
Recordó entonces a Cesar. Él había querido estar allí, él había sido quien eligió ese lugar que parecía un pedazo de paraíso. Así que buscó el móvil, acercó a las chicas y tomó una selfie con el mar de fondo. En segundos, la foto voló a la pantalla de Cesar con un mensaje breve.
Sofía:
Gracias… El lugar es fenomenal.
La respuesta no tardó en llegar:
Cesar:
Me encanta esa sonrisa… bueno, la de todas.
Les diría que se porten bien, pero a estas alturas de la vida uno ya deja de ser ingenuo. Diviértanse!!!
Sofía les leyó el mensaje y las bromas estallaron en todas las bocas al mismo tiempo.
Rachel fue la primera en levantarse, agarró un puñado de arena y se lo lanzó a Sarah que tonteaba con el celular.
Sarah tardó medio segundo en reaccionar antes de ir tras ella, gritándole algo ininteligible.
Las demás se fueron incorporando entre risas, entrando en el juego sin analizarlo demasiado.
El agua fría les salpicaba las piernas, los brazos, los pensamientos…
y, de ese modo, comenzaban a olvidarse del mundo afuera sin darse cuenta.
Sofía se quedó unos segundos quieta, observando a sus amigas.
El caos feliz, la algarabía, esa calma desordenada que solo aparecía cuando nadie intentaba controlarla.
Aquella escena era la evidencia fugaz de que, por ese rato, todo estaba en su sitio.
Entonces pensó que Cesar quizás había visto algo más.
No solo el sitio, no solo el plan, sino eso que solía aflojar el ritmo frenético de la vida cuando ellas estaban juntas.
Tal vez, Cesar había entendido antes que ella que, en ese momento, estar con sus amigas, era todo lo que necesitaba.
Se quitó las sandalias, dejó el móvil sobre la toalla y corrió también hacia el agua.
El primer golpe frío le arrancó una carcajada inesperada y liberadora.
Se dejó empapar, salpicar, empujar por los brazos de sus amigas, entregándose sin resistencia a esa felicidad momentánea que no garantizaba nada… pero parecía curarlo todo.
Y, de momento, eso bastaba.
***
La noche cayó sobre el hotel con ese aire tibio y misterioso que tienen los veranos felices.
Entre bromas y canciones que salían de los altavoces incrustados en las jardineras, todas se dirigieron a sus habitaciones para alistarse antes de ir a cenar y luego lanzarse a la discoteca, donde tenían planeado beber y bailar hasta el amanecer.
Acabaron amontonadas en la habitación de Amber, con la clara intención de fastidiarla mientras se maquillaban y probaban diferentes peinados frente al espejo.
El espacio estaba cargado de perfumes mezclados; los labiales iban de mano en mano, las pestañas se rizaban entre chismes de modas liderados por Camila y cuchicheos al oído.
Sofía ya estaba lista. Había decidido estrenarse el vestido negro que Cesar le había regalado; al final la vida seguía y usarlo era la mejor forma de agradecerle.
Igual más tarde pensaba enviarle una foto que lo desajustara, lo tenía todo calculado.
Aquel vestido parecía traer un mensaje cifrado en la manera en la que se ceñía a su cuerpo.
Los tirantes anchos le daban estructura, cierta elegancia, pero el escote limpio y la constelación de lunares que quedaban al descubierto en su espalda blanca, la desbordaban de sensualidad.
Se dejó el pelo suelto, en contraste con ese brillo en la mirada que oscilaba entre vulnerabilidad y desafío, y se sentó en el borde de la cama a responder mensajes pendientes en lo que sus amigas terminaban.
Al encender la pantalla, se quedó paralizada.
Adam:
No puedo creer que hayas rechazado esta oportunidad.
No puedo creer que nos hayas dejado atrás.
Imbécil, esa era la palabra que ella tenía deseos de gritar en ese instante, pero otro sentimiento más fuerte se lo impedía.
«Trágame tierra… No toques el mensaje Sofía, no lo abras, no respondas, no digas nada».
Tuvo que hacer acopio de todo su autocontrol e invocar a toda la coherencia del universo para no escribir el déjame en paz, que le latía sin piedad en la punta de los dedos.
Él no había dado más señales desde el encuentro en el Lumière, y Sofía tampoco las necesitaba.
Tragó en seco. El nudo que le subió a la garganta le apretó las mandíbulas y los ojos amenazaron con empañarse.
«No fui yo, Adam, no fui yo quien lo hizo.
¿Algún puto día te darás cuenta?». Pero, en cambio, apagó la pantalla sin tocarla y se obligó a sonreír. Nadie debía notarlo.
—¿Alguien tiene un rojo más vino para los labios? —preguntó con naturalidad—. Este tono que traigo hoy no me convence.
Rachel dejó escapar una de esas risas cómplices que solían abrazarla sin tocarla.
—Ten, este te vendrá perfecto.
Al fin salieron juntas a cenar y luego se dirigieron sin escala a la discoteca del hotel.
Luces brillantes, música alta, turistas bailando sin pudor en ese ambiente caribeño de ron, sudor y verano.
Sofía no era muy fan , pero estaba con ellas.
«¿Qué más?». Algún día ella aprendería que ese tipo de preguntas no se le hacían al universo, pero todavía faltaba un poco para eso.
Se acomodaron en una mesa cerca de la pista de baile.
Las lámparas de neón serpenteaban y los vasos de colores iban y venían en bandejas.
Desde allí comenzaron a inspeccionar el lugar con la destreza aprendida, de cazadoras de historias para olvidar, y de fechorías que luego sirvieran para extorsionarse.
Rachel señalaba a un grupo de italianos que intentaba bailar salsa con más entusiasmo que coordinación.
Paula, entre carcajadas, apostaba quién sería la primera en acabar descalza.
Y Amber, implacable, grababa todo con el móvil, decidida a conservar pruebas de los numeritos ridículos inevitables que se producirían cuando el alcohol las envalentonara un tanto más.
Mientras discutían qué pedir, Sofía se puso en pie y se abrió paso sola hacia la barra. No podía esperar, necesitaba un trago que le aflojara la rigidez de los hombros y que le disolviera un poco la rabia.
—Un gin tonic , por favor —pidió.
—¿Y por qué mejor no pruebas una de estas margaritas? —interrumpió una voz masculina a su derecha—. Están espectaculares.
El timbre le resultó insoportablemente familiar. Notó un tirón en el estómago, un corrientazo que le hizo temblar el cuerpo entero. Aquello no podía estar pasando. «No me jodas, Universo».
Pero sí jodió, solo que, con otra frecuencia, porque, cuando se volteó, aquellos ojos verdes que hasta entonces solo conocía a través de la pantalla del móvil, entonces estaban allí, a un palmo.
—¡Cesar! —soltó paralizada—. ¿Qué haces aquí?
Él no apartó la vista; los labios se le curvaron hacia arriba, reverenciales, dignos de una jugada maestra.
—Ese vestido, doctora —la recorrió entera con descarada lentitud sin soltar su copa—. ¡Ufff…! No sé si fue buena idea estrenártelo esta noche.
A Sofía se le ahogaron las palabras… Una vieja tentación incapaz de contenerse se apoderó de su cuerpo. Sin pensarlo se lanzó hacia él y lo abrazó.
Fue un abrazo urgente y necesario.
Ella se permitió unos segundos refugiada sobre su hombro antes de apartarse, todavía con los latidos desbocados dentro de su pecho.
—Pero… ¿y el mal tiempo? ¿No era que había un ciclón o algo así? —preguntó con la voz temblorosa, tratando de recuperar algo de autocontrol.
—¿El ciclón?... El ciclón soy yo —y sonrió de costado, desviando aquellos ojos verdes hacia el escote del vestido—. Se disipó el otro. Anoche avisaron que se restablecían los vuelos.
Sofía percibía un alivio inexplicable encontrando sitio detrás del esternón. La presencia de Cesar le nublaba toda lógica, pero había en ella una felicidad insospechada. No sabía —ni quería saber— por qué se sentía así.
—Estás preciosa, Sofía.
—Pues tú no estás tan mal —tartamudeó, mientras trataba de sofocar la sonrisa mordiéndose los labios.
Él soltó una carcajada y señaló su copa, con esa chispa de provocación en los ojos.
—Entonces, ¿pruebas la margarita?
—Sí, creo que voy a darle el chance. —Carraspeó sintiendo el calor que se instalaba en sus mejillas—. Ya aprendí que no debo decir que algo no me gusta… si antes no lo he probado.
Y claro, ella no estaba hablando solo del trago.
Desde una esquina del bar, Paula, Rachel, Sarah, Amber y Camila observaban la escena con unas sonrisas tan culpables como pletóricas. Ellas lo sabían todo, lo habían planeado todo con él, a escondidas.