Y entonces... ¿te quedas? Semana siete
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Semana siete

Otra semana cargada de emociones. A estas alturas de la historia, supongo que ya habrán notado que Antonio es un hombre al que le cuesta un poco mantener sus sentimientos bajo control.

Con Pablo le estaba resultando bastante difícil. Él tenía muy claro que involucrar sentimientos no era buena idea. No vamos a juzgarlo. La compañía de Pablo y el trato que le ofrecía, tampoco le eran de gran ayuda.

Durante toda la semana, intentó mantenerse ocupado con el trabajo y el gimnasio. Se repetía constantemente un mantra: “Es solo algo casual, no debes tener sentimientos”.

La interacción por mensajes entre ambos continuaba siendo poca. De vez en cuando se saludaban y algunas veces Pablo le preguntaba por la receta de la próxima clase.

El domingo por la mañana, mientras Antonio preparaba el desayuno, su teléfono sonó con una notificación.

Dejó el cucharón que tenía en la mano sobre la mesa y tomó el teléfono. Sintió un vacío profundo en su estómago. Era un mensaje de Gustavo.

—Hola, Antonio. Sé que ha pasado algún tiempo. ¿Crees que podríamos hablar?

Antonio leyó el mensaje dos veces. Colocó el teléfono sobre la mesa.

Se acercó al fregadero y bebió un poco de agua. Miró el teléfono sobre la mesa durante unos segundos. Reuniendo un poco de valor lo tomó y escribió.

—Hola. La verdad no veo que sea necesario hablar.

Volvió a colocar el teléfono sobre la mesa. A estas alturas empezaba a recobrar un poco de coraje.

Instantes después otra notificación llegó.

—Me gustaría realmente hablar contigo. Yo sé que fui un total imbécil. No sabes cuánto me arrepiento de haber tomado aquella decisión.

Efectivamente lo que Antonio sospechaba.

—¿Por qué ahora? Ha pasado mucho tiempo —pensó.

Antonio volvió a escribir.

—Mira, Gustavo. No sé cuál es el propósito de decirme esto, yo prefiero mantener las cosas entre nosotros tal y como quedaron.

Envió el mensaje. Por su mente empezaron a desfilar tantos pensamientos.

—¿Pretende regresar, así como si nada?

—Él ya había tomado una decisión, solo quería una amistad.

—Si lo hizo una vez, ¿qué le impide no volver a hacerlo?

Otro mensaje llegó.

—Antonio, te voy a ser honesto. Yo no supe manejar la situación con respecto al VIH. El miedo se apoderó de mí. Durante todo este tiempo no he podido sacarte de mi mente. Cometí un error.

Antonio leyó el mensaje. Sentía que su estómago se revolvía. Durante algún tiempo había deseado una respuesta clara. Saber los motivos de aquella decisión. Incluso hubo días en que estuvo anhelando un mensaje suyo. Ahora que tenía ambas cosas frente a él, ya no las necesitaba.

Pensó durante algunos segundos su respuesta.

—Gracias por ser honesto y contarme finalmente qué fue lo que pasó. Por algún tiempo necesité entenderlo, pero te repito, yo ya di por terminada nuestra pequeña historia.

Envió el mensaje y continuó preparando el desayuno. Partió dos huevos y los colocó en el sartén.

El teléfono vibró. Decidió esperar a terminar de cocinar. Mientras lo hacía pensaba en lo irónico de la situación.

Cuando los huevos estuvieron listos, los sirvió en un plato. Tomó el teléfono y leyó.

—¿Me odias? Si lo haces, estás en todo tu derecho. Fui un imbécil.

Antonio de inmediato respondió.

—No te odio, Gustavo. No soy de ese tipo de personas y me encantó conocerte. Lo que pasa es que hay puertas que una vez cerradas, debes aprender a mantenerlas así, cerradas.

Envió el mensaje y se sirvió una taza de café. La respuesta llegó instantes después.

—¿Es porque estás con alguien?

Antonio rio. Le pareció curioso que algunas personas necesitaban pensar que la única razón por la cual eran rechazadas era por la presencia de otra persona. ¿Tan difícil resulta pensar que alguien no quiere volver al pasado porque simplemente no quiere hacerlo?

Antonio respondió.

—No estoy saliendo con nadie. Es simplemente lo que pienso y no creo que vaya a cambiar de opinión.

Entonces pensó en Pablo. Por un momento se preguntó si todo este coraje para rechazar a Gustavo lo tomaba gracias a él.

No tardó demasiado en darse cuenta de que no.

Con Pablo sabía que no había posibilidad de una relación.

Él mismo se lo había dejado claro en un par de ocasiones.

Entonces, ¿por qué rechazar algo con Gustavo?

¿Por qué rechazar la oportunidad de volver a tener un vínculo con alguien que aparentemente sí garantizaba querer algo?

Otro mensaje de Gustavo llegó.

Antonio continuó sin leerlo. Ahí estaba, sentado en su mesa frente a su desayuno. La pregunta en su mente era: ¿Por qué no quiero regresar a Gustavo?

Permaneció varios minutos intentando dar con la respuesta. Gustavo aún le gustaba. Desafortunadamente, había algo que pesaba más en su alma. Había necesitado tiempo para cerrar aquella historia, ahora que finalmente lo había conseguido, no quería volver a abrirla.

Miró nuevamente el teléfono. Lo tomó y leyó.

—Me gustaría que me dieras una oportunidad para demostrarte que ahora soy capaz de hacer las cosas diferentes. Entenderé si no quieres hacerlo, pero necesitaba pedírtelo.

Antonio permaneció mirando el mensaje durante unos segundos. Luego escribió.

—Me alegra saber que pudiste superar lo que te generaba miedo. De verdad. Pero no quiero intentarlo otra vez.

Leyó el mensaje completo antes de enviarlo. Sin sentir enojo, tampoco satisfacción. Dejó el teléfono sobre la mesa y tomó nuevamente su taza de café.

Unos minutos después, la pantalla volvió a iluminarse.

—Entiendo, Antonio. Perdón por todo. De verdad espero que te vaya muy bien.

Antonio sonrió.

—Igualmente, Gustavo. Espero lo mismo para ti.

Esta vez colocó el teléfono boca abajo sobre la mesa y continuó desayunando.

*******

Por fin llegó la noche del martes. Los ánimos de Antonio no eran los mejores. Todo lo sucedido con Gustavo el fin de semana lo había bajoneado un poco.

Por su parte, la clase de cocina no estuvo tan interesante como las anteriores. Esta semana prepararon bruschette al pomodoro.

Al finalizar la clase, ambos se marcharon a casa de Pablo. De camino, Antonio pasó por un supermercado para comprar una botella de vino y algunos bocadillos.

Cuando llegó, Pablo ya estaba en casa. Tocó la puerta.

—¡Hey! —exclamó Pablo mientras abría—. Pasa… te estaba esperando.

Antonio entró.

—Traje este vino… no sabía si te gustaba.

Pablo tomó la botella y la observó.

—De seguro que me gustará. Siéntate… voy por unas copas.

Antonio se sentó en uno de los sofás de la sala. Segundos después, Pablo regresó con dos copas.

—¿Puedo preguntarte algo? —dijo Pablo mientras abría la botella.

—Claro —respondió Antonio mientras se quitaba los lentes y los colocaba sobre una mesa.

Pablo tomó las dos copas y empezó a servir el vino.

—Te noté muy callado hoy durante la clase. ¿Te pasa algo?

Antonio lo miró un poco sorprendido.

—La verdad, no pensé que se notara. Es una tontería. Tuve un fin de semana un poco extraño. El domingo me escribió un chico con el que salía hace un tiempo.

Pablo levantó ligeramente las cejas.

—¡Oh! ¿Y quieres hablar de eso? —preguntó mientras le entregaba una copa.

Antonio la tomó y bebió un poco.

—Pues la verdad no es tan importante. Quizás sí me cambió un poco el humor. Me escribió porque, de repente, está arrepentido y quiere que intentemos seguir conociéndonos… evidentemente le he dicho que no. La verdad que es una historia superada en la que no quiero volver a entrar.

Pablo también bebió un poco de vino.

—¿Y por qué te cambió el humor?

Antonio sonrió ligeramente.

—Supongo que simplemente removió algunas cosas. Creo que es inevitable sentirse extraño después de algo así.

Pablo asintió. Puso la copa sobre la mesa y se recostó al sofá para ponerse más cómodo.

—Pero te repito, son puertas que quedaron cerradas —continuó Antonio—. Lo importante ahora es que estamos acá, celebrando que la próxima semana es nuestra última clase de cocina.

—Pues bueno… —respondió Pablo mientras se incorporaba rápidamente—. Vamos a subirte un poco los ánimos.

Antonio rio.

—Voy a poner música… ¿Qué quieres escuchar?

—Un poco de rock en inglés podría ser.

Pablo tomó su teléfono y colocó la música en el parlante.

—Ven… bailemos un poco.

Pablo tomó a Antonio de la mano y lo levantó del sofá. Empezaron a bailar muy cerca el uno del otro. Antonio se dejó llevar. A los pocos segundos, ya se estaban besando apasionadamente. La música rock marcaba el ritmo de sus movimientos.

—¿Quieres quedarte esta noche a dormir? —preguntó Pablo y de inmediato volvió a besarlo.

Antonio sonrió.

—Supongo que no puedo negarme.

Continuaron bailando y divirtiéndose durante buena parte de la noche. Hubo vino, risas, besos y por supuesto, sexo.

*******

El despertador no tuvo piedad. A las seis en punto, el teléfono de Antonio empezó a retumbar por toda la habitación. Antonio estiró el brazo para apagarlo.

—Buenos días —dijo Pablo entre bostezos.

—Buenos días, guapo —contestó Antonio mientras se volvía a acostar.

—¡Hey! No puedes dormirte otra vez… Debes ir a trabajar.

Antonio gimió y se cubrió la cara con la almohada.

—Haré el desayuno… tienes veinte minutos para estar listo.

Antonio se descubrió la cara. Con gran esfuerzo abrió los ojos. Pablo aprovechó para acercarse y darle un beso rápido. Después se incorporó y se retiró a la cocina.

Antonio permaneció acostado durante unos minutos. Sonreía mientras contemplaba el techo.

—Es solo algo casual, no debes tener sentimientos —pensó.

Sacudió ligeramente la cabeza.

Minutos más tarde salió de la habitación. Únicamente se había lavado la cara y cepillado los dientes. Como no había llevado ropa para cambiarse, todavía debía pasar por su casa para prepararse para ir al trabajo.

Al llegar a la cocina, Pablo le esperaba con un desayuno ligero. Había preparado huevos revueltos, unas tostadas y café.

—Siéntate.

Antonio se sentó cerca del desayunador.

—Muchas gracias por el desayuno.

—No te preocupes. Al contrario, discúlpame por no haber preparado algo mejor.

—Para nada… Estos huevos se ven espectaculares.

Antonio comenzó a comer. Pablo permaneció sentado frente a él mientras tomaba una taza de café.

—Estaba pensando… —comentó Pablo—. Para no perder la costumbre, ¿te gustaría ir a cenar la próxima semana después de la clase?

Antonio terminó de masticar.

—Me parece una buena idea —respondió Antonio—. Si quieres, podemos invitar a la profesora y a las chicas.

Pablo permaneció en silencio. Frunció ligeramente el ceño. Antonio no pudo contener la carcajada.

—¡Claro! —respondió Pablo—. Eso sería bastante romántico.

—¿Te importa si en esta ocasión escojo yo el lugar? Prácticamente tú has propuesto todos nuestros encuentros. Al menos déjame contribuir en algo.

Pablo rio.

—¡Perfecto! Pero con una única condición.

—¿Cuál?

—Nada de restaurantes italianos, por favor.

Antonio soltó una carcajada. Continuaron desayunando.