Y entonces... ¿te quedas? La heladería
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La heladería

Para fortuna de Antonio, la mañana del sábado estaba bastante nublada. A pocas personas les apetecería comer un helado con aquellas condiciones.

Llegó faltando quince minutos para el mediodía. Ordenó un café y escogió una mesa pequeña al fondo del local. La heladería estaba relativamente vacía. Él lo prefería así. Entre menos personas, mejor.

Miró el reloj que colgaba en la pared. Faltaban cinco minutos para la hora acordada. Sacó su teléfono del bolsillo y abrió la última conversación con Pablo.

Leyó nuevamente el último mensaje recibido. Aquel “Ok” que ahora lo estaba consumiendo.

Tomó un sorbo de café.

—Buenas tardes —saludó una mujer anciana que entraba al lugar acompañada de su nieto. Antonio le devolvió el saludo sin mucho afán.

Volvió a mirar el reloj. Ya era la hora acordada. Su corazón empezó a latir aceleradamente.

Hagamos una pausa en esta angustia. Quizás ustedes, al igual que yo, estarán pensando una cosa: este hombre está loco.

¿Qué clase de tortura se ha impuesto? Si hasta su pierna derecha tiembla sin control.

La verdad, en el fondo, Antonio también pensaba lo mismo.

Se había arrepentido. No de ser honesto y querer poner en orden el rumbo de las cosas con Pablo; se había arrepentido de verse obligado a esperar una respuesta de esta manera.

El sonido de un automóvil que se estacionaba cerca de la heladería lo hizo estremecerse. No podía ver desde ahí si era Pablo. Esperó por unos minutos, pero nadie entró.

Volvió a tomar un sorbo de café. Pudo percibir que ya empezaba a enfriarse.

Volvió a tomar el teléfono, esta vez solo para ver la hora. Diez minutos después de la hora acordada.

Una pareja de adolescentes entró a la heladería. Iban de la mano y caminaban bastante alegres. La chica no paraba de hablar mientras el chico la miraba sonriente.

Antonio, con el teléfono aún en la mano, volvió a abrir la conversación con Pablo y empezó a escribir.

—¿Vas a venir?

De inmediato borró el mensaje. Se había prometido no presionar a Pablo con su decisión.

Cerró la conversación y puso el teléfono sobre la mesa. Quiso distraerse observando a su alrededor. Notó que la mujer que atendía no era la misma que les había atendido la última vez.

—Quizás es la hermana —pensó forzadamente queriendo poner su atención en cualquier otra cosa. Como no lo logró, miró nuevamente el reloj en la pared. Habían pasado veinte minutos desde la hora acordada.

Sintió una especie de malestar en el vientre. La cruel realidad ya empezaba a mostrarse.

—Ya lo sabías. Ya sabías que iba a terminar así.

—Yo simplemente tenía esperanza.

—No pasa nada… así es la vida.

Sus pensamientos se interrumpieron por el sonido de la música. La mujer del mostrador había decidido poner algo de música para ambientar el local.

Antonio sonrió con tristeza.

—Quizás ya debería marcharme.

Tomó los últimos sorbos de café frío.

Un hombre entró a la heladería. Parecía un poco desorientado; buscaba algo con la mirada. Era Pablo.

Antonio lo reconoció de inmediato. Pablo tardó unos segundos en verlo. Cuando lo hizo, sonrió y se acercó.

—Hola —saludó nervioso.

—Hola, Pablo —respondió Antonio, sorprendido.

—¿Pensaste que no iba a venir?

Antonio suspiró. Permaneció en silencio unos segundos.

—No lo sabía en realidad.

Pablo se sentó frente a él.

—Te soy honesto, Antonio —dijo mirándolo a los ojos—. Ayer, cuando me escribiste, mi primera decisión fue no venir. Quería evitar que siguieras haciéndote ilusiones conmigo.

Hizo una pausa de un par de segundos y respiró.

—No pude dormir. Pensé que hacerlo no iba a ser tan difícil para mí.

Antonio frunció el ceño.

—No, no… no malinterpretes. Me refiero a que pensé que todo sería algo más sencillo, pero no lo fue. No podía dejar de pensar en ti, en tus bromas durante las clases, en tu forma de ser, tu amabilidad…

Antonio dibujó una leve sonrisa. Pablo extendió el brazo y tomó su mano.

—Yo no puedo prometerte qué podrá surgir de esto. No sé si va a funcionar o no. Lo que sí puedo decirte es que no quiero perderme la oportunidad de seguir conociéndote.

Antonio lo miró con ternura. Esa era la respuesta que esperaba. Él no deseaba una propuesta de matrimonio; solo anhelaba la oportunidad de continuar conociendo a aquella persona con la que sentía una conexión especial.

Antonio apretó suavemente la mano de Pablo.

—Y entonces… ¿te quedas?

Pablo lo miró y dibujó una gran sonrisa.

—¡Me quedo!

FIN