Laura
Gustavo y Laura decidieron verse en la tarde del martes. Visitaron una cafetería en las afueras de la ciudad.
—Necesito abrirme un perfil en Tinder —comentó Laura mientras llevaba a su boca un trozo de pastel de zanahoria.
Ella era alta y sumamente delgada; tenía un cabello rubio tan fino como hilos de seda.
Tenía la misma edad que Gustavo. Era una mujer de carácter fuerte e independiente.
Su fallido matrimonio y su divorcio hacía tan solo cuatro años le habían enseñado que, pese a las adversidades, la vida debía continuar.
—Me urge conocer también a un chico.
Gustavo carcajeó.
—Mañana nos vamos a volver a ver… —comentó Gustavo.
Eran las tres de la tarde y el clima estaba fresco.
Laura terminó de comer el trozo de pastel.
—¡En serio! Suena genial…. ¿Y qué planes tienen?
—Iremos a un restaurante de comida mexicana.
—Suena bien, amigo… ¡Hey! ¿Tienes una fotografía? No me lo has mostrado…
Gustavo sacó su teléfono del bolsillo, buscó la conversación con Antonio y abrió la foto del perfil.
—Este es él… —indicó.
Laura tomó el teléfono con sus manos, quería observarlo con detalle.
—¡Está muy guapo! Te felicito, amigo…
Le devolvió el teléfono a Gustavo.
—¿Y mañana mismo tendrán sexo? —preguntó con picardía.
Gustavo sonrió.
—No lo sé… la verdad, no quiero ir tan rápido. Me gustaría conocerlo un poco más…
Laura levantó las cejas sorprendida.
—¡Amigo! Estas son palabras mayores… ese chico de veras te gusta.
Gustavo carcajeó nuevamente. Sintió mariposas en el estómago.
Laura tenía razón.