Y Mientras Tanto, Sofía (Mujeres que me habitan 2) Prólogo
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Y Mientras Tanto, Sofía (Mujeres que me habitan 2)

Y Mientras Tanto, Sofía (Mujeres que me habitan 2)

Por Thais Lima

© inepub.com

Prólogo

Índice

Ya les hablé de ella una vez. Creí que bastaba. Me equivoqué.

El final parecía perfecto: Sofía siendo Sofía, eligiéndose a sí misma, liberándose de un amor que la desbordaba, encontrando su paz.

La historia pudo terminar ahí. Yo también pensé que, tras aquella despedida, no habría nada más que contar.

Pero lo que vino después fue tan transformador que callarlo sería traicionar su historia… y también la nuestra.

Muchos me preguntaron por qué elegí narrar justamente ese momento de su vida en el primer libro. La respuesta me salía fácil: a Sofía le dolía hasta el alma. Le dolía haberse ido, haberse elegido… le dolía incluso esa libertad que todos celebraron como triunfo.

«Qué fuerte Sofía, qué digna, qué sabia», decían.

Pero ustedes solo vieron la punta del iceberg , la foto bonita de los finales limpios.

Lo demás quedó solapado: el incendio detrás de la sonrisa, la herida latiendo bajo la dignidad, la cicatrización.

¿Han oído hablar de cómo cicatrizamos por segunda intención?

Se parece mucho a cómo seguimos andando después de una herida sin que nos las suturen, a cómo reorganizamos silenciosamente la forma en que volvemos a sentir.

Yo vi a Sofía arder mientras fingía serenidad.

Escuché a sus amigas repetir que dejar a Adam atrás había sido una victoria —y lo fue—, pero ella, con apenas veintiséis años, no conseguía habitar esa versión triunfal de sí misma.

Sentía que había algo roto en su interior.

Reconocerlo en voz alta la consumía. Lo que vivió abrió grietas invisibles en la fe que tenía en sí misma, en la imagen que le devolvía el espejo, en su ego.

Porque lo que más deseaba se le resistía. No la habían elegido.

Ese neurocirujano brillante la había dejado atrás por la misma razón que decía no podía dejar de amarla.

Una contradicción brutal que la desgarró hasta obligarla a admitir, con rabia, que quizá estaría mejor sin él.

Pero… ¿qué hacer con todo lo que aún le sangraba por dentro y no entendía de decisiones correctas?

Por eso escribí la primera novela, porque en medio del dolor lo que más me conmovió fue su valentía.

No la que se celebraba en voz alta, qué va, la que se imponía ardiendo mientras todo por dentro temblaba.

Quería que, si algún día Sofía la leía, pudiera reconocerse una y mil veces, verse entera, única, sin adornos ni versiones suavizadas.

Pero ese reflejo no llegó tan pronto…, porque ninguna mujer escapa ilesa de ese tormento, aunque muchas insistan en negarlo. Hasta las más fuertes se han aferrado a su almohada en la oscuridad y se han preguntado de cuántas formas pudieron haberlo hecho distinto.

«¿Y si hubiera dicho…? ¿Y si me hubiera quedado? ¿Y si le hubiera creído? ¿Y si…?».

Y tardan en entender que el aprendizaje no está en la intensidad del       dolor, sino en lo que eligen cuando deja de doler.

En cómo colocan el cuerpo frente al espejo.

En qué pensamientos alimentan y cuáles dejan morir de hambre.

En lo que deciden conservar… y en lo que, aun rabiando, se permiten enterrar.

Ahora ha vuelto otra Sofía. más arisca con lo que la hiere y más generosa con lo que la enciende.

Yo la observo —a veces desde afuera y otras desde adentro— y entiendo que esta vez, no viene a pedir perdón ni permiso, sino a probar sus propios límites, a entregarse al deseo sin hipotecar el alma y, sobre todo, viene a crecer…

, a cumplirse. Ha aprendido a elegir sin temblar, a soltar lastres, a apostar por el instante sin perseguir promesas de eternidad.

Prefiere la intensidad sin cadenas, el presente con nombre propio y el deseo sin contratos intangibles.

Pero, aunque corra, no lo hace sola. Sus amigas están ahí cuando duda, cuando se le va la altura, cuando hace falta traerla de vuelta.

Son refugio, espejo y conspiración. Con ellas, Sofía se recompone, se ríe de lo que ayer pesaba y recuerda que la libertad también consiste en tener un sitio seguro a dónde volver.

Y, aunque ha pasado el tiempo, siguen siendo las mismas, solo que menos inocentes.

No hacen pactos de sangre ni juramentos solemnes, pero, cuando la vida aprieta, se activan en superlativo.

Se buscan, se encuentran y se agarran fuerte hasta sincronizar el paso.

Porque hay días en que todo se tuerce, en que todo se apaga…

pero ellas, se siguen teniendo las unas a las otras.

Esta historia empieza donde parecía terminar, en el eco de una despedida que celebramos como triunfo, pero que escondía heridas invisibles; en una tesitura incierta que la —que nos — obligará a crecer y desaprender la vida como la conocemos…

que nos hará transitar por esa etapa de la vida en lo que por fin soltamos el cliché del amor romántico que puede solucionarlo todo, de que necesitamos completarnos con la pareja porque nos falta algo, de que no somos suficientes para llegar por nuestros medios a donde queremos.

Pero, mientras tanto… Sofía cree que ha aprendido a jugar con el fuego sin quemarse, que puede regular su intensidad, retirarse a tiempo, lograr que la llama la respete. ¿Será que de verdad lo ha conseguido? Pues ya lo veremos.

Yo, por si acaso, sigo cerca. A veces testigo, a veces cómplice… pero siempre atenta a cada límite que Sofía decide desafiar, porque tengo muy claro que, aunque con el fuego ni se juega ni se negocia… sí toca aprender a habitarlo y usarlo a nuestro favor.