Transparencia
La cena del miércoles había estado espectacular. Gustavo despertó el jueves por la mañana con una gran sonrisa.
Desayunó únicamente un batido de proteína en casa. Tenía una cita con un paciente a primera hora de la mañana y no quería llegar tarde a la clínica.
Aquella mañana tenía un muy buen humor.
Alrededor de las nueve quedó libre por un par de horas. Así que decidió hacer una pequeña merienda en un restaurante contiguo a la clínica.
Ordenó un café negro, tres huevos revueltos y una tostada. Mientras esperaba su comida, su teléfono vibró. Leyó en la notificación, era un mensaje de Antonio.
—Hola Gustavo. Me encantó compartir contigo durante toda la noche.
Me gustaría decirte algo importante antes de seguir conociéndote.
La cuestión es que vivo con VIH, estoy en tratamiento y soy indetectable.
Yo prefiero ser transparente y decírtelo.
También quiero que sepas que si esto te hace sentir incómodo yo lo comprenderé sin ningún problema.
Gustavo colocó el teléfono en la mesa. Sintió una sensación extraña en el estómago. Definitivamente, no esperaba un mensaje así.
Él se consideraba una persona bastante informada sobre el tema. Incluso la novia de un amigo cercano de la universidad vivía con VIH. Él sabía que no debía haber problemas.
Claro, la situación no era la misma. Ahora le correspondía a él reaccionar.
Meditó durante un par de minutos, para su buena suerte ya había llegado el café. Bebió dos sorbos. Tomó nuevamente el teléfono y escribió.
—Hola, guapo. Mira, primero que todo quiero agradecerte por ser honesto conmigo. Comprendo que eso es algo muy personal y de verdad te agradezco por compartirlo. Quiero que sepas que no cambia en nada la situación. De mi parte todo sigue igual y quiero seguir conociéndote.
Volvió a colocar el teléfono en la mesa. Sintió una ligera tristeza, por unos segundos pensó en lo difícil que debió ser para Antonio el escribir ese mensaje.
El teléfono volvió a vibrar.
—¡Qué bueno que lo tomes así! De verdad, no sabes cuánto me alegra.
Gustavo sintió alegría, por alguna razón leer ese mensaje le hizo sentir bien. Entonces respondió.
—Y yo me alegro aún más… ¿Y ya desayunaste? ¿Qué comiste?
Los días
Gustavo no tardó mucho tiempo en darse cuenta que su conocimiento acerca del VIH no era tan amplio como él se lo imaginaba.
El jueves por la tarde se dio a la tarea de investigar más a fondo. Quería despejar todas aquellas dudas que habían aparecido.
Leyó y leyó. Entendió que el tratamiento permitía reducir la cantidad de virus hasta niveles que impedían su transmisión por vía sexual. Comprendió lo que ya sabía, la condición de Antonio no debía representar ningún riesgo.
A estas alturas, Gustavo tenía algo muy claro: quería seguir conociendo a Antonio. Su interacción con él no se afectó durante el resto de la semana. Había sido un continuo vaivén de mensajes, sin diferencias, sin intermitencias.
El sábado a mediodía, Gustavo fue a lavar su auto. Había una fila interminable. Lo típico de los fines de semana. El calor también hacía de las suyas.
Escuchaba música mientras esperaba en el auto a que la fila avanzara. Las baladas pop en español eran sus favoritas.
Su teléfono empezó a vibrar. Era una llamada de su amiga Laura.
—¡Oye! ¿Qué haces? Supongo que no vas a ir al juego de voleibol esta noche.
—Claro que sí voy. ¿Paso por ti?
—¿Y Antonio? Pensé que por ser sábado ibas a tener planes con él.
—No… hace un rato le dije que hoy no podía, ya estaba comprometido para el juego de hoy.
—Ok… pero… ¿todo bien?
—Sí, claro, la verdad es que nos hemos visto dos veces seguidas esta semana.
—Pero si no se ven hoy, supongo que van a querer verse mañana… yo realmente quería que me acompañaras mañana de compras.
—No te preocupes… también iré mañana contigo, ya te lo había prometido.
—Wow… oye, ¿de verdad que todo bien?
—Si, si, todo bien ja, ja. Ya le propondré salir entre semana.
—Listo, entonces nos vemos en la noche, te espero a las seis.
—¡Nos vemos!
Gustavo terminó de conversar con su amiga, dejó el teléfono al lado. Tardó varios minutos dándole vuelta al asunto en su cabeza.
—¿Qué es lo que me pasa?
Empezó a mover suavemente su cabeza de un lado a otro, como intentando relajar su cuello.
Había leído suficiente, había comprendido.
—Si comprendo todo esto… ¿Por qué sigo pensando en ello?
El sonido de la bocina del auto de atrás le hizo volver en sí. La fila se había movido y era su turno de entrar a la estación de lavado.
*******
El fin de semana pasó volando. Los primeros días de la semana siguiente también.
Gustavo continuaba disfrutando de enviarle mensajes de buenos días a Antonio. Cada mañana sentía una pequeña emoción al tomar su teléfono para iniciar una conversación.
Sin embargo, los titubeos continuaban apareciendo. A estas alturas, Gustavo decidió no prestarles atención. Se repetía una y otra vez.
—Yo lo comprendo bien. Todo está bien.
De hecho, cada vez que hablaba con Antonio, esas dudas parecían desaparecer. Antonio tenía ese extraño don para hipnotizarlo.
El jueves por la noche, Gustavo regresaba del gimnasio. Se sentía muy satisfecho; había logrado cumplir toda su rutina en un tiempo récord. Estaba de muy buen humor.
Recién subió al auto y recibió un mensaje de Antonio.
—Hola Gustavo, cuéntame… ¿vas a hacer algo el fin de semana? ¿Nos vemos?
Gustavo sonrió, pero de inmediato su rostro cambió.
—¡Diablos! —pensó. Recordó algo. Abrió la conversación con su amiga Laura y escribió.
—Hola, Lau… oye… ¿A qué hora llegan tus amigos el sábado?
Lo había olvidado por completo; se había comprometido con Laura para ayudarle con un par de amigos del extranjero que estarían de visita en el país.
La respuesta de Laura fue ágil.
—A las dos de la tarde… ¿Por qué?
Gustavo no le respondió, regresó a la conversación con Antonio y escribió.
—Hola, guapo, la tarde del sábado voy a estar ocupado. Unos amigos extranjeros de mi amiga Laura llegan de visita al país y ella quiere que yo la ayude como anfitrión.
Sintió cierto malestar en el estómago. Estaba pareciendo una falta de interés de su parte. Pensó durante unos segundos, entonces escribió.
—Pero te quería preguntar, el sábado en la mañana ¿Te gustaría ir a patinar?
Puso el teléfono a un lado.
—¡Que acepte! ¡Que acepte! —se repitió.
La pantalla se iluminó.
—Entiendo, no hay problema entonces. Claro que sí me gustaría ir a patinar, pero debo serte honesto, no sé patinar muy bien.
De inmediato respondió.
—Ja, ja, ja… No te preocupes. Será divertido. Yo te ayudo.
Sintió alivio y entusiasmo. Estaba feliz.