GUSTAVO
Gustavo
Transcurría un domingo rutinario para Gustavo. Los fines de semana acostumbraba descansar del gimnasio. Era un hombre atlético.
Esa mañana se sentía un poco aburrido. La noche anterior había decidido quedarse en casa. Su cuerpo le había pedido a gritos un poco de descanso.
Se despertó tarde. Después de tomar un desayuno ligero se tumbó nuevamente en la cama. Tomó el teléfono y empezó a revisar las redes sociales.
Pero primero revisó el correo: un paciente le había cancelado su cita para el martes.
Sintió un ligero alivio al pensar que tendría un poco más de tiempo libre ese día.
Después ingresó a su Instagram, aceptó a un par de solicitudes de amistad.
El perfil de una de estas personas le llamó en particular la atención.
Abrió algunas fotografías.
—¡Qué guapo! —pensó.
Entonces escribió.
—Hola, Antonio. Soy Gustavo, pasaba solo para saludar.
Dejó el teléfono a un lado de la cama, permaneció con los ojos cerrados por un tiempo. Pocos minutos después su teléfono vibró.
—Hola, Gustavo, mucho gusto. ¿De dónde eres?
Gustavo dibujó una gran sonrisa. Se incorporó de la cama y se dirigió hacia la cocina, definitivamente era hora de otro buen café.
La conversación con Antonio se desarrolló durante toda la mañana.
Gustavo aprovechó un inesperado golpe de energía. Limpió la cocina y el baño. Alrededor del mediodía empezó a preparar el almuerzo; había decidido cocinar salmón, patatas y ensalada.
Cuando preparaba la ensalada, recibió un mensaje con una propuesta de Antonio.
—Oye… ¿tienes planes para la tarde? ¿Te gustaría ir por un café y conocernos en persona?
Se sintió emocionado, llevaba un par de meses sin salir con nadie. Hacía solo cinco meses que había terminado su relación de tres años.
Sin titubear respondió.
—¡Claro! Me parece genial. ¿Te parece a las tres de la tarde?
El encuentro
Gustavo era un hombre práctico. Los años en la universidad le habían enseñado a minimizar en todo lo posible las complicaciones de la vida cotidiana.
Un ejemplo de esto era su vestimenta. Para aquella tarde escogió usar una camiseta gris y unos jeans clásicos. A pesar de llevar prendas simples, su cuerpo de gimnasio le hacía lucir atractivo de todas formas.
Llegó unos minutos más temprano de lo acordado, se dirigió al área de cafeterías.
Al llegar tomó su teléfono.
—Ya estoy acá, te espero en el área de las cafeterías.
Guardó su teléfono nuevamente en su bolsillo. Empezó a ponerse un poco nervioso.
—¿Será que le gustaré?
Miró las escaleras.
—¿Será que me gustará?
Esperó de pie unos minutos. En cualquier momento Antonio aparecería.
Y apareció. Gustavo lo reconoció de inmediato cuando este bajaba por las escaleras. Era un hombre atractivo, vestía impecable. Gustavo distinguió cómo la camiseta estilo polo combinaba perfectamente con unos mocasines azules.
—¡Está guapo! —pensó.
De inmediato caminó hasta el pie de las escaleras. Antonio no se había percatado de su presencia.
—Hola, Antonio —exclamó Gustavo un poco nervioso.
Antonio le miró un poco sorprendido.
—Mucho gusto, Gustavo —contestó Antonio.
En seguida se acercó lo suficiente para abrazarle.
—¿Has probado alguna de estas cafeterías? —preguntó Antonio.
Gustavo intentó recordar los lugares que había visitado. Continuaba un poco nervioso.
—Sí, he visitado algunas veces esa de allá.
Recordó que esa en específico tenía un jardín hermoso.
Llegaron a la cafetería, se sentaron en un lugar agradable cerca del jardín.
—Creo que voy a ordenar una porción de pastel de arándanos —mencionó Antonio mientras observaba el menú.
—¡Me parece buena idea! —respondió Gustavo—. Voy a ordenar lo mismo.
Ambos sonrieron.
—Y entonces, cuéntame, ¿cómo es eso de ser odontólogo? —preguntó Antonio.
Los primeros minutos de conversación en la cafetería fueron importantes para los dos. Uno comenzó a sentirse con mayor seguridad y el otro empezó a descubrir que realmente sentía interés en el encuentro.
Hablaron durante un poco más de una hora, incluso cambiaron de locación. Gustavo sugirió caminar hacia un parque cercano. Antonio aceptó sin titubear.
Permanecieron sentados en el parque por horas.
—Ya es tarde, Gustavo —dijo Antonio en algún momento—. Mañana hay que trabajar y desafortunadamente no he preparado absolutamente nada.
Gustavo miró el reloj, ya era tarde, mañana también le esperaba un día bastante cargado.
—El tiempo vuela cuando uno está a gusto —respondió Gustavo—. Y bueno… creo que entonces esta sería la despedida por hoy.
Entonces se produjo uno de aquellos silencios incómodos que Gustavo tanto detestaba. Tomó valor y se acercó a Antonio, lo suficiente para besarle en los labios. Para alivio de Gustavo, Antonio correspondió al beso con la misma intensidad.
Unas ráfagas de viento balanceaban las ramas de los árboles sobre sus cabezas.
Dopamina
Gustavo llegó rápido a su apartamento, vivía a tan solo quince minutos del centro comercial. Sentía una emoción que se desbordaba. Ese beso lo dejó fascinado.
Abrió la puerta del apartamento, lo primero que hizo fue lanzarse al sofá. Tomó su teléfono.
—¡Amiga! Acabo de tener una cita con un chico… me encantó.
Envió el mensaje, era su mejor amiga Laura. Debía compartir semejante noticia con ella.
Se levantó para ir al baño. Cuando lavaba sus dientes su teléfono empezó a sonar, era una llamada de su amiga.
Gustavo se enjuagó rápidamente los dientes y contestó, puso el teléfono en altavoz.
—¡Hey! ¿Cómo así? Cuéntamelo todo…
Gustavo carcajeó mientras se lavaba la cara.
—Es un chico súper interesante, su forma de ser me atrapó.
Tomó la toalla y se secó.
—¿Y está guapo?
Gustavo volvió a carcajear.
—Sí, Laura, está muy guapo… espera… debo escribirle antes que sea tarde.
Tomó el teléfono, abrió la conversación con Antonio y escribió.
—Me encantó conocerte, buenas noches.
Cerró la conversación.
—¡Ahora sí!, cuéntame cada detalle —exclamó la amiga con voz enérgica.