Semana ocho
Antonio no dejó de pensar en Pablo durante toda la semana. No hubo mantra que le socorriera. Sabía que estaba jugando un juego en el cual las reglas le empezaban a resultar difíciles de cumplir.
Los días pasaron y finalmente el martes llegó. En la última clase, la profesora tenía una sorpresa preparada. La receta especial para ese día era tiramisù clásico. Esta vez el trabajo fue en equipo. Todos disfrutaron mientras compartían de su preparación.
Al final de la clase, todos se despidieron afectuosamente. La profesora agradeció uno por uno su participación en el curso. Lucía lloró un poco. Antonio sintió también cierta nostalgia.
—¿Y entonces? —dijo Pablo cuando salía junto a Antonio del instituto—. ¿A dónde me vas a llevar?
Antonio sonrió.
—Estuve buscando opciones… decidí que hoy estaría genial cenar comida japonesa. ¿Qué opinas?
Pablo hizo un gesto de aprobación y sonrió.
—Me parece perfecto.
Caminaron hasta el parqueo, subieron a sus autos y se marcharon. Uno detrás del otro. Antonio fue el primero en llegar. Pablo se retrasó algunos minutos por un semáforo.
Antonio decidió esperarlo para entrar. No tuvo que hacerlo por mucho tiempo.
—La noche está fría —comentó Pablo mientras caminaba hacia él.
—Sí. Esperemos que adentro la temperatura esté mejor.
Ambos entraron. Antonio había hecho una reservación.
El restaurante era bastante amplio y decorado con estructuras japonesas. Su mesa estaba ubicada cerca de una estatua de un par de grullas japonesas.
Tomaron asiento.
—El lugar me encanta —comentó Pablo mientras observaba a su alrededor.
Enseguida una mesera se les acercó.
—¡Buenas noches, caballeros! ¡Bienvenidos! Acá les dejo el menú. ¿Van a ordenar alguna bebida?
—Muchas gracias —contestó Pablo—. Yo quisiera una cerveza, por favor.
—Para mí igual —agregó Antonio.
La mesera anotó y se retiró.
Antonio y Pablo empezaron a inspeccionar el menú.
—Estoy pensando seriamente en pedir salmón teriyaki —dijo Antonio.
Pablo asintió.
—Yo creo que me voy a decidir por lo más conocido para mí: sushi.
—Es una buena opción. Si quieres podemos compartir los platos. Así probamos ambas comidas.
Pablo sonrió.
—Eso me encanta de ti. Siempre dando buenas ideas.
Antonio se sonrojó un poco.
Minutos después, la mesera regresó con las bebidas y aprovechó para tomar la orden.
—¿Cuál es tu tipo de comida favorita? —preguntó Antonio mientras tomaba un sorbo de cerveza.
Pablo lo tuvo que pensar por un par de segundos.
—La verdad… creo que la comida mexicana. Lo que pasa es que me encanta el picante.
Antonio lo escuchaba con atención.
—¿Y la tuya?
—Me encantan los mariscos. Pero también me gusta mucho la comida italiana.
—¡Cierto! —exclamó Pablo—. Recuerdo que me habías comentado que tenías bastante afinidad por la cultura italiana… Por eso te inscribiste en el curso.
—Así es.
—Sabes… mi hermana y yo acostumbramos visitar una marisquería muy buena cerca de la casa de mis abuelos. Es un local pequeño, pero el chef es excelente.
—Eso suena interesante —contestó Antonio.
Pablo dibujó una gran sonrisa.
—¿Te gustaría que fuéramos? —preguntó con entusiasmo—. Incluso podríamos invitar a mi hermana. Sería una buena excusa para presentarte. Ella es muy simpática, de seguro te va a caer muy bien.
En ese momento, la mente de Antonio comenzó a trabajar a toda velocidad. En cuestión de unos segundos, varios pensamientos desfilaron por su cabeza.
—“Es una buena excusa para presentarte”.
—Vamos, Antonio. Recuerda: es algo casual, no debes involucrar sentimientos.
—Al diablo…
—Pablo… ¿Puedo hacerte una pregunta?
—Claro.
Antonio permaneció en silencio por un momento.
—Quizás es algo tonto lo que voy a preguntar, pero tengo que hacerlo. ¿Has cambiado de idea con respecto a eso de no querer nada serio con alguien?
Pablo cambió de semblante. Frunció levemente el ceño.
—Yo… sigo pensando igual —contestó con seriedad.
Antonio hizo un gesto de incomodidad. Sus manos empezaron a sudar.
—Lo siento… yo… no debí preguntar.
—¿Pasa algo? —preguntó Pablo.
Sin embargo, la mesera los interrumpió. Traía los platos consigo.
—Si me disculpan… ¿el plato de sushi?
—Mío —respondió Pablo un poco distraído.
—Perfecto —dijo la mesera mientras colocaba el plato frente a él—. Entonces, salmón teriyaki es por acá —y colocó el otro plato frente a Antonio.
—¿Algo más que necesiten?
—Todo bien por ahora, gracias —contestó Antonio.
La mesera se retiró.
—Mira, Pablo. Yo no quise sonar intenso ni desesperado. Lo que pasa es que me confundí. Creo que he malinterpretado algunas situaciones. Mi mente a veces me traiciona.
Pablo se mantuvo en silencio unos segundos mientras permanecía mirándolo.
—No te disculpes. Al contrario, quizás sea yo quien debe disculparse. Me gustas mucho y el trato que te doy precisamente es el de alguien que me interesa. Pero a lo mejor debí medirme un poco para no confundirte.
Antonio bajó la mirada. Se refugió en su cerveza.
—Antonio, ¿todo bien?
—Sí, sí. Todo bien. Solo que me siento un poco apenado.
Antonio levantó la mirada nuevamente.
—Espero que mi pregunta no arruine la cena.
—La cena no me interesa tanto —respondió Pablo con una ligera sonrisa—. Me interesa más saber si estás bien. Créeme que soy el primero que no quiere hacerte daño.
Antonio sonrió.
—Sí, lo estoy. No te preocupes.
Pablo lo miró con recelo.
—¿Estás seguro?
Antonio asintió.
—¿Completamente?
Antonio sonrió ligeramente y volvió a asentir.
—Me gustaría que seas honesto, Antonio. Si tú ves que esto te va a perturbar, puedes decírmelo. Creo que en ese caso lo mejor sería dejar de vernos. No sería lo que me gustaría, pero primero estás tú.
Antonio sintió una punzada en el estómago.
—No te preocupes, Pablo. De verdad, no pasa nada. Simplemente mal interpreté cosas. Perfectamente puedo manejar la situación.
Pablo continuó mirándolo.
—Confía en mí —agregó Antonio.
Pablo sonrió.
—Excelente —respondió con entusiasmo—. Entonces hagamos un brindis por nosotros.
Ambos tomaron sus cervezas y brindaron.
—¡A comer! —exclamó Antonio—. No permitamos que se enfríe la comida.
Continuaron cenando y conversando durante buena parte de la noche. Poco a poco la incomodidad empezó a disiparse. Antonio había dicho que podía manejar la situación, ahora solo faltaba que él mismo se lo creyera.