Y entonces... ¿te quedas? Semana seis
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Semana seis

Se dice que el sexo pone de buen humor a las personas. Antonio no fue la excepción. Regresó a casa después de aquella noche con una enorme sonrisa dibujada en el rostro. Durante el resto de la semana no hubo ninguna situación capaz de disturbar aquel buen ánimo.

Finalmente, habían intercambiado teléfonos, sin embargo, Antonio prefirió dejar que las cosas fluyeran sin necesidad de tanta conversación por mensajes. También había algo que debía tener presente, aunque no le gustara mucho la idea, Pablo le había dejado bien claro que no pretendía algo serio.

El martes llegó nuevamente. Al momento de vestirse, Antonio eligió una prenda con la que pudiera impresionar, pero que al mismo tiempo fuera discreta. Si bien no habían planeado nada para después de la clase, él quería ir preparado. Ya saben… para llamar la atención de Pablo.

Mientras buscaba una camisa en el clóset, una de ellas cayó al suelo.

Al recogerla, vio el par de patines que le había prestado su compañera de trabajo.

Su sonrisa se desvaneció por unos segundos.

Sin querer, recordó a Gustavo. Sacudió ligeramente la cabeza y recogió la camisa. Continuó alistándose para la clase.

Fue una de las clases más difíciles que habían tenido. La receta que prepararon fue melanzane alla parmigiana.

Antonio procedía a cocinar las berenjenas. Pablo por su parte terminaba de lavar los utensilios.

—¿Dejaste las berenjenas en el horno por treinta minutos o las dejaste un poco más?

—¡No lo sé! —exclamó Pablo—. En realidad, olvidé poner el cronómetro. Creo que fue un poco más de treinta minutos.

Antonio soltó una carcajada.

—Oye, quería preguntarte algo. ¿Tienes planes para después de clase?

Antonio lo miró.

—Ninguno —contestó.

—Vi una heladería a un par de cuadras de acá, se veía bastante buena. ¿Te gustaría ir por algún helado al salir?

—Me parece bien —contestó Antonio sonriendo, su corazón palpitaba.

Pablo le devolvió la sonrisa.

Al final de la clase, la profesora felicitó a Pablo y a Lucía. Sus platos habían quedado exquisitos.

—El secreto es no poner el cronómetro —susurró Antonio.

Pablo hizo un esfuerzo enorme por no reír.

Al salir de la clase, ambos se dirigieron al estacionamiento.

—¿Vamos en los autos? —preguntó Antonio.

—Si no te molesta, creo que podríamos solo caminar. Solo son dos cuadras.

—Perfecto. Vamos.

Comenzaron a caminar. Aquella noche corría una brisa agradable.

—¿Cómo estuvo tu fin de semana? —preguntó Antonio.

—Un poco ocupado, pero bastante tranquilo, a decir verdad. El sábado trabajé todo el día reparando una motocicleta. El domingo fui a casa de mi hermana. ¿Y el tuyo? ¿Qué tal estuvo?

Antes de que Antonio pudiera contestar, Pablo le tomó de la mano.

—Disculpa, hay que cruzar la calle.

Ambos aceleraron el paso. Antonio sintió un ligero cosquilleo al sentir su mano con la de Pablo. Desafortunadamente el momento fue corto. Pablo soltó su mano al cruzar.

—También estuvo tranquilo. Aproveché para limpiar y ordenar un poco mi apartamento.

—Te comprendo. Detesto cuando me toca limpiar mi casa. De hecho, la noche que fuiste tuve suerte; la había limpiado el fin de semana anterior.

Antonio sonrió.

—Es acá —dijo Pablo.

Entraron al lugar. A pesar de ser una heladería pequeña, contaba con una gran variedad de sabores.

—¡Wow! —exclamó Antonio mientras observaba el helado de vainilla con pistachos.

—¿Ese te gusta? —preguntó Pablo.

—Sí, creo que pediré ese.

—Es una buena opción, creo que pediré el mismo también.

Pablo miró a la mujer que atendía.

—Dos copas grandes de vainilla con pistacho, por favor.

Un par de minutos después, la mujer apareció con los helados.

—Hoy invito yo —dijo Pablo mientras le entregaba una de las copas a Antonio.

—Te agradezco —contestó Antonio.

Pablo permaneció en el mostrador pagando la cuenta, mientras que Antonio fue a sentarse en una mesa junto a la ventana.

—Me gusta —pensó Antonio con una sonrisa pequeña en su rostro—. Espera, Antonio, no puedes ilusionarte con él.

Se llevó una cucharada de helado a la boca.

—¿Qué tal está? —preguntó Pablo mientras se sentaba.

—Está muy bueno —contestó Antonio con cara de satisfacción.

—Excelente, ahora sabemos dónde podemos seguir viniendo por helado.

—Tampoco es que nos quedan tantas semanas de clases —respondió Antonio.

Pablo sonrió.

—Es cierto, pero nadie dijo que después de que termine el curso de cocina no podemos seguir viniendo.

Antonio dibujó una gran sonrisa.

—Entonces, eso significa que quieres seguir saliendo conmigo.

—Claro que sí —contestó Pablo mientras se llevaba una cucharada de helado a la boca. Hizo una pequeña pausa.

—La verdad, me gusta mucho tu compañía.

Antonio continuó sonriendo.

—No puedes ilusionarte —volvió a pensar.

Pablo interrumpió sus pensamientos.

—Y además de tu compañía, déjame decirte que tenemos buen sexo —agregó Pablo sonriendo.

Antonio soltó una carcajada. Permaneció en silencio durante unos segundos. Su expresión cambió. Tomó un respiro profundo antes de hablar.

—Oye, Pablo. Usualmente no hablo de esto con alguien que apenas conozco, pero la verdad contigo siento una extraña conexión.

Pablo permaneció en silencio. Lo observaba con atención mientras saboreaba una porción de helado.

—Sé que me aclaraste que no deseas nada serio, pero quiero ser transparente contigo. Soy una persona que vive con VIH. Estoy en tratamiento y mi condición actual es indetectable.

Pablo permaneció mirándolo en silencio.

—¿Y? —respondió Pablo segundos después, su tono era serio.

Antonio frunció el ceño.

—Solo quería ser transparente.

Pablo soltó una fuerte carcajada.

—¿Creías que iba a hacer alguna cara extraña o algo así?

Antonio no respondió.

—Mira, Antonio, yo aprecio que me lo contaras. Agradezco tu honestidad. Pero no tienes que preocuparte por eso. No tengo ningún tipo de problema con eso. Uno de mis mejores amigos vive con VIH. Lo conozco desde hace muchos años.

Antonio permaneció en rotundo silencio. Lo miraba perplejo. Por primera vez compartía aquella parte de su vida con un chico que prácticamente recién conocía y resultaba salir así de sencillo.

—¡Hey! Cambia esa cara —dijo Pablo—. Parece que viste un fantasma.

Antonio soltó una carcajada.

—No me esperaba esa respuesta. Me alegra que no sea un problema para ti.

—Ninguno —contestó Pablo mientras terminaba su helado.

Antonio volvió a concentrarse también en el suyo.

—Oye —dijo Pablo unos segundos después—. La próxima semana, después de clases, ¿te gustaría ir a mi casa? Podemos tomar unos tragos y… dejamos que lo demás fluya.

Antonio sonrió.

—¡Cuenta con ello! —contestó.

Pablo soltó una carcajada.

—¡Cuento con ello!