Y entonces... ¿te quedas? La segunda cita
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La segunda cita

Gustavo llegó puntualmente.

—¡Buenas noches! —saludó Antonio mientras abría la puerta del auto.

Dos pensamientos lo alcanzaron de golpe.

—¡Qué rico huele!

—¡Qué guapo está!

Subió al auto y comenzó a acomodarse en el asiento.

—¿Y no me saludas de beso? —preguntó Gustavo entre risas.

Antonio lo miró sorprendido.

Gustavo no se había percatado de que Antonio aún no había terminado ni de sentarse.

—¡Hey! Claro que sí —contestó Antonio entusiasmado.

Se inclinó ligeramente hacia él para finalmente darle un suave y coqueto beso.

Ambos sonrieron con picardía.

El trayecto al restaurante era corto; únicamente veinte minutos les tomó para llegar.

El restaurante contaba con un verdadero estilo mexicano.

Banderines de colores adornando cada pasillo y pinturas de hermosas catrinas colgaban y cubrían buena parte de las paredes.

La música no era una excepción, canciones de mariachis resonaban alegremente por todo el lugar.

El volumen era el justo para permitir entablar conversaciones sin ninguna dificultad.

Antonio ordenó un plato de tacos al pastor; Gustavo con un poco más de hambre ordenó un pozole y unas carnitas.

—Debo decirte. Tienes unos dientes muy bien cuidados —comentó Gustavo con seriedad.

Antonio sintió atragantarse con el trozo de taco que recién masticaba. Sus mejillas se tornaron color rojizo.

—¡Te chillaste! —rio Gustavo.

Antonio tomó un sorbo de agua; la risa casi le vence.

—Sabía que en algún momento me ibas a decir algún comentario sobre mis dientes…

Ambos degustaron los diferentes tipos de chiles del restaurante. Decidieron hacer una especie de apuesta para descubrir cuál de los dos podría aguantar el mayor picante. Gustavo perdió por mucho; Antonio logró probar el chile más picante de los que había en la mesa.

Algunos minutos más tarde, cuando ambos habían recuperado el gusto en sus lenguas, Gustavo aprovechó para hacer una pregunta un poco más seria.

—Cuéntame, ¿hace cuánto tiempo que estás soltero?

Antonio sintió un pequeño vacío en el estómago, no quería ser juzgado antes de tiempo.

—Quizás diez años o un poco más. No llevo la cuenta —respondió Antonio. Hizo un gran esfuerzo por mantener un tono de voz relajado.

Gustavo levantó levemente sus cejas.

—Es bastante tiempo para un hombre atractivo.

Antonio sonrió.

—Lo que pasa es que por un tiempo había decidido estar solo y conocerme a mí mismo… ya sabes… esos consejos que los psicólogos repiten sin parar.

—¿Y te funcionó?

—La verdad que sí. Ahora soy una persona que disfruta mucho de su propia compañía.

Antonio tomó un sorbo de agua.

—Eso es excelente —contestó Gustavo e hizo una pequeña pausa—. ¿Y ya estás dispuesto a conocer a alguien?

—Claro que sí… —exclamó Antonio—. De lo contrario no estaría acá sentado contigo en esta maravillosa noche.

En esta ocasión fue a Gustavo a quien se le tornaron rojas las mejillas. Antonio se percató al instante.

Ambos permanecieron en silencio por unos segundos, seguidamente, soltaron una carcajada al mismo tiempo.

Por aproximadamente tres horas, Antonio y Gustavo compartieron docenas de anécdotas.

Al salir del restaurante, continuaron haciendo algunas bromas sobre los chiles picantes que habían comido. Gustavo se valió del frío de la noche para acercarse sutilmente a Antonio. Empezaron a caminar con los hombros juntos uno al otro.

—¿Tienes frío? —preguntó Antonio.

Gustavo llevaba ambas manos guardadas en los bolsillos del pantalón.

—Solo un poco —contestó Gustavo con voz suave.

Antonio no lo pensó dos veces, extendió su brazo derecho y abrazó a Gustavo envolviéndolo por la espalda.

—¡Me encanta! —agregó Gustavo en tono alegre.

Continuaron caminando hasta llegar al auto. Gustavo no se dirigió hasta la puerta del conductor, prefirió permanecer al lado de Antonio durante unos segundos. Ambos quedaron frente a frente, escasos centímetros los separaban.

Ninguno decía nada. Se miraban a los ojos fijamente. Antonio dibujó una sonrisa de medio lado. Gustavo hizo exactamente lo mismo.

—Y entonces… —dijo Antonio rompiendo el silencio. Sin embargo, sus palabras fueron detenidas por los labios de Gustavo que chocaron con pasión sobre los suyos.

Ya no fue como en la primera cita. Había cosas diferentes en el segundo beso: más confianza, más deseo, más intensidad.

Los segundos no parecían acabarse, para ambos el tiempo se detuvo. Una ráfaga de viento fría les agitó. Antonio recobró levemente la noción. Separó ligeramente sus labios de los de Gustavo.

—Gracias por la cena —susurró—. La pasé fantástico.

Gustavo lo miró fijamente a los ojos y sin contestar media palabra le sonrió.