Semana 1
Los días siguientes transcurrieron bastante grises para Antonio. En su interior no estaba sufriendo, ni tampoco estaba sumido en una profunda tristeza. Estaba melancólico, había varias razones para esa melancolía.
Durante mucho tiempo y por convicción propia, había decidido disfrutar de su soltería, así lo había hecho. Sin embargo, cuando finalmente decidió abrirse a conocer a alguien, pasó esto.
A ver, tampoco es que Antonio desconociera los riesgos de cuando empiezas a conocer a una persona; por supuesto que lo sabía. Las alternativas eran únicamente dos: que funcionara o que no.
Es ahí donde ataca otra de las razones para su melancolía. Durante aquellos días, había mantenido con Gustavo una comunicación bastante intensa. Tenía años sin experimentar algo parecido. Aunque la razón estuvo ahí, luchando por mantener el mando de la situación, fue imposible no hacerse ilusiones.
Ni modo, no había nada que pudiera hacer. Para formar un vínculo sano con una persona, debe haber interés mutuo. Antonio lo tenía muy claro.
Durante el resto de la semana intentó no pensar demasiado en aquella mala experiencia. Al principio le resultó difícil de hacerlo; especialmente cuando al día siguiente, al despertar, se percató de que ya se le había hecho una costumbre encontrar su mensaje de buenos días.
Las horas se convertían en verdaderas montañas rusas. Algunas mañanas se sentía bastante bien, desayunaba con bastante positivismo, otras mañanas en cambio, resultaban bastante pesadas.
Las noches era lo peor. Probablemente porque cuando el cuerpo está más cansado y la mente empieza a desocuparse de la rutina diaria, la melancolía encuentra el espacio para hacer de las suyas.
Al llegar el domingo, Antonio como de costumbre decidió salir por un café, quería aprovechar la hermosa tarde.
Mientras degustaba una apetitosa torta de chocolate con almendras, algunas preguntas empezaron a dar vueltas por su cabeza.
—¿Lo habrá hecho por que vivo con VIH?
Bebió un sorbo de café.
—No creo, desde que le conté me dejo claro que no había problema.
Permaneció unos segundos mirando la taza.
—¿Será que hice algo que no le gustó?
Hizo un repaso rápido de su comportamiento durante los días pasados. No encontró nada relevante.
—¿Será que fui yo quien no le gustó después de todo?
Empezó a mortificarse intentando dar respuesta a interrogantes que ya no tenía sentido descifrar. Afortunadamente, lo pudo comprender. No valía la pena. Al fin y al cabo, no era algo que estuviera en sus manos poder cambiar.