Antonio
Para iniciar nuestra historia, les voy a presentar a Antonio.
Es un hombre de cuarenta y un años, de estatura promedio y delgado.
Los primeros meses en el gimnasio ya empezaban a notarse.
Tiene el cabello corto y una barba de unos cuatro días.
Debido a la miopía usaba lentes. Los colegas en el trabajo siempre elogiaban su manera de vestir.
Le gustaba cuidar cada mínimo detalle de su vestimenta.
Antonio era un hombre profesional que se dedicaba a la administración. Los idiomas le apasionaban, en especial el italiano.
Pero no vamos a hablar de su currículo. Para esta historia, nos vamos a interesar más en su vida sentimental.
Durante muchos años, había vivido sin una pareja.
Tuvo su último novio a los treinta años.
Desafortunadamente para él, todas sus relaciones habían terminado convirtiéndose en historias frustradas sin finales felices.
Años atrás, su vida había dado un giro inesperado. Un diagnóstico médico llegó para cambiar su historia. A sus treinta y cuatro años había empezado a vivir con VIH.
Sin embargo, esta condición nunca representó para él una fuente de depresión. Desde el primer día lo afrontó con optimismo. A pocos meses de haber iniciado su tratamiento ya había logrado alcanzar una carga viral indetectable y se había mantenido así hasta el presente.
Pero no todo había sido malo. Gracias a dicho acontecimiento, Antonio logró tomar cierto control en su vida.
Había empezado a comer saludable, hacía ejercicio regularmente, asistía a terapia y, lo más importante, aprendió a disfrutar de la vida con su propia compañía.
Antonio había desarrollado ese gusto exquisito, pero no tan común, de pasar tiempo a solas.
Le encantaba salir a tomar café; conocer nuevas cafeterías era uno de sus pasatiempos.
A lo mejor se preguntarán: ¿Por qué un hombre de esa edad ha pasado tanto tiempo sin pareja?
Antonio había cerrado cualquier posibilidad de conocer personas durante muchos años.
Se había convertido en una especie de escudo protector.
Sin embargo, después de tanto tiempo, tras años de dedicarse a conocerse a sí mismo, finalmente había decidido levantar aquella barrera que había construido.
Antonio decidió entonces regresar a ese extraño, confuso y nebuloso mundo de conocer personas.
Ya podrán imaginárselo, las aplicaciones de citas predominaban en su teléfono. Tuvo que darse a la tarea de redescubrir cómo funcionaba aquel particular mundo de las citas por internet, los códigos comunes de Instagram, los matches en Tinder.
Después de algunos meses, únicamente logró pasar de la etapa de intercambio de mensajes con un par de hombres. Lamentablemente, no surgió nada serio de estos intentos.
El primer intento fue con un hombre de treinta y cinco años que, para su mala fortuna, resultó tener la madurez de un chico de veinte.
El otro intento fallido había sido con un hombre de su misma edad.
Sin embargo, a pesar de que sí había cosas en común y que la madurez no fue un problema, hubo varios aspectos de compatibilidad y gustos que hicieron que Antonio perdiera el interés.
Y entonces así, hemos llegado al inicio de nuestra historia.
Mientras su mundo de cacería se desarrollaba, Antonio también continuaba con su vida cotidiana: el trabajo, el gimnasio, los amigos y alguna que otra salida en solitario.
No lo sabía todavía, pero entre todas aquellas notificaciones y conversaciones con extraños, estaba a punto de aparecer una que sería diferente.