Y entonces... ¿te quedas? Semana 5
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Semana 5

A poco más de un mes del cierre con Gustavo, Antonio empezaba ya a recobrar la normalidad. Podía transcurrir un día completo sin sentirse abrumado por lo que no pudo ser. Además, había otro pensamiento ocupando su mente: la noche de tragos con Pablo.

Llegó así la tercera clase. Aquella noche el platillo que aprendieron a preparar fue pizza napoletana.

Antonio y Pablo estuvieron conversando durante prácticamente todo el tiempo. La clase terminó con dos pizzas chamuscadas; la de Antonio y la de Patricia.

Ambos salieron del instituto y caminaron hacia el bar. Habían decidido ir a un bar que estaba a solo dos cuadras. Así no tendrían que desplazarse mucho. Para su sorpresa, estaba cerrado.

—¡Mierda! —gimió Antonio en cuanto leyó el rótulo que decía cerrado.

Pablo soltó una carcajada.

—No te preocupes… si quieres, podemos ir a mi casa.

Antonio lo miró con sorpresa, no esperaba aquella propuesta.

—Pues… ¡claro! Suena bien para mí.

—Excelente. Tengo una botella de vino que me regaló mi hermana para mi cumpleaños y que aún no la he abierto.

—Me parece que es una muy buena ocasión —comentó Antonio sonriendo.

—Claro que lo es… entonces, ¿nos vamos? ¿Me sigues?

—¡Vamos! —exclamó Antonio alegre.

Caminaron hasta el estacionamiento. Pablo salió primero con su auto.

—¡Sígueme! —gritó por la ventana mientras se acercaba al auto de Antonio.

Antonio asintió.

Debieron conducir aproximadamente por veinte minutos. Antonio empezaba a sentirse un poco nervioso. Ya saben, una cosa es estar en un bar tomando tragos y otra muy diferente es estar en la casa del chico que te llama la atención. Empezó a imaginar distintos escenarios.

Finalmente llegaron. Era una casa pequeña y, junto a ella había un pequeño taller. Pablo aparcó a un costado de la calle, Antonio le continuó detrás de él. Ambos bajaron de sus autos.

—Este es mi humilde hogar.

Antonio observaba detenidamente la fachada.

—Me parece adorable. No te lo había preguntado, pero veo que tu taller está acá mismo. Eso es genial.

—¡Así es! Esta es la casa donde crecimos mi hermana y yo. Ella hace algunos años se fue, así que decidí trasladar mi taller para acá. ¡Ven! Vamos adentro.

Entraron. La casa era pequeña y estaba muy ordenada.

—Toma asiento —dijo Pablo mientras colocaba las llaves de su auto sobre una mesa—. Voy por unas copas y por el vino.

Antonio se sentó en un sofá pequeño. Observaba con discreción cada detalle de la casa.

—¿Quieres escuchar algo de música? —preguntó Pablo desde la cocina.

—Lo que tú quieras escuchar, cualquier cosa está bien para mí.

Unos minutos después Pablo regresó. Se había cambiado de ropa, ahora usaba un short y una camiseta sin mangas que dejaba expuestos unos bíceps bastante seductores.

—Espero que este vino te guste —comentó.

—¡Ya lo creo que sí! —contestó Antonio con una sonrisa.

Pablo pareció no captar la indirecta. Dejó la botella en la mesa, tomó su teléfono y abrió la aplicación de música. Segundos después comenzó a sonar música electrónica en un parlante de la sala.

—¿Por qué nunca me has pedido mi teléfono? —preguntó Pablo mientras abría la botella.

Antonio rio.

—Supongo que por la misma razón que tú tampoco me has pedido el mío.

Ambos rieron.

—Quizás no ha habido urgencia —dijo Pablo mientras empezaba a servir un poco de vino en las copas.

—Todo a su tiempo —contestó Antonio.

Pablo tomó una de las copas y se la entregó a Antonio. Brindaron.

—¡Por la cocina italiana! —dijo Pablo.

Ambos tomaron un buen sorbo de vino. Antonio volvió a mirar los brazos de Pablo.

—Me gustan tus brazos —comentó mientras colocaba la copa sobre la mesa.

Pablo lo miró con cierta picardía.

—Me gusta que te gusten —contestó él y enseguida tomó otro sorbo de vino.

Antonio sonrió.

—Mira, Antonio. Yo quiero ser honesto contigo.

Esas palabras bastaron para que Antonio sintiera un frío en su estómago.

—¿Y ahora qué? —pensó.

—Quiero serte sincero. Me gustas. Desde que te vi el primer día de clases me pareciste un hombre muy atractivo. Ahora que hemos hablado un poco más… bueno, me gustas más.

Antonio permaneció en silencio.

—Lo que pasa es que, como te comenté la semana pasada, hace apenas seis meses que salí de una relación larga. Y por ahora no busco nada serio. La verdad, no me gustaría darte otras expectativas.

En efecto, el frío en el estómago de Antonio no era en vano. A estas alturas, ya sabemos que no era lo que él deseaba escuchar.

—Entiendo —contestó intentando disimular el asombro.

Hizo una pausa para tomar un sorbo de vino.

—Comprendo tu posición, sin embargo, quiero preguntarte algo… entonces, ¿qué buscas con esto? Me refiero… tú fuiste quien me invitó a salir a tomar algo.

Pablo tomó un respiro.

—Tienes razón, creo que estás en todo el derecho de preguntarlo. Y quizás no me supe expresar bien. No quiero nada serio y, siéndote honesto, no creo que lo quiera por un buen tiempo. Pero tampoco quisiera limitarme a conocer a alguien… sin presiones, sin necesidad de una etiqueta.

Antonio continuó mirándolo mientras tomaba otro sorbo de vino.

—Yo también voy a ser honesto. La verdad sí estoy en una etapa de mi vida donde me gustaría conocer a alguien para una relación seria. Pero tampoco te estoy pidiendo que seas mi novio en solo una noche.

Pablo sonrió.

—¿No te importaría llevar las cosas así? Sin presión de tener que convertir lo que surja en una relación seria.

Antonio lo miró, ahora fue él quien tomó un respiro profundo. Permaneció en silencio por unos segundos.

—Me gustas, podría intentar simplemente fluir…

Pablo volvió a sonreír.

—Entonces… ¡un brindis por solo fluir!

Brindaron.

—Voy a la cocina, tengo unos bocadillos refrigerados; es cuestión de calentarlos por par de minutos y así sentiremos un poco más el ambiente de bar.

Antonio soltó una carcajada. Pablo se levantó y se dirigió a la cocina. Abrió la refrigeradora mientras tarareaba la música electrónica que aún sonaba. Sacó la bolsa con los bocadillos y cerró la puerta. Cuando se dio la vuelta, se encontró a Antonio justo detrás de él.

—¡Wow! Me asustaste.

Antonio se le acercó lentamente.

—Disculpa, yo solo pensé que… podía venir… para acá.

Se acercó lo suficiente hasta que su cuerpo quedara a solo unos centímetros de Pablo.

—Entonces… ¿atrevido? —susurró Pablo mientras lanzaba la bolsa de bocadillos a un lado.

—¿Tú lo crees? —respondió Antonio llevando sus manos al pecho de Pablo—. Lo suficiente para hacer esto…—y comenzó a quitarle la camiseta.

Segundos después, Pablo estaba con el torso descubierto. Antonio aprovechó para acariciarle lentamente sus brazos.

—¿Tanto te gustan mis brazos? —preguntó Pablo en voz baja.

Antonio no contestó. Simplemente se acercó y lo besó. Empezó a hacerlo muy despacio. Quiso descubrir esa sensación de sentir el sabor de los labios de Pablo. La delicadeza duró poco, Pablo respondió y, en cuestión de segundos, el beso se volvió mucho más intenso.

Sin esperar a que Pablo lo hiciera, Antonio se despojó de su camisa él mismo. También se quitó los lentes y los colocó cuidadosamente sobre un mueble cercano. Continuaron besándose acaloradamente. Las manos empezaron a bajar poco a poco. Recorrían los cuerpos con total libertad.

En un momento, Antonio se apartó.

—¿Tienes protección? —preguntó con voz un poco agitada.

—¡Claro! En mi habitación… vamos…

Pablo tomó su mano y caminaron hasta su habitación. Las horas restantes de la noche fueron pocas para los dos.