Y en el medio, tú: 1 Capítulo 11 #2
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Capítulo 11 #2

Mi oreja volvió a vibrar, comprobando al asomarme que seguía siendo Agustín.

He de reconocer que era insistente. Suspiré colgando la llamada de nuevo antes de despedirme de Susana.

Me quedé allí un rato sentado observando el ir y venir de la poca gente que quedaba en Madrid a finales de junio.

El calor empezaba a hacerse notar. Los niños pronto estarían de vacaciones.

Observé cómo cada persona iba sumida en sus propios problemas; parejas enamoradas, otro discutiendo, amigos conversando de cualquier cosa que haya captado su atención, personas mayores en sillas de ruedas disfrutando del parque gracias a las manos que los achuchaban.

No podía evitar pensar en mi madre. Seguramente me repetiría que eso que contemplaba con ternura o con envidia, era la vida.

Cada uno decidía cómo vivirla, así que ahora me tocaba a mí preguntarme cómo era que quería vivirla.

Volví a inhalar aire observando cómo algunas ramas de los árboles casi parecían tocarse mientras repasaba cada conversación, cada recuerdo con Isabella.

Necesitaba buscar las señales que quizás en ese momento no vi, pero que me habían hecho ilusionarme más de la cuenta.

Me frustraba no encontrarlas. Quizás mi culpa fue alejarme, por hacerle un bien salí perdiendo.

Quería que me eligiera porque me quería, no por gratitud, pero solo conseguí que se desenganchara de mí.

Yo que siempre pensaba en todas las opciones, eso de que estuviera encaprichada o confundida no lo vi venir.

Sus labios me besaban con tanto sentimiento y sus ojos me habían mirado tan bonito algunas veces, que llegué a creer que podía ser verdad.

Suspiré levantándome de aquel bordillo, caminando de nuevo sin rumbo fijo pensando si todo aquello había pasado o solo había visto lo que quería ver.

Al salir del parque, tuve que parar en el paso de peatones, encontrándome al alzar los ojos, con su rostro frente a mí.

Mirándome tras un escaparate. Mi cuerpo se quedó ahí inmóvil, a pesar de escuchar el sonido del semáforo avisar de que podía pasar.

Me quedé desafiando su mirada varios segundos antes de decidir caminar para otro lado justo cuando los coches volvieron a ponerse en marcha.

Aquel desvío me vino bien para pillar algo de comida rápida antes de volver al piso.

Al llegar a casa, dejé las llaves sobre la barra junto con mi teléfono antes de sentarme a comer.

Tras darle el primer bocado, mi cabeza tuvo un déjà vu de la última vez que me encontraba solo comiéndome un kebab.

Limpié mis manos girando levemente la cabeza en busca de la puerta.

El sonido de mi móvil vibrar sobre la barra me obligó a dejar de mirar la puerta y dejar de esperar que ella la tocara.

Me levanté terminando de tragarme aquel bocado mientras giraba el teléfono para ver de quién se trataba.

Al ver el nombre de Laura negué lentamente al recordar las palabras de Isabella dando a entender que no le importaría verme con alguien más.

—Hola, Laura, ¿todo bien?

—Hola, sí, todo bien.

Me dirigí de nuevo al sofá para seguir comiendo.

—Quería saber si trabajabas esta tarde.

—No, descanso todo el fin de semana, ¿por?

—Entonces no tienes excusa para venir a probar la botella que he traído del viaje. —Podía adivinar que estaba sonriendo por su tono al hablar—. Sin rollos raros te lo prometo, solo… agradecerte lo bien que te has portado conmigo desde que falleció mi padre.

—Para eso están los amigos… —respondí escuchando cómo sonreía al otro lado.

—Entonces qué dices, ¿vienes?

Suspiré saboreando el último bocado de aquel dürüm que me daba algo de tiempo antes de responder.

—¿Los dos solos? —pregunté apoyando la espalda en el sofá.

—Bueno, en mi casa no es que se pueda estar a solas precisamente, pero… Si te sientes más cómodo, podemos vernos en otro sitio.

—No, está bien…

—Tú por si acaso evita venir en moto —sugirió riéndose.

—Vale… —respondí con una breve sonrisa—. ¿A qué hora quieres que esté por allí?

—Pues… Llevo aquí desde esta mañana, así que cuando tú quieras.

—Está bien… Te aviso entonces cuando vaya a salir, ¿llevo algo?

—Tu cuerpo… —Hizo una breve pausa antes de reírse—. Vale, eso ha sonado raro.

—Un poco —susurré con una breve sonrisa.

—Pero sabes a lo que me refiero, así que no me hagas explicártelo.

—De acuerdo… —añadí rascando mi barbilla—. Te veo luego entonces…

—Avísame cuándo vayas a salir.

—Ok, hasta dentro de un rato…

—Adiós, guapo.

— Bye …

Mordí mis labios mientras colgaba, dejando el teléfono desbloqueado sobre la mesa junto con el papel en el que venía envuelto aquel kebab.

Mis ojos miraron con nostalgia la fotografía que tenía de fondo de pantalla.

La sonrisa de Isabella sobre aquella tabla de surf con su traje de neopreno y su pelo mojado.

No era una foto de estudio ni retocada. Era una foto espontánea, por eso era mi preferida, porque era una faceta de ella que poca gente había disfrutado.

Esa felicidad que su rostro reflejaba y que tantas sonrisas me robaba cada vez que la contemplaba.

Siempre odié el momento de cuando acaba una relación, si es que alguna vez tuvimos eso.

Sobre todo, porque jamás supe qué hacer con los recuerdos guardados en el teléfono.

Qué debía hacer con todas esas fotos. Instantáneas que se tomaban cuando estás con alguien para inmortalizar aquel momento de felicidad, pero que cuando la relación se rompe solo sirven para torturarte al verlas.

Miré su foto con tristeza, resignándome a quitarla.

Sabía que quitarla suponía que aquello era el final.

Sabía que quitar esa foto era saber que se acabó.

Saber que se había ido para siempre. Abrí los ajustes del teléfono, observando el apartado de «fondo de pantalla» con mi dedo bailando sobre esas letras, pero sin tocarlas.

Por más que mi cabeza reproducía su voz confesándome que había sido solo una confusión, no era capaz de pulsar.

Bloqueé él teléfono resignado a ser un fan más, con la foto de su ídolo de fondo, otra vez.

Dejé caer mi cuerpo sobre el sofá, acomodándome entre los cojines, abrazándome a uno de ellos mientras mis ojos se quedaban fijos sobre el techo.

Me sentía igual de perdido que cuando fallecieron mis padres.

Sentía de nuevo esa falta de aire, esa soledad invadiéndome junto con recuerdos reproduciéndose en mi cabeza.

No sé cuánto rato me quedé así, inmóvil, mirando los halógenos del salón, escuchando el bullicio de fondo.

No podía quedarme allí tirado más tiempo.

Sabía cómo acababa aquello. Solté todo el aire retenido en mis pulmones, suspirando antes de levantarme del sofá.

No tenía cabeza para nada más. Sabía que ponerme a mirar pisos ahora iba a ser una pérdida de tiempo.

Y la idea del vino cada vez me sonaba mejor.

Tras mirar varios minutos viendo qué podía ponerme, me metí a bañar para refrescarme después de la caminata que me había pegado.

Una vez duchado, me coloqué unos vaqueros claros y una camisa de lino blanca.

Agarré de nuevo las llaves y guardé el teléfono en el bolsillo trasero tras avisar a Laura de que salía para su casa.

Esta vez prescindí del coche o de la moto.

Mientras bajaba por el ascensor llamé a un Uber para que me recogiera.

Salí distraído mirando el teléfono, escuchando de nuevo aquel trozo que se había filtrado de la canción de Isabella que pareciera estar en todas partes.

No me bastaba con escuchar la canción que había lanzado contando su ruptura en bucle, sino que ahora, aquellos segundos hablando seguramente de esa persona que había aparecido nueva en su vida, me salían en todas partes.

Qué iluso fui al creer que aquellos segundos iban dirigidos hacia mí.

Respiré molesto guardando el teléfono antes de mirar a mi alrededor.

A los pocos minutos mi Uber me recogió para llevarme a casa de Laura.

Casi a mitad de tra yecto, empezó a sonar la canción de Isabella.

Al principio no logré adivinar que era ella porque iba distraído mirando por la ventana, pero su voz era algo que mi cerebro no podía omitir por mucho tiempo. La reconocería en cualquier lugar.

—¿Le importaría…? —le pedí al conductor viendo cómo me miraba a través del retrovisor. El impulso de pedirle que la quitara se desvaneció, arrepintiéndome de haber captado la atención del conductor—. Darle un poco más de volumen, por favor…

—Por supuesto, ¿le gusta Isabella Chadid? —preguntó viendo cómo su sonrisa asomaba.

—Tiene canciones buenas… —respondí fingiendo una leve sonrisa.

—Escribe bonito, ¿verdad?

—Sí… escribe muy bonito.

—Por ahí dicen que esta canción va dedicada al exmarido… Pero usted sabe cómo son los programas estos del corazón… Sobre todo, con gente tan famosa como ella, uno no sabe si es verdad o chisme.

—¿Es usted colombiano?

—De Cartagena, igual que la señora Isabella, ¿ha ido usted alguna vez?

—No… no he tenido oportunidad.

—Pues se lo recomiendo —dijo amablemente—. Aparte de Isabella, Cartagena tiene muchas más cosas hermosas que ver por allí, aunque ella es parte del orgullo de ser cartagenero.

Sentí cierto orgullo por las palabras de ese hombre respecto a Isabella. Respeto que ella se había ganado a pulso.

—Lo tendré en cuenta —respondí con una breve sonrisa dedicándole una última mirada a través del retrovisor.