Y en el medio, tú: 1 Capítulo 11 #3
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Capítulo 11 #3

Una vez terminó la conversación, le dio una poca de más de voz para escuchar el resto de aquella canción.

Al llegar a casa de Laura, le agradecí al conductor por el viaje antes de bajar del coche.

Me quedé inmóvil frente a la puerta, dudando sobre si realmente aquello era buena idea.

Solté todo el aire para poder volver a respirar mientras pulsaba el timbre de aquella enorme casa.

Acomodé mi camisa antes de ver cómo la puerta automática se abría.

Estaba tan acostumbrado a entrar por la entrada de atrás en casa de Isabella, que se me hacía raro caminar con tanta normalidad hasta la puerta principal.

Antes de llegar, Laura abrió la puerta con una amplia sonrisa en sus labios al verme.

Llevaba unos pantalones cortos que me hacían entender por qué le decían «piernas largas» y una camiseta básica blanca.

—¡Qué guapo! —exclamó sin borrar la sonrisa antes de saludarnos con dos besos en la mejilla—. De saber que vendrías tan arreglado me habría puesto algo más… «acorde».

—Estás guapa, no te preocupes… —dije con una leve sonrisa.

—Como te manches con el vino, no pienso pagarte la tintorería —bromeó antes de hacerme una señal para que pasara.

Le devolví la señal para pasar tras ella.

Laura me agradeció el gesto con una breve caricia en el brazo antes de entrar.

El recibidor de aquella casa era impresionante.

Era un habitáculo todo abierto con buena decoración, sin exceso de paredes y las que había tenían un tono gris claro que resaltaba con el blanco de los muebles.

Laura me enseñó la casa antes de pasar, cómo no, a otro enorme jardín con sillones estilo ibicencos y una mesa de cristal donde nos esperaba un aperitivo y dos copas.

Inhalé lentamente observando aquel jardín, recordando las veces que Isabella y yo habíamos visto pasar el tiempo en su inmenso jardín.

Laura se sentó en el sofá sobre una de sus piernas.

Yo preferí sentarme en uno de los sillones que había a su lado.

—Tienes una casa preciosa —dije observando aquel enorme jardín con algún que otro olivo y jazmines.

—Esta era la parte preferida de mi padre —dijo con una triste sonrisa al recordarlo mientras trataba de abrir la botella de vino.

Me incliné hacia ella pidiéndole la botella con un leve gesto con la mano para abrirla y servirle en su copa.

—¿Cómo lo llevas? —pregunté girando el sacacorchos para poder abrirla.

—Tenías razón, es por días… Todavía no he tenido un día bueno, pero… —Alzó sus hombros acercándome las copas al ver que había abierto la botella.

—Es normal, ha pasado poco tiempo. —Serví aquel vino sobre las dos copas antes de agarrar la mía—. Yo aún tengo momentos en los que pensar en ellos me duele como si acabara de pasar…

—¿Qué es lo que más echas de menos?

Inhalé pensando con detenimiento.

—Su olor quizás… Por más que trato de recordarlo, no logro acordarme del perfume de mi madre… o el olor de mi padre al encenderse su puro.

—Yo el sonido de su risa. —Ambos nos miramos varios segundos llenos de recuerdos. Laura alzó su copa en silencio para brindar ambos por aquellos tristes recuerdos.

—¿Y tu madre? ¿Cómo lo lleva?

Laura respiró hondo alzando sus hombros antes de esconder sus dedos dentro de su cabello para retocar el moño que tenía recogiendo su cabello.

—Mejor de lo que esperaba… —dijo extrañada—. Y si no es así, deberían darle un Oscar por fingir así de bien. —Ambos sonreímos antes de darle un sorbo a nuestras copas—. ¿Y tú?

—Yo qué. —La miré dejando mi copa sobre la mesa.

—¿Cómo estás? —preguntó agarrando una cuña de queso—. No voy a preguntarte por cómo llevas que mi padre se haya muerto, ¿no?

—Cualquier cosa me esperaría de ti —dije burlándome, viendo cómo sonreía mientras masticaba aquella cuña de queso.

—Qué imbécil eres… —susurró sonriente limpiando sus labios de los restos de queso.

Sonreí respirando profundamente mientras le echaba otro vistazo a aquel jardín—.

Sigues mal por la chica esa, ¿verdad? —preguntó con su copa de nuevo entre sus manos.

La miré mientras le daba un trago a su copa. Asentí antes de apretar los labios.

—Por todo… no sé. Además, ahora también tengo que mudarme en poco más de una semana —le confesé antes de darle otro sorbo a mi copa, contemplando los dibujos que dejaba el vino al incorporar la copa.

—¿Te vas? —preguntó extrañada.

—Me han ofrecido un puesto como director de Urgencias, en Barcelona…

—Joder —exclamó con una leve sonrisa.

—¿Qué? —pregunté expectante.

—Ya no podré atropellarte más… —dijo burlándose—. No es lo mismo cargarse a un cirujano que al director de Urgencias.

Sus ojos grises observaron divertidos cómo me reía de aquella tontería. Su humor seguía tan roto que como cuando la conocí.

—Pero me alegro muchísimo por ti… —Colocó una de sus manos sobre mi pierna tras dedicarme una sonrisa—. Te lo mereces y quizás es lo que necesites para pasar página.

—Gracias. —Suspiré colocando brevemente mi mano sobre la suya—. Eso fue justo lo que ella me aconsejó, que me fuera… —Mis ojos se quedaron fijos sobre la copa que tenía en frente.

—¿Lo habéis arreglado?

—No… Fue un error ir a verla —respondí negando también con la cabeza.

Le confesé viendo en su rostro cómo procesaba la noticia. Aproveché aquel silencio para terminarme el vino que quedaba en mi copa antes de agarrar un trozo de queso. La boca de Laura se arrugó antes de volver a acomodarse sobre aquel sofá, mientras yo pasaba una de mis manos sobre mi barbilla.

—Pues ella se lo pierde —dijo alzando su copa antes de darle un trago.

—No lo creo… no lo sé… —dije en voz baja—. Hablando con su hermano esta mañana, me dijo que quizás había decidido ponerle punto final a lo nuestro para que no rechazara el trabajo…

—Y… ¿tú también lo crees?

Volví a mirarla suspirando profundamente, sabiendo que no quería aferrarme a aquello.

—El problema es… que no sé si quiero creerlo, porque… siento que solo estaría alimentando cosas que jamás pasarían.

—Vamos, que tienes la polla hecha un lío…

—Eres la mujer más bruta que he conocido en toda mi vida —confesé riéndome, cubriendo mi cara entre mis manos.

Ambos nos reímos sintiendo cómo el ambiente entre los dos se iba relajando.

Era la primera vez que nos veíamos desde que ella me confesó una tarde que estaba empezando a sentir cosas por mí.

Y a una parte de mí le hubiera gustado corresponderle aquel día, pero la conexión tan incompresible que sentía por Isabella, no la había sentido por nadie, era incomparable.

Era adicto a unos ojos que no volverían a mirarme jamás.

Y no podía hacer nada para remediar eso.

Al caer el sol, ambos habíamos terminado la primera botella y la segunda iba por el mismo camino.

Los efectos del vino empezaban a hacer efecto en mi sangre.

Sentía la boca algo más seca. El calor de la calle se intensificaba en mi cuerpo haciendo que tuviera que remangarme la camisa.

Ambos estábamos sentados en el sofá contemplando caer el sol, casi agotando la botella tras contarnos cosas absurdas que nos habían pasado en antiguas relaciones, pero aun así habíamos decidido quedarnos.

Laura colocó su cabeza sobre mi hombro tras confesarme que empezaba a pesarle.

—No creas que trato de seducirte… —añadió golpeando mi brazo—. Es que siempre he tenido una cabeza muy grande.

—Eso es el alcohol.

—Pregúntale a mi madre si quieres —dijo alzando su mano—. Siempre me echa en cara que se rajó entera porque mi cabeza era demasiado grande…

—Tu cabeza está bien, tiene un tamaño normal… —Le di otro sorbo a aquella copa que parecía no acabar jamás—. Tus piernas en cambio…

—¿Qué les pasa a mis piernas? —preguntó alzándolas.

—Son tremendamente largas —dije provocando que se riera mientras las contemplábamos. No sabía en qué momento había pensado que era buena idea hablar de sus piernas, pero al verlas flexionadas sobre la mesa recordé por qué Susana comenzó a llamarla así.

—Eso es porque todas las mañanas me atan en un potro de estos de tortura —dijo entre risas—. Así poco a poco las voy alargando… Cuando quieras te lo enseño para que lo pruebes.

—Gracias… pero estoy contento con mis centímetros. —Fruncí en ceño pensando en lo que había dicho.

—¡Rubén! —exclamó riéndose.

—Me refiero a mis piernas…

Ambos nos reímos por la doble intención que se le podría dar aquella frase. Tras aquellas risas, nos quedamos en silencio viendo el cielo completamente a oscuras. Suspiré girando la cabeza hacia la copa que sostenía mi mano sobre el brazo del sofá.

—¿Puedo preguntarte algo? —Laura preguntó incorporándose sobre el sofá. Colocando su cabeza sobre su puño que la sujetaba con delicadeza.

—Tengo miedo. —Giré la cabeza hacia ella viendo cómo me sonreía.

—Si no quieres responder, no tienes que hacerlo… Pero mi naturaleza me grita que me entere del chisme completo.

—Vamos, pregunta… —dije con una sonrisa.

—¿Por qué lo dejasteis? —Mis ojos la miraron—. Es evidente que, por falta de sentimientos al menos por tu parte no es…

Respiré hondo escuchándola terminar la frase, queriendo entender también por qué motivo decidí que era buena idea alejarme de ella queriéndola como la quería.

—Fue por mi culpa… —Suspiré mirando su rostro bañado por aquella tenue luz—. Supongo que… —Alcé los hombros restándole importancia—. Buscábamos cosas diferentes…Y no sé, pensé que si me alejaba de ella… —Alcé de nuevo los hombros—… Quesi le daba su espacio para que curara sus heridas…

—Te elegiría —terminó mi frase mirándome fijamente.

—Sí…

—Y eligió curarse sin ti.