Capítulo 11
Esperé junto a la puerta tal como habíamos quedado.
Esperé reposando mi espalda sobre una de las columnas de fuera con los brazos cruzados, con la fea costumbre de revisar el reloj a cada minuto.
No es que Agustín llegara tarde, es que me había adelantado diez minutos.
Estaba tan irritado conmigo mismo, que no soportaba ni el chicle que mascaba nervioso mientras esperaba.
Al acércame a tirarlo a la papelera, vi pasar frente a mí una furgoneta idéntica a la de Isabella.
Mis ojos la siguieron ilusionados hasta verla desaparecer entre el tráfico.
Ni siquiera sabía si era ella, pero bastó imaginar que podría pasar de nuevo cerca de mí, para cambiar de nuevo mi actitud.
Una furgoneta negra aparcó justo a mi lado dejando salir a mi amigo al abrirse la puerta de atrás.
Agustín me buscó al bajar antes de acercarse, sin saber que caminaba tras él.
Al llegar a la puerta, le hice saber que estaba tras él con un leve toque en su hombro.
—¡Ey! Aquí estás —dijo emocionado al verme—. ¿Vamos?
—Después de ti…
Agustín avisó a la chica que se encargaba de las reservas para que nos llevara hasta nuestra mesa. Una vez sentados, pedimos dos cervezas antes de ojear la carta. Una vez nos quedamos a solas, recosté la espalda en el respaldo de la silla con los brazos cruzados, esperando que disparase.
—¿Cómo estás? —preguntó cruzando sus manos sobre la mesa.
Respiré hondo mirando a nuestro alrededor. Acariciando mi barbilla antes de volver a cruzar los brazos sobre mi pecho. Solté aquel aire que había inhalado, lentamente notando el cansancio mental y el desasosiego. Notaba cómo la garganta se cerraba paulatinamente no dejando que bajara ni la saliva.
—Cansado… —dije alzando levemente los hombros, mirando a nuestro alrededor para no tener que ver en Agustín nada que me recordara a ella.
—Si te sirve de algo… —suspiró acomodándose en el asiento—
—Nada de lo que digas puede servirme ahora mismo… —respondí mirando a nuestro alrededor tratando de lucir despistado para no pensar demasiado en ello.
—No sé por qué te dijo eso.
Alcé los hombros mirando a para todos lados, pero a ningún lado en concreto, sintiendo cómo mi pierna se movía nerviosa.
Agustín se inclinó hacia delante para decirme algo, pero en ese instante apareció la camarera con nuestras cervezas, dejándonos la carta sobre la mesa para que le echáramos un vistazo.
Agustín parecía impaciente mientras la chica nos explicaba los platos que había fuera de carta.
Al irse pude ver de reojo cómo inclinaba de nuevo su cuerpo hacia la mesa.
—Escucha… No creo que te haya dicho toda esa mierda porque no sienta nada por ti.
—Déjalo… —le interrumpí clavando los ojos sobre mi amigo—. Por favor…
Agustín suspiró mirando a nuestro alrededor mientras mis ojos se escondían en la carta que la camarera nos había dejado.
—Me fui de su vida queriendo quedarme para que resolviera sus dudas —dije enfadado buscando a mi amigo—. ¿Y de qué ha servido? Para que ella me olvide con alguien más.
—¿Qué? —preguntó mirándome como si estuviera loco.
—Ella mismo me lo ha dicho, qué no había sido el único desde que se divorció. —Suspiré colocando los brazos sobre el filo de la mesa.
—Pues te ha mentido, desde que tú te fuiste solo ha salido del estudio para estar con mi sobrina.
—Estoy viejo para esto, Gus… —confesé mirándole—. Y tampoco me importa si ha estado o no con alguien, está soltera, puede hacer lo que le dé la gana… La cosa es que ella ha decidido sacarme de su vida, así que se acabó… Se terminó.
—¿Y si lo ha hecho por miedo a que la culpes de perder ese trabajo?
—Eso es una tontería…
—¿Y si no lo es?
Me miró alzando sus cejas, como queriendo convencerme.
Negué lamiendo mis labios antes de darle un sorbo a mi vaso para que el alcohol empezara a anestesiarme por dentro.
Mis piernas se movían nerviosa por debajo de la mesa, a la vez que mi mirada analizaba nuestro alrededor para no pensar en aquella mínima posibilidad.
—Rubén… —me nombró llamando de nuevo mi intención.
—¿Te haces idea de lo jodido que era para mí, escucharla día tras día llorar por un tío que no era capaz de ver la suerte que tenía de que ella le correspondiera?
—Lo imagino…
—No… no eres capaz de imaginar lo que es tener que ver cómo la vida te pone a alguien constantemente en tu camino solo para recordarte que jamás será para ti…
Como tampoco imaginas lo que es tener que fingir día tras día, ser amigo de alguien que te vuelve loco y te desarma por completo cada vez que la tienes delante o la ves sonreír… —le recalqué—. No tienes ni puta idea…
—Tú no has visto lo arrepentida que estaba de haberte dicho lo que te dijo… —abogó por ella. Chasqueé la lengua re chazando sus palabras.
—Ni tú has visto la indiferencia con la que me ha mirado esta mañana…
—Respiré hondo—. Estoy harto de este jueguito, Gus…
Estoy cansado de esta rara devoción que tengo por ella…
Si ella hubiera querido que las cosas fueran diferentes me lo habría dicho, porque tu hermana no es de las que se calla las cosas… Así que se acabó.
—No seas idiota, si mi hermana está enamorada de alguien, es de ti —repitió clavando sus ojos sobre mí.
—Deja de decir eso, porque no es así. —Suspiré lleno de frustración.
—Pero es la verdad —repitió.
—¡Basta! —exclamé furioso mirándole.
Sentía la mirada de las pocas mesas ocupadas sobre nosotros.
Inhalé todo el aire que pude agachando la mirada.
Notaba mis dientes morder con fuerza mis labios tratando de gestionar toda esta frustración al ver cómo la vida me decía una vez tras otra que no era por ahí, pero seguía habiendo algo que no me dejaba soltar del todo.
Isabella no era para mí por mucho que eso me matara por dentro.
Le había dado dos veces la libertad de elegirme y las dos veces prefirió apartarme.
No podía seguir aferrándome a nada más por más que lo ansiara.
—No me quiere. Se acabó —repetí cansado de lidiar una y otra vez con lo mismo—. Así que si esta comida va a ser únicamente para hablar de lo mismo…
—Rubén, espera…
Me pidió en voz baja al ver cómo me levantaba de la mesa, agarrando el teléfono entre mis manos.
—Hablamos cuando esté más tranquilo…Cuídate.
Apreté su hombro con cariño, dedicándole unas leves palmaditas antes de irme dejándolo con la palabra en la boca, mientras atravesaba el restaurante frotando mi rostro, cansado de sentir cómo todo mi mundo se escapaba de mi control.
Pagué la cuenta de nuestra mesa antes de abandonar el restaurante.
Mis manos se hundieron en uno de los bolsillos del pantalón mientras la otra buscaba el número de Susana para avisarla de mi decisión.
Aquí en Madrid no había nada que me atara, solo recuerdos.
Quizás Isabella tenía razón, empezar de cero en un lugar diferente podía venirme bien.
Al fin y al cabo, abandonar Madrid antes que ella era lo mejor que podía hacer.
Caminé sin rumbo mientras esperaba que Susana descolgara el teléfono para confirmarle que si estaba seguro de querer irme.
—¿Dónde estás? Si quieres me puedo acercar para comer juntos.
—No, tranquila… Ya comí… —respiré el poco aire puro de aquel parque—. Así que, ahora me iré a casa a empezar a buscar piso.
—¿Quieres que pregunte a ver si alguien sabe más o menos por qué zona buscar?
—Eso sería de gran ayuda, gracias —dije sentándome en el bordillo que rodeaba la zona de las barcas.
—Bueno… Pues ahora hablaré con gente que sé que ha estado por allí viviendo a ver qué me comentan.
—Te lo agradezco.
—Avisaré al de recursos humanos para decirle que sí que te vas… —Asentí escuchándola. Respiré profundo al escucharla decirlo, sabiendo que era algo irreversible.
—No sé qué haré sin ti… sé que Barcelona está aquí al lado, pero…
—Te vendrá bien descansar también de mí… —dije con nostalgia—. Llevo unos años que solo te he dado dolores de cabeza…
—No digas eso… Para eso están los amigos, ¿no?
—Sí, supongo… —Sentí mi teléfono vibrar sobre mi oreja al llegarme otra llamada.
Lo aparté levemente observando el nombre de Agustín. Rechacé la llamada antes de volver a colocar el teléfono sobre mi oreja.
—Otra cosa, Susi —dije tratando de volver a la conversación—. Eh… Cuando hables con los de recursos humanos, pregúntales si tengo algún día de vacaciones… Así me sería más fácil buscar inmobiliaria para ver pisos por allí…
—Sí, tranquilo. Yo le pregunto.