La notificación
Era la mañana de un domingo rutinario; el aroma del café recién preparado impregnaba la casa de Antonio.
Los domingos significaban, por lo general, únicamente dos cosas en su agenda: ir al gimnasio por la mañana e ir por un café por la tarde.
De vez en cuando hacía planes más elaborados con sus amigos; sin embargo, en la medida de lo posible lograba escabullirse sigilosamente y aparentar que no estaba disponible.
Después de desayunar, Antonio sacudió y limpió un poco la cocina. Se distrajo varios minutos viendo algunos videos en TikTok. Cuando se percató, había pasado media hora consumido en el teléfono. Se puso de pie de golpe y, a toda prisa, se preparó para ir al gimnasio.
Bajó hasta la cochera, subió a su auto y verificó que llevara consigo todo lo que necesitaba.
Como la entrada a su departamento era algo estrecha, debía conducir aproximadamente cincuenta metros en reversa para lograr salir a la calle principal. Hacer dicha maniobra era algo tan repetitivo para él, que ya la hacía casi instintivamente.
Cuando iba por la mitad de su recorrido en reversa, una notificación en su celular le hizo perder levemente la concentración. Miró rápidamente la pantalla, terminó de sacar el auto a la calle principal y se estacionó a un lado de la calle. De inmediato tomó el celular para abrir la notificación.
—Hola, Antonio. Soy Gustavo, pasaba solo para saludar.
Antonio frunció el ceño y sonrió.
—No, no, no… —pensó Antonio—. Ningún “pasaba solo para saludar”; ahora usted se queda hablando conmigo.
Entonces escribió.
—Hola, Gustavo, mucho gusto. ¿De dónde eres?
La respuesta no tardó demasiado en llegar.
—Mucho gusto, Antonio. Soy de San Juan, ¿y tú?
—¡Vive cerca! —pensó Antonio de inmediato y volvió a escribir.
—Yo soy del centro de la ciudad, creo que vivimos como a treinta minutos de distancia.
Sin dar tiempo para esperar a la respuesta, Antonio ingresó en el perfil de Gustavo. Empezó a dar una ojeada rápida a todas las fotografías publicadas de su perfil.
Es bastante curioso que en tiempos modernos los perfiles de las redes sociales se convierten en una especie de catálogo donde prácticamente te presentas a la sociedad: paseos con amigos, cenas, poses de ejercicio; todo meticulosamente calculado para mostrar nuestro mejor ángulo.
Pero no vamos a juzgar a Antonio, prácticamente todos lo hemos hecho alguna vez.
Terminó de husmear en las fotos. Lo que había visto le parecía interesante. Gustavo era un hombre de tez morena, cabello corto y una barba un poco más larga que la suya. Parecía entrenar en el gimnasio, tenía un bonito cuerpo atlético.
Una nueva notificación apareció en su pantalla.
—¡Genial! Vivimos cerca. ¿A qué te dedicas? Yo soy odontólogo.
Antonio se sorprendió un poco. Continuó escribiendo.
—¡Vaya! Odontólogo. Yo soy administrador y trabajo en una oficina de contabilidad. Sabes, nunca he conocido de esta forma a un odontólogo, ¿será que analizarás mi sonrisa?
Envió el mensaje y empezó a conducir al gimnasio. Trató de llegar lo más rápido posible. No acostumbraba a enviar mensajes mientras conducía.
Logró llegar en cuestión de pocos minutos. Estacionó su auto y tomó el teléfono nuevamente.
—Ja, ja, ja claro que no —respondió Gustavo—. No es algo que haga de manera automática, por supuesto, hay sonrisas que deslumbran.
Antonio dibujó en su rostro una sonrisa absurda por unos segundos.
Continuaron mensajeándose durante toda la mañana. Antonio introdujo perspicazmente algunos mensajes de audio; quería escuchar cómo sonaba la voz de Gustavo.
No les contaré con detalle todo lo que hablaron durante esas primeras dos horas de conversación.
Ya ustedes podrán imaginarlo, lo cotidiano cuando dos personas se empiezan a conocer: ¿qué te gusta hacer?
¿Qué comida te gusta? ¿Con quién vives? ¿Haces ejercicio?
Incluso de gustos y preferencias sexuales.
Lo importante fue que habían coincidido perfectamente en sus gustos.
Alrededor del mediodía, Antonio lanzó una pregunta osada.
—Oye… ¿tienes planes para la tarde? ¿Te gustaría ir por un café y conocernos en persona?
Envió el mensaje. Esperar la respuesta le resultó un poco incómodo. Ya estaba acostumbrado a respuestas apáticas comunes como: “no puedo”, “quizás la próxima semana”, “ahí vemos”.
La pantalla se iluminó.
—¡Claro! Me parece genial. ¿Te parece a las tres de la tarde?
Esa era justamente la actitud que Antonio esperaba. Al leer la respuesta sintió una carga de energía, de inmediato se le dibujó una gran sonrisa.
Habían pasado solo tres horas después del primer saludo. Y a las tres de la tarde ya iban a conocerse.