Y en el medio, tú: 1 Capítulo 10 #13
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Capítulo 10 #13

Humedecí mis labios tratando de gestionar la situación viendo cómo Rubén agachaba su mirada tras morder sus labios.

—Ya me iba, no te preocupes … —Rubén sentenció tras aclarar su garganta—. Ya nos hemos dicho todo lo que nos teníamos que decir…

—Rubén… —susurré su nombre suplicándole.

—De verdad que no nos importa esperar un poco más. —Pau se disculpó al darse cuenta de que algo gordo pasaba—. Les ofreceré un café mientras termináis de hablar…

—No te apures.

Sus ojos ni siquiera me miraron al pasar por mi lado, ni antes de salir de aquella habitación.

Se fue dejándonos a las dos en un completo silencio.

Mis ojos se cerraron a cámara lenta para no ver cómo se volvía ir de mi vida.

Quería ahorrarle a mi frágil corazón aquella imagen para no tener que revivirla constantemente.

La mano de Pau sobre mi hombro consolándome me hizo abrir los ojos aguados de nuevo.

—¿Qué coño ha pasado…? —susurró acariciando mi hombro.

El nudo de mi garganta se tornó tan doloroso que fue imposible controlarlo más, haciendo que me derrumbara, dejándome caer en uno de los sillones.

Paula se arrodilló junto a mí abrazándome para consolarme, como otras muchas veces había hecho.

Escondida entre mis manos, sentía mi alma romperse nuevamente.

Aun sabiendo que iba a arrepentirme toda la vida, tenía que devolverle el favor que me hizo al dejarme libre para aprender a sanar sola, por mí misma.

No podía atarlo a una vida que a él no le gustaba, siempre rodeado de paparazzi, sin intimidad ni privacidad ninguna.

Prefería llorar por lo que podíamos haber sido, antes de llorar al ver que algo tan bonito como la forma que teníamos de mirarnos se transformaba en lo que había vivido en mis anteriores relaciones.

Pero ese sacrificio solo provocaba en mí una horrible sensación de desconsuelo.

Cuando terminé de sacar toda esa ansiedad en forma de llanto, respiré profundamente para luego soltar el aire en un doloroso suspiro.

Pasé mis manos sobre mis mejillas limpiándolas, viendo cómo Paula esperaba pacientemente a que fuese capaz de articular palabra. Suspiré tratando de aliviar el peso de mi pecho aferrada a su colgante para no perder lo poco que me quedaba de él.

—Ha venido para contarme que le han ofrecido un trabajo en Barcelona… —Suspiré nuevamente tratando de aliviar el dolor.

—¿Se va? —preguntó sorprendida.

—Seguramente… —susurré apretando mis manos entre sí.

—Ay, amiga. —Suspiró antes de abrazarme—. Lo siento…

Giré la cabeza involuntariamente, observando la puerta del salón. La mano de Pau acarició mi cabello antes de volver a mirar hacia ella.

—¿Le has dicho lo que sentías por él?

Negué evitando mirarla para no ver cómo su rostro pasaba de la preocupación al asombro.

—La madre que parió al demonio…

—Es mejor así —insistí autoconvenciéndome.

—¿Para quién? Porque él no parecía muy feliz cuando se iba… Y de ti mejor no hablamos.

—Pau —la nombré viendo cómo negaba con su cabeza indignada.

—No, Isa, mi amor… Aquí no tienes razón, lo siento. —Su voz se tornó seria—. No luchar por la persona que hace que a uno le vuelvan a brillar los ojos es de cobardes.

Colocó sus manos sobre mis hombros queriendo mantenerme en la conversación.

—Todos hemos pasado por momentos difíciles y Rubén ha sido terapéutico para ti.

Quizás tú no te hayas dado cuenta, pero todos los que estábamos al tanto de lo vuestro nos hemos dado cuenta de cómo ha ido desapareciendo la tristeza de tu mirada…

De cómo has vuelto a tener ganas de arreglarte, de trabajar…

Ganas de reírte, ¿sabes la de tiempo que llevaba sin escucharte reír como lo hacías antes?

¿O cuánto tiempo hacía que Violeta no veía a su madre sonreír?

Asentí al recordar la cantidad de veces que me había mirado en el espejo y no era capaz de reconocer mi propio reflejo.

—Como lo dejes escapar, te vas a arrepentir el resto de tu vida… Y lo sabes.

—Pero se fue —le recordé agarrándome a mi decisión—. Como hizo Benja, como hizo Marc… Lo hizo a pesar de prometerme días antes que esperaría el tiempo que fuese necesario.

—Se fue porque sabía que tenías dudas… Seguramente se estuviera protegiendo, no puedes culparlo por eso.

Me refutó alzando sus cejas divertida.

—¿Qué? ¿Creías que no iba a preguntar por qué de la noche a la mañana te había dado por trabajar como una obsesa neurótica?

—Fue Gus, ¿verdad? —pregunté queriendo saber si tenía el enemigo en casa.

—Nunca revelo mis fuentes, ya lo sabes, cariño. —Me dedicó una amplia sonrisa antes de limpiar los restos de las lágrimas.

—¿Y qué se supone que debo hacer? —susurré mirando a mi amiga—. ¿Negarle la oportunidad de empezar de cero en otro lugar?

—Deja que él mismo tome sus propias decisiones —dijo lentamente haciendo énfasis en cada palabra colocándose a mi lado—. Pero no permitas que se vaya pensando que te has estado riendo de él… Porque eso te daría una fama horrible —bromeó.

Sus manos se posaron de nuevo sobre mis hombros para dirigirnos de nuevo al despacho cuando estuviera lista.

Mi concentración estaba en todas partes menos en aquella habitación, cosa que no pasó desapercibida para nadie.

No podía dejar de revivir en mi cabeza aquella última mirada de Rubén.

Estaba tan decepcionado conmigo, que creo que jamás me perdonaría.

Mi mirada perdida trataba de pillar el hilo de la conversación, pero me fue imposible en las dos largas e interminables horas que duró.

Al finalizar, Pau decidió quedarse un rato más, acompañándome al jardín para respirar un poco de aire fresco, obligando al cotilla de mi hermano a seguirnos para enterarse de qué es lo que me pasaba.

—¿Vas a contarme de una vez qué es lo que te pasa?

Agustín se sentó mirándome intrigado. Tras unos segundos mirando a mi hermano en silencio, giré la cabeza en busca de mi amiga.

—¿Crees que debería llamarlo? —pregunté mirando a Pau, que observaba divertida a mi hermano después de haberlo ignorado.

—Creo que deberías mejor ir a verlo… —respondió con una sonrisa al sentir la impaciencia de mi hermano.

—¿Y si no quiere verme? —pregunté llena de inseguridades. Pau se inclinó hacia mí para decirme algo al oído.

—Quizás él nos pueda ayudar —susurró refiriéndose a mi hermano.

Ambas nos miramos varios segundos antes de dirigir la mirada hacia él.

Agustín nos miró sin entender qué era lo que estaba pasando.

Incliné mi cuerpo hacia adelante, acomodando mi cabello antes de entrelazar mis manos nerviosas entre sí, tratando de buscar las palabras adecuadas para que no me soltara su «te lo dije».

Jugué con el colgante que Rubén me había regalado, aferrando mis dedos en él.

—Rubén estuvo aquí… esta mañana —le confesé respirando hondo.

—¿Rubén? —preguntó extrañado inclinando su cuerpo para acercarse.

—Sí…vino a contarme que… le ofrecieron un trabajo en Barcelona.

Humedecí mis labios nerviosa al revivir la conversación, asintiendo tras ver las dudas de sus ojos.

—¿Barcelona? —preguntó asombrado.

—Vino a tantear con esa excusa para ver cómo estaban las cosas entre los dos y tu hermana le dijo que se fuera —Pau simplificó la historia.

Agustín me miró confundido antes de desviar sus ojos negros hacia Pau, para luego volverme a mirar.

—¿Por qué mierda le dijiste eso? —preguntó asimilando la situación.

—Se piensa que, si la cosa sale mal entre ellos, Rubén terminaría echándole en cara que lo dejó todo para irse con ella…

Pau volvió a explicarle mientras yo observaba el rostro de mi hermano apretando mis labios, dándome cuenta de lo absurdo que sonaba en boca de otra persona.

—Él nunca haría eso —dijo convencido sin siquiera pensárselo dos veces.

—Cuando lo vi ahí parado en el salón… creí por un momento que venía porque me echaba de menos… —confesé indignada al ver que hablaban como si no estuviera ahí.

—Vino a contarte que le habían ofrecido un trabajo después de… ¿cuánto tiempo sin saber el uno del otro?

Agustín lanzó aquella pregunta al aire que sabía que no necesitaba respuesta.

—Claro que vino porque te echaba de menos, taruga… ¿tú tienes idea de lo orgulloso que es Rubén? Si no se hubiera tratado de ti, se habría ido sin decirte ni mierda…

Mordí mis uñas ansiosa al ver que había metido la pata hasta el fondo. Mis ojos miraban a ambos angustiada, al ver que había cometido un horrible error.

—¿Y ahora qué? —pregunté agobiada frotando mis manos sobre mis piernas—. ¿Me planto en su casa o qué hago?

Las manos de mi hermano se frotaban mientras en su rostro se veía que andaba pensado cómo solucionar lo que había estropeado por imbécil. Lo observaba impaciente, dando pequeños golpecitos sobre mis piernas con mis manos.

—Déjame que hable con él.

—Dios… —Volví a cubrir mi rostro entre las manos al recordar fragmentos de la conversación—. Hasta le di a entender que había estado con Louis… ¡qué bruta!

—¿Pero cómo se te ocurre? —La mirada de incredulidad de mi hermano antes de rodar los ojos me causó risa.

—Solo a ti se te ocurre darle vía libre para irse con una tía que parece sacada de una puta revista. —La voz de Paula sonaba a envidia—. Coño, si es la hermana perdida de Irina Shayk…

—Y en persona es aún más… —Agustín añadió al recordarla—. No sé cómo Rubén está aguantando tanto… Mucho le tienes que gustar.

—¿Tú quieres que María se entere de algo de esto? —le amenacé con arrojarlo a su mujer alzando las cejas—. Pues llámalo de una maldita vez y cállate.

Ambos se rieron en silencio al ver mi ansiedad desbordándose por mi piel.

—Seguro que tendrían unos hijos preciosos… —Pau añadió divertida.

Me levanté inquieta al imaginar a Rubén haciéndole el amor a Laura. Froté mi rostro enfadada, llevando las manos hacia mi cabello para echarlo hacia atrás mientras caminaba en círculos. Mi cuerpo luchaba con miles de emociones ahora mismo. Y ninguna era buena.

—Déjame lo llamo, relájate. —Apretó mis hombros con cariño.

—Gracias —susurré viendo cómo sacaba su teléfono.