Capítulo 11 #4
La miré al escucharla verbalizar aquella idea que llevaba todo el día martilleándome la cabeza.
Asentí fingiendo una breve sonrisa antes de agachar la mirada.
La incertidumbre por culpa del alcohol que atontaba mi cabeza, empezaba a creer en la idea de que quizás, sí pudo haberse sentido confundida.
Todas sus exigencias para que no nos vieran juntos.
Sus reclamos cuando me apetecía abrazarla frente a su familia.
Todas las veces que tuve que entrar a escondidas como si fuera un ladrón.
Sabía cómo iba a acabar y aun así seguía sin poder explicármelo porque yo sí la quería de verdad.
Realmente me había creído que su poco amor constante era de verdad.
—Yo habría elegido sanar las heridas contigo —confesó con una sonrisa.
—No puedes obligar a nadie a que te quiera… —dije autoconvenciéndome—. Y… La gente nunca actúa como imaginamos. Se supone que el amor debe ser libre… Si obligas a alguien que te elija o que se quede, no es amor…
No sabía si era el vino, pero no podía dejar de reflexionar en alto. Me quedé en silencio pensando en mis palabras antes de girarme para mirar a Laura tras el silencio que se había hecho entre los dos.
—Dios, qué intenso… —dije quitándole hierro a mis palabras con una leve sonrisa—. Creo que debería dejar de beber…
El sonido de la sonrisa de Laura me hizo volver a mirarla bajo las tenues luces del jardín. Me incliné hacia delante para alejar mi copa.
—Es bonito ver que un hombre piensa así… Esa lealtad, es difícil de ver hoy en día…
—Ya… —Inhalé lentamente desviando la mirada.
—Además, creía que vosotros solo pensabais en tetas, coches, futbol y en tetas otra vez.
—Eso es porque no me he bebido un ron cola, ahí sí sale el cavernícola que todo hombre lleva dentro —bromeé cruzando los brazos sobre mi pecho.
—Me dejas más tranquila, estaba recobrando la fe en tu género…
Ambos nos reímos mirando cada quién a un lado, quedándonos varios segundos en silencio.
—Ojalá alguna vez encuentre alguien que me quiera así de esa manera…
—Seguro que sí —respondí de inmediato mirándola—. Eres inteligente, divertida… Con un humor un poco roto, pero es parte de tu encanto. —Ambos nos reímos de aquello—. Por no hablar de las piernas tan largas que tienes…
Ambos nos reímos aguantándonos la mirada.
Posiblemente fuera el despecho mezclado con el alcohol, lo que había hecho que no me incomodara su manera de mirarme, ni su forma de acariciar mi brazo agradeciéndome aquellas palabras.
Los labios de ella se humedecieron mientras tenía la sensación de que la distancia entre ambos se iba acortando.
Sentí su respiración cerca de mis labios antes de notar el tacto de sus labios sobre los míos al besarme.
Sus labios eran suaves, sedosos y cálidos.
Involuntariamente le devolví el beso. Mi cabeza estaba anestesiada por el alcohol, por lo que lo único que mandaba ahora mismo en mí, era el resentimiento y el despecho.
Quería sentir que le gustaba a alguien para tratar de aliviar el dolor de las heridas que Isabella me había dejado.
Sus labios me besaban con deseo. Sentía cómo su cuerpo reaccionaba al tacto de mi boca sobre la suya demandando más.
Pero por más que apretaba los ojos queriendo borrar cualquier comparación, mi cabeza me recordaba que sus labios no eran los de Isabella.
No sabían ni me hacían sentir igual. Sus manos acariciando mi cara no me hacían sentir lo que Isa me hacía sentir con solo rozar nuestras manos.
Y a pesar de oler de maravilla, no era el olor de Isabella.
Mi sistema nervioso no era capaz de comprender que aquello no era serle infiel a Isabella, pero se sentía como si las pocas oportunidades que podía tener con ella estaban desapareciendo por culpa de aquel beso.
Paré aquel beso antes de cruzar una línea de la cual podría arrepentirme mañana, obligándome a respirar profundo para procesar aquel momento de debilidad.
—Lo siento… —se disculpó en voz baja, aún entrecortada apartando sus manos lentamente de mi cara.
—No, discúlpame tú a mí… —me disculpé también limpiando mis labios con mis dedos.
Vi cómo su cuerpo se incomodaba. Sus manos frotaron su rostro brevemente antes de dedicarme una leve sonrisa nerviosa antes de beberse el resto de su copa de un sorbo.
Suspiré procesando lo que acababa de pasar y recordándome por qué había dejado de beber.
Apreté mis labios buscando volver a mirar a Laura para tratar de salir ambos con algo de dignidad de esto.
—Lo siento, de verdad… Me gustas muchísimo, pero…
—Lo entiendo, fue mi culpa.
—Es que no puedo hacerte lo mismo que me han hecho a mí —le expliqué observando cómo humedecía sus labios—. Y.… sé que podría arrepentirme de esto.
— Claro… lo entiendo.
Sus ojos avergonzados evitaban mirarme mientras asentía entendiendo mis palabras. Entendí que era momento de irme antes de hacerla sentir peor.
—Creo que… debería irme… —dije en voz baja antes de levantarme del sofá—.
Gracias por el vino… —Su cabeza volvía a asentir en silencio antes de girarme para caminar hacia la salida.
Resoplé pasando mis manos sobre mi cabello desesperado.
No sé si Laura era la vía de escape que la vida me había puesto para olvidar a Isa, pero estaba viejo para jugar a eso de un clavo saca a otro.
Yo no quería conocer a nadie más. Mi búsqueda había terminó en el momento en el que Isa me besó la primera vez en mi piso. La elegiría siempre por encima de cualquiera. Podría acostarme con todas las que quisiera, pero ninguna ocuparía el hueco que había dejado.
Sentía cómo los coches pasaban a toda velocidad a mi lado mientras caminaba hasta la parada de taxi que había a la entrada de la Moraleja.
Andar me venía bien en primer lugar, para que el vino bajara de una vez y dejar de hacer estupideces en su nombre y dos, no me apetecía llegar a mi casa.
Sabía que, al meterme en la cama, su olor iba a seguir ahí después de haber compartido tantos momentos con ella.
Me había aprendido todos sus deseos indeseables y eso era algo que sabía que iba a dolerme olvidar.
Al llegar al último cruce antes de la parada, dejé a mi izquierda el stop que me salté el día que tuve el accidente.
Aquel cruce que tantas veces había subido para ir a casa de Isabella.
Humedecí mis labios esperando que el único semáforo que había se pusiera en verde para poder cruzar.
Estaba tan absorto en mis pensamientos que ni siquiera me di cuenta de que el semáforo había cambiado.
El claxon de un coche me avisó de que podía pasar.
Le agradecí extendiendo mi mano antes de cruzar.
Parece que al menos la suerte me sonrió al aparecer un taxi nada más llegar a la parada, evitándome pasar un segundo más allí en territorio peligroso.
Al llegar al piso solté las llaves con desgana sobre la barra antes de dejarme caer sobre el sofá agotado.
Me sentía agotado mentalmente, a pesar de todos los kilómetros que me había hecho, solo sentía un profundo cansancio mental.
Antes de acomodarme en el sofá, mi móvil empezó a sonar dentro de uno de los bolsillos de mi pantalón.
Resoplé molesto sacando él teléfono. Colgué la llamada al ver que se trataba de Agustín otra vez, dejando caer el teléfono sobre el sofá.
Volvió a sonar, viendo de nuevo su nombre en la pantalla.
Colgué una segunda vez dándole la oportunidad de llamarme una tercera.
Resoplé ante tanta insistencia. Sonaba una y otra vez, así que tras colgar varias veces terminé respondiendo, incorporándome.
—¿Sabes lo que significa que alguien no te coja el teléfono?
—Dime que mi Isabella está contigo.
—¿Qué? —respondí levantándome del sofá—. No.
—Me cago en la puta…
—Si es una broma no tiene ni puta gracia
—¿No ha ido a tu casa? —preguntó preocupado.
—No… —dudé—. No lo sé, he estado fuera toda la tarde.
Me levanté, acercándome a toda velocidad a por mis llaves mientras escuchaba a Agustín maldecir al otro lado del teléfono.
—¿Desde cuándo no sabes dónde está tu hermana? —le recriminé.
—Desde que me dejaste tirado en el restaurante —me devolvió el reclamo—. Al volver Yaris me dijo que aún no había regresado.
—Joder, Gus, eso fue en la mañana….
—¿Por qué mierda crees que llevo todo el día llamándote? Cara mondá…
—¿Dónde estás? —pregunté guardando las llaves en el bolsillo.
—En su casa.
Antes de que pudiera responder, el timbre de mi casa sonó. Recé a lo que fuese que había allí arriba o abajo para que fuese Isabella.
—Espera un segundo… —dije acercándome a la puerta—. Acaban de tocar mi puerta
—Por dios que sea ella —suplicó en voz baja.
Sin retirar el teléfono de la oreja, miré por la mirilla notando cómo mi alma volvía al cuerpo al comprobar que era Isabella la que estaba al otro lado de la puerta. Sonreí alejándome de la mirilla. A pesar de no amarme, era completamente de ella. Estaba hecho para ella.
—Está aquí —dije aliviado sin poder evitar la sonrisa.
—La madre que me ha parío —resopló molesto—. Gracias.
—Nada, luego hablamos —dije despidiéndome antes de colgar.
Respiré profundamente dejando el teléfono sobre la barra antes de acercarme de nuevo a la puerta. Podía notar cómo mi garganta se resecaba al saber que estaba al otro lado mientras mi corazón latía casi taquicárdico al abrir, contemplando de nuevo esos ojos marrones mirarme llenos de angustia.
—¿Se puede saber dónde estabas? —le reclamé viendo cómo pasaba al interior nada más abrir—.
Tu hermano acaba de llamarme preocupado porque no sabía nada de ti desde esta mañana…
—Isabella resopló dejando caer su bolso sobre el sofá, antes de entrelazar sus manos nerviosas.
Sus labios se humedecieron con el mismo nervio que recorría su cuerpo—.
¿Estás bien? —pregunté preocupado al verla inquieta—. ¿Te ha pasado algo?