Cine
Gustavo se daba un último retoque frente al espejo. Un mensaje de voz llegó a su teléfono. Era Antonio.
—Ya estoy en la entrada.
Gustavo sonrió. Rápidamente se aplicó un poco de perfume en su cuello, tomó sus cosas y salió apresurado del apartamento.
Ahora haré una pausa. Seguramente se estarán preguntando: ¿Qué decisión tomó Gustavo? Nada, no logró decidir absolutamente nada. Durante aquellos últimos tres días había disfrutado cada interacción con Antonio: los mensajes de buenos días, hablar del trabajo, lograr decidir cuál película verían.
Pero al mismo tiempo, las dudas continuaban persiguiéndolo como un fantasma. Entonces, hoy mismo en la tarde, obstinado de sobre pensar, decidió darse una tregua.
—Hoy saldré con Antonio, la pasaré bien, ya veremos qué sucede.
Y eso fue exactamente lo que se propuso hacer.
Gustavo salió del edificio a toda prisa y caminó directo al auto.
—¡Hey! ¿Cómo estás? —preguntó mientras subía.
Notó que Antonio lucía fenomenal. Se emocionó de verlo.
—¡Muy bien! Feliz de verte… —contestó Antonio.
Gustavo terminó de acomodarse en el asiento y se puso el cinturón. Sintió un irresistible impulso por besar a Antonio.
Ahí lo tenía, justo a su lado. Lo miró a los ojos y sin pensarlo demasiado se inclinó para darle un beso ardiente.
—¡Wow! —exclamó Antonio.
Gustavo carcajeó mientras volvía a ponerse cómodo en su asiento.
Durante el trayecto hacia el centro comercial, estuvieron entretenidos haciendo bromas y hablando un poco sobre la película. En algún momento, Gustavo volvió a recordar sus dudas. Se sintió un poco extraño, de inmediato abandonó el pensamiento.
—Voy a disfrutar —se dijo.
La película no era tan desastrosa, la trama mantuvo constante la atención de ambos. Gustavo aprovechó algunos momentos para hacer contacto físico con Antonio. Realmente estaba disfrutando de estar ahí.
Lamentablemente, su mente tenía otros planes. Precisamente en estos momentos de cercanía con Antonio, los pensamientos empezaron a azotarle nuevamente. Los miedos e inseguridades empezaron a desfilar por su cabeza.
—¿Qué demonios me pasa?
Miró discretamente a Antonio.
—Él me gusta mucho
Volvió la mirada a la pantalla.
—A ver, Gustavo… ¿qué es lo que sientes? ¿Miedo? ¿De qué?
No encontró ninguna respuesta. Solo una sucesión continua de pensamientos, una lucha interna en su cabeza. Afuera, en la pantalla, un personaje corría por su vida huyendo de un asesino.
Miró nuevamente a Antonio y sintió angustia, se sintió avergonzado. Ya para el final de la película, su humor había cambiado.
—Debo felicitarte —comentó mientras se incorporaba—. No ha sido la mejor película de suspenso que he visto, pero me gustó.
Salieron de la sala y caminaron hacia el estacionamiento. Gustavo intentó ocultar su angustia mientras hacía algunos comentarios sobre la película.
Al llegar al auto, abrió la puerta y se dejó caer sobre el asiento.
—¡Estoy exhausto! —exclamó mientras cerraba los ojos y recostaba la cabeza al respaldo.
Antonio lo miró.
—¿Te cansó la salida? —preguntó Antonio.
—No, no… Hoy estuvo algo agotadora la jornada en la clínica.
—Comprendo —contestó Antonio.
En su mente ya no existía ninguna tregua, durante todo el trayecto al apartamento prefirió mantenerse en silencio.
Al llegar a la entrada del edificio, abrió los ojos y se incorporó.
—¡Wow, qué rápido llegamos —comentó.
Antonio le miró.
—Así es, no hubo mucho tráfico.
Gustavo se quitó el cinturón de seguridad.
—Muchas gracias por la salida de hoy, Antonio, realmente la disfruté.
Hizo una pausa.
—Yo me tengo que ir ya a descansar, mañana tengo un paciente temprano.
Se inclinó levemente a Antonio y le dio un beso fugaz.
—¡Buenas noches! —agregó mientras abría la puerta del auto.
Mientras caminaba hacia el edificio, se empezó a sentir fatal. La culpa lo golpeaba. Llegó a su apartamento, se fue directamente al baño, se lavó la cara con abundante agua y permaneció unos segundos mirándose al espejo.
Se fue a su habitación y sin quitarse una pieza de ropa se lanzó a la cama. Permaneció contemplando el techo por algunos minutos.
—Antonio no se merecía eso —se repetía una y otra vez.
Se incorporó y se dirigió a la cocina. Abrió la refrigeradora, tomó un recipiente con jugo y tomó algunos sorbos directo de la caja.
Su teléfono vibró. Aquella vibración produjo también un vacío en su estómago. Era Antonio.
—Hola, Gustavo. No quiero sonar como un loco, pero debo preguntarte algo… ¿fue mi impresión o esta noche, tu despedida estuvo rara? Seca, diría yo.
Gustavo leyó muy despacio. Por un momento pensó en llamar a Laura. De inmediato se arrepintió, debía hacerse responsable de sus actos.
Lo meditó por un par de minutos. Quizás estaba cometiendo un error. No tenía forma de saberlo. Pero definitivamente, continuar con la dinámica que llevaba con Antonio mientras aquellas dudas seguían atormentándolo, terminaría haciéndoles daño a ambos.
Tomó el teléfono. Respiró profundamente y escribió.
—Hola, Antonio. Mira, te voy a ser honesto. He estado meditando un poco durante estos días; la verdad, no creo que pueda ofrecerte más que una amistad. Discúlpame, no fue mi intención crearte una ilusión.
Aquella noche, había tomado finalmente la decisión que durante días había sido incapaz de tomar.
Debería haberse sentido aliviado, pero no fue así. Esa noche Gustavo no durmió.
Y ENTONCES…