Y entonces... ¿te quedas? Cine
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Cine

La fachada del edificio de apartamentos donde vivía Gustavo era bastante elegante. Una fuente con formas geométricas adornada con luces decoraba la entrada.

Antonio llegó cinco minutos antes de la hora. Ya podrán imaginarse sus nervios. Se miraba constantemente en el espejo retrovisor. Comprobaba por quinta vez que cada cabello estuviera en su lugar.

Ese día lucía genial, tras una hora decidiendo qué vestir, se decidió finalmente por una camisa estilo polo color verde olivo, un pantalón de tela claro y unos zapatos perfectamente combinados con la camisa.

—Ya estoy en la entrada —envió en un mensaje de voz.

Minutos después Gustavo salió del edificio a toda prisa.

—¡Hey! ¿Cómo estás? —preguntó mientras subía.

—¡Muy bien! Feliz de verte… —contestó Antonio entusiasmado.

Gustavo terminó de acomodarse en el asiento y ponerse el cinturón. Miró a Antonio a los ojos y de inmediato se inclinó para darle un beso ardiente.

—¡Wow! —exclamó Antonio un poco confuso, no se lo esperaba. Gustavo rio mientras volvía a ponerse cómodo en su asiento.

Antonio tardó un par de segundos en reaccionar, seguidamente encendió el auto.

Durante el trayecto hacia el centro comercial bromearon un poco sobre la película. Gustavo continuaba un poco incrédulo de que la trama tendría realmente un buen nivel de suspenso. Antonio en cambio, tenía la esperanza de que sería una buena película.

Al llegar, se dirigieron directamente al cine.

Habían planeado comprar algunos snacks para comer.

Antonio eligió unas palomitas de maíz saladas de tamaño grande y un refresco gaseoso.

Gustavo con un poco más de hambre se decidió por unas palomitas de maíz dulces, un hot dog y un refresco gaseoso gigante.

—Tienes un estómago grande —vaciló Antonio mientras caminaban a la sala del cine.

Gustavo soltó una carcajada mientras intentaba sostener con cuidado la bandeja con comida.

Antonio había elegido dos asientos de la quinta fila, justo en el medio. Se sentaron, se instalaron cómodamente y empezaron a comer un poco mientras la película iniciaba.

—¿No te gustan las palomitas de maíz dulces? —preguntó Gustavo mientras empezaba a dar un mordisco a su hot dog.

—La verdad sí me gustan, pero prefiero las saladas… —respondió Antonio.

Las luces terminaron de apagarse y el sonido estruendoso de la secuencia de apertura inundó la sala.

La primera media hora no resultó tan entretenida como esperaban, quizás el desarrollo de los personajes robó cierto protagonismo al suspenso.

Las palomitas saladas estaban exquisitas, Antonio comía sin descanso.

Durante uno de los momentos sin suspenso de la película, Antonio sintió cómo la pierna de Gustavo se acercó a la suya; quedaron juntas. Antonio no se movió, segundos después, Gustavo empezó a rozar suavemente su pierna haciendo pequeñas caricias. Antonio sintió ligeras cosquillas en el estómago.

La trama de la película no fue nada extraordinaria. Lo típico para este género: asesinos misteriosos ocultos en la oscuridad, escenas nocturnas cargadas de suspenso y personas huyendo por sus vidas.

Al finalizar, Antonio se limpió un poco su rostro con una servilleta y se acomodó los lentes. Las luces de la sala terminaron de encenderse.

—Debo felicitarte —comentó Gustavo mientras se incorporaba—. No ha sido la mejor película de suspenso que he visto, pero me gustó.

Antonio sonrió orgulloso. No alcanzó a responder, la presión de las personas que esperaban salir de la sala le sofocó.

Salieron del cine y caminaron hacia el estacionamiento. Durante el pequeño recorrido, continuaron hablando de la película.

Al llegar al auto, Gustavo se abalanzó sobre el asiento.

—¡Estoy exhausto! —exclamó mientras cerraba los ojos y recostaba la cabeza al respaldo.

—¿Te cansó la salida? —preguntó Antonio mientras encendía el auto.

—No, no… Es que hoy estuvo algo agotadora la jornada en la clínica.

—Comprendo —contestó Antonio.

El trayecto al apartamento de Gustavo estuvo silencioso. Gustavo mantuvo los ojos cerrados la mayor parte del tiempo. Antonio prefirió no molestarlo, le pareció que Gustavo quería solo reposar.

Al llegar a la entrada del edificio, Gustavo abrió los ojos y se incorporó.

—¡Wow!, qué rápido llegamos.

—Así es, no hubo mucho tráfico.

Gustavo se quitó el cinturón de seguridad.

—Muchas gracias por la salida de hoy, Antonio, realmente la disfruté.

Antonio dibujó una sonrisa.

—Yo me tengo que ir ya a descansar; mañana tengo un paciente temprano.

Se inclinó levemente hacia Antonio y le dio un beso fugaz.

—¡Buenas noches! —agregó mientras abría la puerta del auto.

—¡Buenas noches! —contestó Antonio desconcertado mientras lo veía marcharse.

Permaneció inmóvil unos segundos, intentaba comprender lo que acababa de ocurrir. Ya supondrán el remolino de emociones en su mente.

Sin embargo, no habló ni escribió, solamente condujo a casa. El camino se sintió eterno. Casi en automático aparcó el auto en su cochera. Esa noche soplaba un viento helado.

Lo primero que hizo al entrar al apartamento fue tumbarse en el sofá. Encendió el televisor, colocó su programa favorito de comedia, el volumen era apenas perceptible.

Tomó su teléfono, sin pensarlo mucho escribió.

—Hola, Gustavo. No quiero sonar como un loco, pero debo preguntarte algo… ¿fue mi impresión o esta noche, tu despedida estuvo rara? Seca, diría yo.

Ahora solo quedaba esperar. Esperar a que la pantalla se iluminara. Esperar aquella notificación que podía confirmar lo que llevaba días intentando no pensar.

Antonio miró nuevamente el teléfono, pero no había nada. Sintió los latidos golpeándole el pecho.

Instantes después una notificación encendió el teléfono.

Antonio leyó muy despacio.

—Hola, Antonio. Mira, te voy a ser honesto. He estado meditando un poco durante estos días; la verdad, no creo que pueda ofrecerte más que una amistad. Discúlpame, no fue mi intención crearte una ilusión.

Venía presintiéndolo, sabía que todas aquellas señales no eran el fruto de su imaginación.

A pesar de esto, estaba tranquilo. Una especie de calma le llenó, no era una calma de estar bien, era una serenidad extraña de comprobar finalmente lo que por días llevaba temiendo.

Respiró profundo y escribió.

—No te preocupes, agradezco que seas honesto. Yo sí estaba un poco ilusionado, pero comprendo que debe ser algo mutuo. De mi parte prefiero entonces retirarme, necesito recobrar mi equilibrio después de esto. ¡Buenas noches!

Ningún otro mensaje llegó aquella noche.