Y entonces... ¿te quedas? Semana nueve
96%

Semana nueve

Aquella noche el insomnio hizo de las suyas. Antonio pasó dando vueltas en su cama durante toda la noche. Había una frase que le rondaba en la mente como un mosquito necio en su oreja: “puedo manejar la situación”.

—¿Por qué dije eso? ¿Realmente puedo manejar esta situación?

—No seas dramático, Antonio. Solo es un chico que estás conociendo.

—¿Conociendo para qué? Él no desea nada serio en un futuro.

—Entonces solo déjalo y ya… no hay que pensarlo tanto.

—Pero es que me gusta mucho… él tiene tantas cosas que me llaman la atención: es espontáneo, sencillo, divertido.

—No tiene lo principal… deseos de formalizar algo serio en el futuro.

—¿Y será cierto eso? Es decir… son tantas señales…

—Él mismo te lo dijo…

Finalmente, Antonio se quedó dormido.

Los días siguientes transcurrieron con relativa normalidad.

El trabajo y el gimnasio le ayudaron a mantener la mente ocupada.

Para el viernes, Antonio y Pablo no habían intercambiado un solo mensaje desde la cena del martes.

Después de lo ocurrido, él prefería que fuera Pablo quien escribiera.

Ya no quería dar la impresión de estar demasiado ilusionado.

¡Vamos! Que Antonio no nos puede engañar. Todos sabemos que, conforme pasaban las horas del viernes, su ansiedad se disparaba.

Por suerte para él, pasado el mediodía recibió su mensaje.

—Hola, guapo. ¿Cómo va la semana?

Antonio sonrió. Estaba sentado frente a su escritorio, completando unos formularios.

—Hola, Pablo. Todo tranquilo. ¿Y tú? Pensé que no habías sobrevivido al sushi.

Dejó el teléfono sobre el escritorio y continuó ingresando datos en la computadora. Algunos segundos después llegó la respuesta.

—Ja, ja, ja. Sí sobreviví. Oye… ¿tienes planes para la noche? Hay una película de terror en el cine. Quizás podríamos verla.

Antonio leyó el mensaje y volvió a colocar el teléfono sobre el escritorio. De nuevo su mente empezó a volar.

—Nada de sentimientos… lo dijiste: puedo manejar esta situación.

—Pero te está invitando al cine.

—Como amigos… él no quiere ningún compromiso.

Sus pensamientos fueron interrumpidos por otra notificación.

—Quizás después de cine podríamos venir a mi casa.

Antonio siguió sin responder.

—Solo quiere sexo, Antonio.

—Pero si solo quisiera sexo, no se tomaría la molestia de invitarme al cine.

—Cualquiera puede hacer eso. La gente hace lo que sea por conseguir sexo.

—¡Ya basta!

Sacudió ligeramente su cabeza. Se quitó los lentes y los dejó sobre el escritorio.

—Ya estoy cansado de esto. Así no puedo continuar.

Respiró profundamente y tomó nuevamente el teléfono.

—Disculpa. Sí puedo ir al cine y me encantaría ir a tu casa. Pero hay algo que quiero que sepas.

Envió el mensaje y continuó escribiendo.

—Te mentí la otra noche cuando te dije que yo podía manejar esta situación. Creo que, en realidad, quise mentirme a mí mismo. No puedo manejarlo.

Envió el mensaje y volvió a colocarse los lentes. Sus ojos empezaban a hacer un esfuerzo enorme para poder leer.

Momentos después llegó la respuesta.

—Oh… entiendo… la verdad creo que lo sabía, pero yo también quise creer que lo decías en serio.

Antonio leyó el mensaje. No tenía idea de qué responder.

—¿Vas a dejar de buscarme?

Escribió el mensaje y sintió un nudo en la garganta. La respuesta de Pablo llegó al instante.

—No quiero hacerlo. Pero, como te dije el martes, tampoco quiero hacerte daño.

Antonio permaneció inmóvil con el teléfono en sus manos. Respiró hondo. Pablo había sido claro con él desde el principio. Ahora le correspondía a él.

—Mira, Pablo. Yo no te estoy pidiendo que seamos novios, pero tampoco puedo continuar con algo que no tiene ni pies ni cabeza.

No quiero presionarte a decidir algo ya.

Te propongo algo… mañana al mediodía estaré en la heladería cerca del instituto.

Piensa muy bien lo que quieres. Si sigues teniendo claro que no deseas algo serio, entonces no llegues; yo lo comprenderé.

Si, en cambio, quieres darte la oportunidad de continuar conociéndome, pero abierto a la posibilidad de que esto se convierta en algo más, llega.

Para mí sería el mejor helado que podría comerme.

Envió el mensaje, su corazón latía aceleradamente. Se sentía como un personaje de novela, con la diferencia de que seguramente un personaje no tendría aquel nudo en la garganta.

Segundos después Pablo respondió.

—Ok.