Capítulo 10 #14
Agustín se sentó de nuevo, colocando el teléfono en su oreja, con el semblante serio. Sentía que el corazón se me iba a salir del pecho al escuchar los tonos sin respuesta. Me dejé caer en el asiento que había a su lado deseosa de que aquella llamada se descolgara.
—¡Lalo! ¿Qué pasó? ¿Cómo estás? —preguntó mirándonos a Pau y a mí haciéndonos un breve gesto para que supiéramos que había descolgado el teléfono. Estaba tan tensa que sentía que podría sentarme en el aire.
—No, no te llamo por mi hermana… ¿Ha pasado algo?
Mis manos estaban a punto de fundirse la una contra la otra de tanto frotarlas entre sí. Si Rubén no era tonto, que no lo era, seguramente había visto el coche de mi hermano al venir en la mañana o al irse. Así que sabría perfectamente que a estas alturas sabría de sobra lo que había pasado.
—Te prometo que no estaba enterado. —Su rostro se puso serio—. Lo siento…
Mis ojos miraron con desesperación a mi hermano. La mano de Pau acariciaba mi espalda tratando de darme consuelo. Sus ojos me miraban a la vez que su mandíbula se tensaba. Cubrí mi rostro entre mis manos haciendo el balance de daños.
—Creo que te estás precipitando… —Miré con los ojos desencajados a mi hermano, que me hizo un breve gesto de calma con las manos.
Agustín suspiró levantándose del asiento para dar leves pasos de un lado a otro. Giré levemente mi cabeza buscando a mi amiga, sintiendo su mano apretar la mía en forma de consuelo.
—Se acabó… —Suspiré antes de volver a mirar a mi hermano discutir a lo lejos—. Lo perdí, Pau…
—Eso no lo sabes…
Asentí aún con mis ojos puestos sobre mi hermano que gesticulaba como si quisiera hacerle entrar en razón mientras me invadía aquella sensación de vértigo.
Lo único que había conseguido por castigarme sin motivo era perder a la única persona que amaba mis miles de defectos y mis pocas virtudes sin tratar de condicionarme.
—Necesito salir de aquí… —musité antes de levantarme—. Necesito ir a hablar con él…
Caminé por aquel césped con la mirada perdida y mi cabeza hecha un completo desastre.
No podía pretender que mi hermano resolviera el desastre que yo solita había formado.
Rubén se había tragado el orgullo que a mí no me había dejado llamarlo todas las veces que lo había echado de menos.
Sentí que iba a enloquecer reviviendo nuestra última conversación.
Su voz preguntándome desesperado si lo que había pasado entre los dos había sido una confusión, se me estaba clavando en los huesos.
Y no quería pensar que fuera demasiado tarde…
Conduje hasta su casa, escondida bajo una gorra oscura y mis gafas de sol.
Observando con desesperación la puerta de su portal para verlo llegar.
Los coches pasaban por mi lado a la misma velocidad que mis pensamientos, tratando de adivinar dónde estaría, mirando indecisa mi teléfono.
El nombre de mi hermano llamándome sin cesar, preocupado al saber que me había ido sin decirle nada a nadie no hacía nada más que aumentar la ansiedad que mi cuerpo trataba de gestionar para no colapsar.
Su silueta apareció, cabizbajo con una bolsa blanca en las manos.
Mis manos automáticamente agarraron el tirador de la puerta para salir, pero mi cuerpo una vez más volvió a quedar inmóvil dudando si era buena idea aparecerme así.
Aparté mis dedos de aquel tirador para buscar el teléfono que volvía a sonar.
Suspiré descolgando aquella llamada al ver el nombre de Paula en la pantalla.
—¿Dónde estás? —me reclamó nerviosa—. Tu hermano está como un loco buscándote…
—Enfrente de casa de Rubén… —respondí dejando de nuevo la mirada perdida sobre aquella enorme puerta de hierro.
—¿Ya has hablado con él?
Negué lentamente cómo si ella pudiera ser capaz de verme.
—Hará unos minutos que llegó… —Respiré profundamente frotando mi mano ansiosa sobre mi pierna.
—¿Y qué vas a hacer?
Suspiré deseando saberlo. Mis ojos recorrieron aquel edificio buscando su piso. Siempre me había sentido a salvo entre aquellas paredes, pero ahora me causaba ansiedad el solo imaginar que tenía que salir del coche para escuchar esta vez cómo era él quién me rechazaba.
—No lo sé…
—Escúchame, si no sientes lo mismo que él siente por ti, vuelve aquí… pero si de verdad estás convencida, sal del puto coche y cómele la boca.
—¿Y si me rechaza?
—No lo dirás en serio. —Asentí observando a mi alrededor.
—Por supuesto que lo digo en serio… Él mismo dijo que no quería volver a saber nada de mí.
—No va a rechazarte, confía en mí.
Su voz sonaba tan segura que parecía fácil ordenar a mi cuerpo que saliera de ahí.
—¿Y por qué estás tan segura?
—Porque ese tío está loco por ti…
Mis ojos miraron la enorme puerta del portal al escucharla decir aquello. Mi ansiedad aún descontrolada, aumentó al imaginar escenarios ficticios en mi cabeza en donde me pedía que no volviera a molestarle sin siquiera escucharme.
—Isa, si de verdad te gusta, por favor deja de ponerte excusas tontas, porque sabes que ese tío por mucho que busques comparar para sabotearte, Rubén no es Marc.
Aquellas últimas palabras sacudieron mi cabeza por completo. Rubén no era Marc, porque de ser así habría sabido cómo hacerme daño ya que conocía mis miedos y mis inseguridades como nadie. Cuando me decidí a salir a buscarle, aquella inmensa puerta de hierro se abrió para dejarme verlo de nuevo.
—Se va… —murmuré viéndole caminar mirando su teléfono.
—¿Quién se va?
—Rubén… —dije nerviosa viendo cómo llevaba el altavoz de su teléfono a la oreja para escuchar algo—. ¿Crees que vaya a verse con piernas largas…?
—Eso no lo sabes.
Paula trataba de convencernos a ambas mientras mis ojos observaban lo guapo que estaba con aquella camisa blanca mientras resoplaba molesto mirando a su alrededor. Resoplé antes de esconder brevemente mi rostro entre mis manos al verlo montarse en un coche.
—Se fue, Pau… —susurré viendo cómo el coche de incorporaba al tráfico—. Se montó en un coche y se fue…
—¿Y ahora qué vas a hacer? ¿Vas a llamarlo… vas a esperarlo o qué?
Negué viendo cómo el coche se detenía en el semáforo. Arranqué el motor de mi furgoneta viendo cómo se conectaba la llamada al bluetooth del coche antes de asegurarme de que no viniera nadie para incorporarme también al tráfico.
—Voy a seguirlo… —suspiré colocándome a una distancia prudencial.
—¡¿Qué?! —Pau exclamó haciendo que retumbara su tono de asombro en todo el coche.
—Quiero saber para dónde va.
—¿Y qué pasa si va donde piernas largas? —Mis ojos miraron sin parpadear aquel semáforo que se volvió verde.
—Así comprobaré que es igual que todos…
Avancé tras su coche escuchando los consejos de mi amiga Paula que trataba desesperadamente de hacer de pepito grillo al retransmitirle.
Por un momento mi corazón latió ilusionado al ver cómo se dirigía camino a mi casa, pero luego volvió a pararse al ver cómo el coche giraba unas calles antes de subir a donde quedaba mi casa.
Detuve el coche al principio de la calle al ver aquel coche negro detenerse.
Mis ojos cayeron lentamente al verle bajarse del coche acomodando su ropa antes de quedarse solo frente aquel enorme portón.
Su cuerpo se quedó inmóvil varios largos segundos, como si estuviera dudando.
—No lo hagas… —susurré—. Por favor, mi amor …
Rubén respiró hondo acomodando su espalda antes de pulsar el timbre de aquella casa.
En el momento en el que su dedo pulsó aquel timbre, sentí como si mi alma hubiera abandonado mi cuerpo.
La voz de Paula se escuchaba lejana preguntándome qué era lo que pasaba.
Involuntariamente moví mi furgoneta varios metros hasta detenerme frente aquella puerta para comprobar por mí misma cómo la propia piernas largas lo recibía efusivamente con dos besos antes de entrar a su casa.