Curita
Una nueva semana iniciaba. Antonio arrancaba el lunes con un nuevo proyecto en su departamento. El estrés estuvo siempre a la orden del día. Siendo el responsable, debía monitorear absolutamente cada detalle.
Por otro lado, la interacción con Gustavo transcurría con normalidad.
El intercambio de mensajes era constante. Antonio ya estaba empezando a habituarse al hecho de despertarse por las mañanas y encontrarse con el mensaje de “Buenos días”.
Aun así, había algo que empezaba a corroer muy lentamente su tranquilidad.
Para el jueves por la tarde, en su mente las dudas empezaron a inquietarlo aún más.
—¿Debería yo proponerle una salida?
—¿Por qué no me ha invitado a salir?
No quiso dar tanta importancia al asunto. Además, una notificación para una reunión de trabajo se encargó de poner nuevamente su atención en el ajetreo de la semana.
Alrededor de las cinco de la tarde conversó un poco con Gustavo. Estuvieron hablando sobre lo aburridas que solían ser las reuniones virtuales en el trabajo. Gustavo se burlaba de Antonio, ya que, por la naturaleza de su trabajo como odontólogo, nunca tenía ese tipo de reuniones.
La tarde estaba llegando a su final.
Antonio conducía a casa, pero el tráfico era intenso. No era ninguna novedad. Mientras conducía, la inquietud que le generaba la poca iniciativa de Gustavo regresó a su mente.
—Ya es jueves noche… Al diablo esperar.
Aprovechó que el auto no se movía por el congestionamiento y tomó su teléfono.
—Hola Gustavo, cuéntame… ¿vas a hacer algo el fin de semana? ¿Nos vemos?
Envió el mensaje y colocó el teléfono en el asiento del pasajero. Se quedó mirando fijamente la placa del auto de adelante. Volvió en sí cuando llegó la notificación de respuesta.
—Hola, guapo. La tarde del sábado voy a estar ocupado. Unos amigos extranjeros de mi amiga Laura llegan de visita al país y ella quiere que yo la ayude como anfitrión.
Antonio se sintió extraño. Instantes después otro mensaje llegó.
—Pero te quería preguntar, el sábado en la mañana ¿Te gustaría ir a patinar?
Leyó el mensaje.
—Entiendo, no hay problema entonces. Claro que sí me gustaría ir a patinar, pero debo serte honesto, no sé patinar muy bien.
Puso el teléfono en el asiento. El auto de adelante empezó a moverse y debía hacerlo él también.
El teléfono volvió a vibrar.
Minutos después, los autos volvieron a detenerse.
Antonio tomó el teléfono.
—Ja, ja, ja… No te preocupes. Será divertido. Yo te ayudo.
Antonio sonrió ligeramente, de nuevo regresaba algo de tranquilidad.
*******
Las previsiones meteorológicas habían anunciado un sábado bastante nublado, sin embargo, el clima era maravilloso, el sol brillaba con fuerte resplandor en lo alto.
Antonio esperaba de pie en las afueras de un salón de patinaje. Vestía ropa deportiva: un buzo gris y una camiseta de color verde menta.
Tras varios minutos de espera, logró visualizar a Gustavo que se acercaba corriendo, su rostro esbozaba una sonrisa encantadora.
En aquel instante, Antonio olvidó todo pensamiento negativo.
—¡Hola! —exclamó Gustavo agitado.
Se le acercó y le dio un beso fugaz.
—¡Disculpa el atraso! El estacionamiento estaba repleto y tuve que esperar unos minutos para que alguien desocupara un espacio.
—No te preocupes —respondió Antonio alegre—. Solo estuve esperando unos pocos minutos.
—¡Genial! —exclamó Gustavo—. Y dime… ¿los pudiste conseguir?
La noche del jueves, cuando conversaban sobre los planes de patinar, Antonio se había percatado de un inconveniente: no tenía patines. Entonces, recordó a su compañera de trabajo Lucía. Desde hace muchos años le gustaba patinar. De inmediato la llamó y esta accedió a prestarle sus patines.
—Efectivamente los conseguí… —respondió Antonio no tan a gusto—. Mi compañera me los llevó ayer al trabajo. Pero creo que son un poco femeninos para mí.
—¡Perfecto! ¡Quiero verlos! —chilló Gustavo entusiasmado.
Con cierta resignación, Antonio bajó el bolso de su espalda, lo abrió y sacó un par de patines de color amarillo chillón. Tenían dibujadas dos estrellas rosadas en ambos lados.
Gustavo los observó durante unos segundos. Con mucho entusiasmo miró a Antonio.
—¡Te vas a ver súper guapo con ellos!
—¡No lo sé! —respondió Antonio agobiado—. He patinado pocas veces en mi vida. Probablemente vas a tener que llamar a una ambulancia al final de la mañana.
Gustavo soltó una carcajada.
—¡Vamos! Yo estaré tomándote de la mano todo el tiempo…
Ambos entraron al salón.
El lugar era medianamente grande. Por dentro estaba pintado de color azul claro con muchos espejos que rodeaban la pista. Había música electrónica a alto volumen.
Se colocaron los patines. Antonio descubrió que el gusto por el patinaje en Gustavo era bastante grande. Sus patines parecían profesionales.
—A la cuenta de tres… —dijo Gustavo mientras se ponía de pie, continuaba tomando fuertemente la mano de Antonio.
—Uno… dos… ¡Tres!
Instantes después, Antonio resbalaba y caía al piso sentado.
—Te lo dije, soy un inútil, ya puedes ir llamando a la ambulancia.
Gustavo comenzó a reír.
—¡Vamos! Tú puedes, sostén fuerte mi mano… despacio… ¡así es!
Ambos empezaron a moverse muy despacio.
—¿Cuánto tiempo te llevó para aprender a patinar como lo haces? —preguntó Antonio. Se sujetaba fuerte de la mano de Gustavo.
—Aproximadamente cinco años.
—¡Cinco años! Probablemente yo no pasaré de un día.
Gustavo volvió a carcajear.
—Me encanta que hayas querido acompañarme hoy —dijo Gustavo—. De nuevo te pido disculpas por solo poder pasar este rato juntos el fin de semana.
Antonio lo miró con ternura. De inmediato se desbalanceó y volvió a caer sentado sobre la pista. Como su mano aún sujetaba fuertemente la mano de Gustavo, este también cayó sentado a su lado; ambos carcajearon fuertemente.
—¡Anda! Quiero verte patinar… —exclamó Antonio mientras recuperaba el aliento. —Muéstrame tu talento.
—¡Muy bien! —respondió Gustavo incorporándose—. ¡Presta atención, guapo!
El hombre empezó a patinar sutilmente por la pista, en ocasiones maniobraba dando giros cortos, se movía en todas direcciones y aumentaba la velocidad conforme sentía el aire pasar acelerado sobre su rostro.
Antonio continuaba sentado en el suelo. Lo contemplaba con atención. En su cara se dibujaba una sonrisa imposible de ocultar.
Vacío y mariposas
Lamentablemente, la salida a patinar no iba a durar para siempre. Alrededor del mediodía Gustavo ya debía marcharse.
Mientras conducía de regreso a casa, Antonio comenzó a sentir nuevamente una sensación extraña, algo difícil de explicar, como si algo le estuviese faltando. Sin embargo, aquella sensación parecía diluirse en cuanto Gustavo le enviaba algún mensaje.
Para la tranquilidad de Antonio, los mensajes fueron constantes.
Sábado:
—Hola, espero que tengas una bonita tarde, 2:00 pm
—Hola, ya voy para el aeropuerto con mi amiga, saludos, 4:30 pm
—Buenas noches, Antonio, que descanses, 11:00 pm
Domingo:
—Buenos días, guapo. Hoy vamos a llevar a los amigos al museo, 8:00 am
—Mira, en el museo hay una exhibición de arte gótico, 1:00 pm
—¿Cómo va todo?, nosotros vamos a llevar a cenar a los amigos, 6:00 pm
Alrededor de las ocho de la noche, Antonio se dejó llevar por el instinto. Estaba sentado en el sofá viendo un capítulo de su serie favorita, pausó el televisor. Tomó el teléfono y escribió.
—Espero que todo vaya bien en la noche, ¡oye! Quiero preguntarte algo… ¿quieres ir al cine el miércoles?
Envió el mensaje. Volvió a colocar el teléfono sobre el sofá. Se quedó inerte contemplando la pantalla del televisor. Segundos después llegó la respuesta de Gustavo.
—¡Claro! Me encantaría, elige tú la película.
Se sentía como si una docena de mariposas revoloteara en su estómago. No prestó más atención al capítulo de la serie, ahora su concentración estaba en su teléfono, buscando películas en la cartelera del cine.
La rutina de los primeros días de la semana había sido idéntica a las semanas anteriores: la conversación cotidiana entre ambos continuaba siendo fluida y constante.
El principal tema de conversación del martes fue el cine.
Antonio propuso dos películas: una de suspenso y otra de drama.
Antes de decidir, conversaron sobre tantas películas del pasado.
Gustavo insistió en demostrar que “Titanic” era la mejor película de todos los tiempos.
Antonio por su parte no daba tregua; defendía que ese primer lugar sin duda alguna le correspondía a “La vida es bella”.
Al final, ninguno logró convencer al otro.
Lo que sí habían podido decidir fue la película que verían en el cine: la de suspenso.
Al llegar la noche, Antonio estaba tumbado en el sofá. Por su mente una idea se reveló, escribió un mensaje.
—Hey, antes de despedirme quería preguntarte algo. En la salida de la cena tú pasaste por mí. ¿Te gustaría que pase por ti para ir al cine mañana?
No tuvo que esperar demasiado por la respuesta.
—Creo que podría ser un poco complicado para ti, pero si no te molesta, claro que sí me gustaría.
Antonio leyó el mensaje.
Quizás fue por ser ya muy tarde de noche, quizás porque llevaba ya algún tiempo solo. O quizás, simplemente, porque es lo más normal del mundo; lo cierto es que aquella respuesta fue como si un banderazo verde hubiese autorizado a su cerebro a empezar a pensar en algo: sexo.
Finalmente llegó el miércoles, el día de la cuarta cita era una realidad.
Antonio lo tenía planeado todo en su mente: hoy sería la noche en donde tendría sexo con Gustavo.
No vamos a juzgarlo, era la cuarta cita, en su matemática sentimental tener sexo era algo que ya se había demorado.
Durante la mañana hablaron poco. Gustavo como de costumbre inició el día con el saludo de buenos días. Al mediodía, durante el periodo del almuerzo, la plática se tornó más amena.
—¿Listo para hoy? —preguntó Gustavo. Agregó un emoji de una cara feliz.
Antonio estaba sentado en su escritorio, aún no había salido a almorzar.
—¡Más que listo! Ya quiero verte… —contestó agregando dos emojis: una cara con lentes de sol y un corazón amarillo.
Sonreía feliz mientras colocaba el teléfono nuevamente en su escritorio. A los pocos minutos llegó la respuesta.
—¿Pasas por mí a las seis de la tarde?
—¡Claro, guapo! Nos vemos a las seis de la tarde…