Fin de semana
Los días posteriores transcurrieron con normalidad.
Su rutina diaria de conversación continuó siendo constante: alrededor de las seis de la mañana Gustavo daba los buenos días, a las diez de la mañana Antonio volvía a saludar.
En las tardes solían retomar la conversación cerca de las cuatro de la tarde y finalmente durante las noches la plática se extendía hasta un poco pasadas las diez de la noche.
El sábado en la mañana, Antonio estaba en la cocina lavando algunos platos. Sintió deseos de volver a ver a Gustavo. Cerró el grifo, se secó ligeramente las manos con una pequeña toalla y tomó su teléfono.
—¡Hola! ¿Tienes planes para hoy? Podríamos vernos —y agregó un emoji con una cara feliz.
Colocó el teléfono cerca y continuó lavando platos.
A los pocos minutos su teléfono vibró.
Nuevamente secó sus manos y tomó el teléfono.
—Hola, Antonio. Disculpa no puedo. Olvidé contarte que esta noche tenemos un juego de voleibol con mis amigos; ya lo teníamos planeado desde la semana pasada. ¡Lo siento!
Antonio sintió una pequeña punzada en el estómago. Algunas relaciones en el pasado le habían hecho aprender algo importante: ya sea que estuviera conociendo a alguien o que ya estuviera en una relación, no siempre podría estar con esa persona todo el tiempo. Todos merecen su tiempo y espacio.
—No te preocupes —contestó Antonio—. Ya tienes tus planes, no hay problema. Habrá bastante tiempo en el futuro. Espero que disfrutes tu juego de esta noche.
Colocó nuevamente el teléfono sobre la mesa y continuó en su tarea con los platos.
Alrededor de las siete de la noche, Antonio miraba un capítulo de su serie favorita: “Friends”. Había visto la serie completa unas cinco veces. Cada vez que concluía el último capítulo de la última temporada, reiniciaba en la temporada uno nuevamente.
A mitad del episodio, su teléfono vibró. Era un mensaje de Gustavo. Le había enviado una fotografía estilo selfie recién tomada. En la foto estaba él con varios de sus amigos en una cancha de voleibol.
Antonio sonrió ligeramente. Le causó gracia y le pareció un gesto bonito de su parte. Inmediatamente escribió.
—¡Arriba! Que gane el mejor ja, ja, ja
Colocó nuevamente el teléfono en el sofá y continuó viendo la televisión. La sonrisa en su rostro permaneció por un buen rato.
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El domingo por la mañana el sol decidió no tener piedad. A las siete de la mañana los rayos que ingresaban por la ventana abierta se proyectaban por la pared y provocaban una sensación térmica nada agradable en la habitación.
Antonio todavía se encontraba en medio de esa extraña transición entre el mundo de los dormidos y despiertos.
Tenía la costumbre de dejar por las noches su teléfono en la mesita pequeña junto a su cama.
El teléfono vibró.
Durante unos instantes, había olvidado por completo que estaba conociendo a Gustavo. Su mente aún esperaba dormir un poco más. Entonces recordó que Gustavo existía, inmediatamente estiró el brazo para tomar el teléfono.
Efectivamente era un mensaje de Gustavo.
—¡Buenos días! Espero que hayas dormido bien.
Antonio se frotó ligeramente los ojos. Como se le dificultaba un poco enfocar la vista correctamente, se puso los lentes y escribió.
—Hola Gustavo. Sí pude dormir bastante bien. ¿Cómo te fue con el voleibol?
Dejó el teléfono a un costado de la almohada. Sus ojos se volvieron a cerrar por unos segundos.
La vibración del teléfono lo hizo sobresaltarse.
—Todo estuvo súper bien, nos divertimos mucho. Llegué a casa alrededor de las nueve de la noche.
Antonio leyó el mensaje, mientras se le escapaba un fuerte bostezo.
Instantes después llegó otro mensaje.
—Hoy saldré con mi mejor amiga Laura. Te estaré escribiendo, guapo —y agregó un emoji de cara con lentes oscuros.
Antonio volvió a sentir aquella punzada en el estómago. No quiso darle demasiada importancia.
Decidió ponerse en pie rápidamente y empezar a prepararse un buen desayuno. Al fin y al cabo, era domingo y era uno de esos días en que tenía el suficiente tiempo para cocinar plácidamente sin preocuparse por mirar el reloj.
Gustavo cumplió su palabra. A lo largo del día continuaron intercambiando mensajes con frecuencia. Antonio logró mantener así la tranquilidad. Se repetía constantemente su mantra del día anterior: “Todos necesitan mantener su propio espacio”.
Y algo debía tener bastante claro, apenas tenían una semana de conocerse.