Y entonces... ¿te quedas? El encuentro
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El encuentro

Las horas previas al encuentro pasaron fugaces. Antonio dedicó buena parte de ese tiempo a decidir qué atuendo vestir. El gran dilema de la tarde fue escoger qué tipo de camisa le sentaba mejor.

Tan solo hacía un par de horas que Antonio ni siquiera sabía que Gustavo existía y ahora estaba frente a su clóset preguntándose qué demonios ponerse para conocerlo.

Debatió consigo mismo en varias ocasiones si usar una camiseta algo relajada, una camiseta estilo polo u optar por una camisa formal.

Finalmente, se decidió por la camiseta estilo polo; la azul con rayas grises.

Y bueno, para ser honestos, Antonio se veía muy bien.

De pantalón eligió unos jeans grises que hacían armonía con la camiseta. Los zapatos fueron lo más rápido de elegir. Sin duda alguna, los mocasines de tela azul claro.

Faltaba solo media hora para el encuentro. Antonio bajó rápidamente a la cochera y encendió el auto. Una notificación llegó a su teléfono.

—Ya voy saliendo para allá.

Antonio sonrió mientras leía. Escribió.

—Perfecto. Yo también voy saliendo, nos vemos pronto.

Durante todo el recorrido Antonio se la pasó cruzando los dedos e implorando al universo para que Gustavo no fuera un chico más del montón. Anhelaba que por primera vez en tanto tiempo pudiera hacer química con alguien.

La pantalla de su teléfono se iluminó.

—Ya llegué. Te espero en el área de las cafeterías.

Antonio llegó justo a tiempo. Habían acordado verse en un centro comercial. Tuvo que caminar por varios pasillos de tiendas hasta poder llegar a las escaleras eléctricas que conducían directamente al área de las cafeterías.

Cuando iba por la mitad del recorrido de las escaleras, empezó a dar un vistazo disimulado al lugar.

Su objetivo era intentar ubicar a Gustavo antes de que él lo hiciera primero.

Sin embargo, tampoco quería parecer una especie de radar escaneando cada persona; así que decidió disimular y concentrar su mirada en las escaleras.

Finalmente llegó al final de las escaleras. Caminó tres pasos y una voz particular lo saludó; una voz que había estado escuchando durante toda la mañana.

—Hola, Antonio.

Antonio levantó la mirada, ahí estaba Gustavo.

Su primer pensamiento en ese instante no fue el que anhelaba.

—Mmm… no me gustó. Creo que será otra pérdida de tiempo.

Hagamos una pausa en esta historia antes de juzgar a Antonio. Todos hemos escuchado una y otra vez que no se debe juzgar a un libro por su portada, aun así, todos lo hemos hecho. Quizás es la naturaleza humana.

—Mucho gusto, Gustavo.

Se acercaron y se dieron un abrazo fuerte. Antonio percibió un olor agradable en Gustavo.

—Qué bueno verte —contestó Gustavo.

—Pienso lo mismo —respondió Antonio un poco serio—. ¿Has probado alguna de estas cafeterías?

—Claro, he visitado varias veces aquella de allá —respondió mientras señalaba una de las cafeterías, la que tenía un pequeño jardín en el interior.

—Me parece genial, ¿te parece si vamos a esa?

—¡Perfecto! —respondió Gustavo.

Entraron a la cafetería. Eligieron sentarse en una mesa pequeña cerca del jardín.

—Y entonces, cuéntame, ¿cómo es eso de ser odontólogo? —preguntó Antonio mientras se quitaba los lentes y los colocaba sobre la mesa.

—Pues no es nada del otro mundo —respondió Gustavo sonriendo—. Concluí la carrera apenas hace dos años. Tuve que hacer un gran sacrificio para poder trabajar y estudiar al mismo tiempo durante años. Mi familia es de la costa y he tenido que ayudarles económicamente.

Durante esos primeros minutos de conversación, Antonio empezó a sentir cierta exaltación, una química inesperada comenzaba a activarse en su cuerpo.

Aquella indiferencia que había sentido durante el saludo de encuentro había desaparecido. Su rostro no lo podía disimular, dibujaba una sonrisa nada discreta.

—Un momento… —pensó—. ¿No que no me gustaba?

Instantes después la mesera llegó para anotar su orden. Ambos pidieron curiosamente lo mismo: un café negro sin azúcar y una porción de pastel de arándanos.

—¡Pues ahora me gusta! —pensó Antonio nuevamente.

Así continuaron por aproximadamente una hora. Tuvieron una conversación bastante agradable. Intercambiaron preguntas y se contaron algunas historias. Parecía que ambos la estaban pasando bien.

—¿Te gustaría ir a caminar? —preguntó Gustavo—. Hay un parque contiguo al centro comercial, es muy bonito.

—¡Claro! —contestó Antonio entusiasmado—. Es una buena idea.

Salieron de la cafetería y empezaron a caminar hacia el parque. Antonio se tocaba constantemente su reloj; hacía esto cada vez que estaba nervioso.

—¿Será que realmente le gusto? —pensó.

Entonces ahí estaba. Su primer pensamiento de inseguridad. Había aparecido sin llamarle; como el primer estornudo y picazón de nariz que nadie pidió pero que inevitablemente anunciaban un fuerte catarro.

Antonio intentó sacudírselo de la mente.

—Claro que le gusto… de lo contrario no me hubiese invitado a caminar…

Hizo una pausa mental.

—¡Contrólate Antonio!

Y continuó caminando.

Al llegar al parque, decidieron sentarse en una banca que estaba bajo la sombra de un frondoso árbol de olivo.

No había muchas personas en el lugar. Únicamente un par de niños que jugaban a unos metros de distancia y sus madres, que estaban sentadas al otro extremo del parque, parecían muy distraídas en su conversación.

Antonio y Gustavo continuaron con su conversación. Entre preguntas, respuestas y anécdotas, la tarde se les hizo corta.

En algún momento, una ráfaga de viento movió las ramas del olivo sobre sus cabezas.

Antonio levantó la mirada por unos segundos y después volvió a fijarla en Gustavo, que continuaba hablando.

Para ese entonces Antonio había dejado de lado las inseguridades.

Simplemente estaba disfrutando de estar ahí.

El grito de una de las madres llamando a los niños que jugaban aún con bastante energía hizo que Antonio decidiera sutilmente revisar la hora, descubriendo que la tarde estaba a punto de terminar.

—Ya es tarde, Gustavo —dijo Antonio con pesar—. Mañana hay que trabajar y desafortunadamente no he preparado absolutamente nada.

—El tiempo vuela cuando uno está a gusto —respondió Gustavo—. Y bueno… creo que entonces esta sería la despedida por hoy.

Antonio comenzó a sentirse ligeramente nervioso.

—¿Me despido con un saludo de manos?

—¿Lo abrazo?

—¿Después qué?

No tuvo mayor tiempo de seguir cuestionándose cómo despedirse. Segundos después, Gustavo se acercó sin previo aviso. Antonio apenas alcanzó a comprender lo que estaba sucediendo cuando sintió los labios de Gustavo sobre los suyos.

Por un instante quedó sorprendido, pero inmediatamente cerró los ojos y le correspondió.

Ya no había preguntas. Ni aplicaciones de citas. Ni fotografías de Instagram. Solo aquel beso bajo la sombra del olivo y el cielo tiñéndose de naranja.

Dopamina

Antonio condujo a casa sintiendo como si condujera una nave espacial. Como si su auto se deslizara entre las nubes. Una fuerte dosis de adrenalina y dopamina recorría cada tejido de su cuerpo.

En todas sus citas anteriores, habían aparecido muchas banderas rojas, señales de camino equivocado por todas partes. Ahora no, con Gustavo las cosas parecían ser diferentes desde el principio.

Llegó a su casa y empezó a preparar las cosas para el día siguiente. Se sentía tan alegre que incluso puso un poco de música movida para matizar el buen humor que le supuraba por los poros.

Su teléfono vibró con una notificación.

—Me encantó conocerte, buenas noches.

Dibujó una gran sonrisa y respondió.

—A mí también me encantó conocerte, Gustavo. Nos hablamos mañana, buenas noches.

Colocó el teléfono sobre una mesa y continuó preparando su almuerzo para el día siguiente. También debía preparar su ropa para el trabajo, pero por primera vez en mucho tiempo, no tuvo mente para decidir qué tipo de camisa combinaría. En realidad, no le importaba.

Los días siguientes

Fue un lunes diferente; la monotonía cotidiana del trabajo se vio opacada por la dopamina incesante del vaivén de decenas de mensajes durante el día.

—Buenos días, espero que pases un día agradable.

—Saludos, ¿cómo va la mañana?

—Tengo un paciente nuevo a las 10:00 am, espero que sea algo interesante.

—Provecho a tu almuerzo.

Antonio respondía cada uno de los mensajes con bastante entusiasmo. Fue alrededor de las tres de la tarde, a pocos minutos de terminar la jornada de trabajo, que Antonio decidió probar suerte y escribió un mensaje.

—¿Y cuándo nos volvemos a ver?

Colocó el teléfono nuevamente sobre el escritorio y empezó a cerrar los archivos abiertos en su computadora. Sintió un poco de nervios ya que no quería parecer muy intenso.

Hagamos otra pausa. Es curioso, ¿desde cuándo empezamos a percibir la intensidad como una cualidad negativa en una persona?

Escribirle a alguien cuando sientes las ganas de hacerlo, responder a un mensaje sin contar como un tonto los minutos para no parecer muy rápido, demostrar tus sentimientos sin tener que disfrazarlos. ¿Eso es intensidad?

El teléfono vibró con una notificación:

—¡Claro! ¿Puedes el miércoles?

Su corazón se aceleró. Desde ya iniciaba la aventura de planear una segunda cita.

Segundos después, una sombra oscura arremetió con fuerza en su mente. Un fantasma hostil que solía ocultarse entre sus pensamientos para aprovechar y salir a la luz en los momentos más especiales.

—Se acerca el momento de hablarle de mi condición —pensó un poco desanimado.

Antonio no sentía ninguna vergüenza de vivir con VIH. Desde hacía mucho tiempo había aprendido a convivir con aquella realidad. Sabía quién era, conocía su tratamiento y sabía lo que significaba mantener una carga viral indetectable.

A veces, el problema era tener que contárselo a alguien más.

Antonio respiró profundamente.

—¡Aún no! No me voy a estresar pensando en eso. No hasta después de la segunda salida, será un asunto para mi yo del futuro —pensó, y continuó guardando sus cosas en su maletín.

*******

La mañana del martes transcurría con el mismo ritmo del día anterior, la emoción y la carga de dopamina de los mensajes constantes continuaban a flor de piel.

—¿Y dónde vamos mañana? —preguntó Gustavo alrededor de las once y treinta de la mañana.

Antonio estaba a punto de salir a almorzar. Su estómago rugía con fuerza.

—¿Qué te parece si vamos a cenar? ¿Te gusta la comida mexicana? Conozco un lugar muy bueno, preparan unos tacos exquisitos.

Con el hambre que sentía en esos momentos, imaginarse comiendo tacos acompañado de Gustavo le hizo sonreír mirando la pantalla como un tonto.

Segundos después la pantalla del teléfono se encendió.

—Me parece genial. ¿Quieres que pase por ti?

Antonio miró la respuesta.

—¡Excelente! —respondió.

Durante el almuerzo, le costó concentrarse en cualquier otra cosa que no fuera la cita del día siguiente.

*******

Finalmente llegó el miércoles.

Antonio estaba de pie fuera de su casa, esperando a que Gustavo pasara por él. Habían acordado a las siete de la noche. Faltaban cinco minutos para la hora.

Antonio revisó su teléfono para cerciorarse de que no hubiese algún mensaje inesperado. Volvió a guardarlo al ver que no había nada.

Se sentía más nervioso que durante la primera cita.

Bastante curioso, hacía solo tres días atrás que su vida transcurría con normalidad. Aquella noche, en cambio, estaba afuera de su casa con el corazón en la mano y lleno de expectativas.