Y en el medio, tú: 1 Capítulo 10 #8
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Capítulo 10 #8

Asentí soltando un leve suspiro sintiendo cómo se desdibujaba lentamente la sonrisa de mis labios al ver que había contado hasta los kilómetros que nos iban a separar.

Rubén supo que había tocado un tema sensible para ambos.

Sus labios besaron mi frente antes de incorporarse para que pudiera levantarme.

Vi antes de ir al baño, cómo su mirada se quedaba perdida mientras se vestía.

Jamás me había parado a pensar que quizás él también pudiera estar sintiendo ese miedo a que todo esto se acabara.

Me asustaba no estar a la altura de lo que él veía en mí.

Ambos estábamos empezando a sentirnos vulnerables de nuevo después de nuestras malas experiencias.

Me daba miedo que esto que me rebasaba desapareciera al estar lejos.

Por eso no era capaz de pedirle que me acompañara.

Por miedo. Miedo a que me rechazara o que se nos explotara la burbuja.

Al salir del baño para dirigirme a la cocina, su cuerpo estaba de pie junto a la barra, abriendo con cuidado la botella de vino.

Involuntariamente acaricié su espalda al pasar por su lado mientras él servía un poco de vino en una copa.

Saqué del frigorífico lo que había sobrado de la cena para calentárselo antes de servír selo.

Al servirle la comida, Rubén me regaló una breve sonrisa acercándome la copa que había servido.

Los dos estábamos sumidos en un profundo silencio.

Mis manos pellizcaban el lóbulo de mi oreja nerviosa.

—¿Estás bien? —Su voz me sacó de mis pensamientos. Asentí colocando una de mis manos sobre la suya.

—Sí, solo me quedé pensando en mis cosas…

—¿Quieres que lo hablemos? —preguntó soltando lentamente el cubierto para mirarme.

—¿Qué cosa?

—Pues… lo que sea que estés pensando.

Pellizqué mis manos nerviosas. No quería tener esta conversación. Al menos no ahora. No quería desperdiciar el tiempo que tuviéramos, pero sentía que ese tiempo se estaba agotando. Rubén colocó su mano sobre la mía evitando que terminara por arrancar la piel de mis dedos.

—Preferiría que no… —Suspiré apretando sus dedos contra los míos.

Su mirada se desvió al plato que tenía delante mientras apartaba su mano de la mía.

Comprendía su actitud, lo entendía perfectamente.

Estábamos comportándonos como novios sin serlo.

Evitábamos hablar sobre lo que pasaría entre nosotros el día que tuviera que irme.

Deseaba que él me siguiera sin siquiera hacerle saber que quería que lo hiciera.

Respiré profundamente antes de darle un sorbo a la copa de vino.

—No puedo quedarme, Rubén… —Rompí el melón que tanto miedo me daba abrir.

Rubén asintió lentamente mientras su nuez se elevaba al tragar saliva antes de responder, entrelazando sus manos tras apartar el plato.

—Aunque me duela irme y dejarte aquí, tengo que hacerlo… —Vi cómo asentía en silencio.

—Lo sé… — S u cabeza se giró lentamente hacia mí, con la mirada perdida antes de volverme a mirarme—. Tal como acabas de decir, tienes que dejarme aquí…

Aquella confesión en voz baja detuvo varios segundos mi corazón. Rubén suspiró alzando levemente sus hombros y humedeciendo sus labios, pero esta vez con el gesto serio. Inconscientemente había tomado mi elección.

—Desde que todo eso que está pasando entre los dos empezó, no me has dejado ver ni una vez, qué es lo que esperas o quieres de mí… —Lamió sus labios de nuevo para luego arrugarlos—. Yo creía que sí iba a ser capaz de jugar a esto de ser esa persona discreta con la que desfogas de vez en cuando…

Su mirada se agachó a la misma vez que mi corazón empezaba a retorcerse al escucharlo. Mis ojos lo miraban grabando cada segundo como si fueran una grabación.

—Me siento desarmado frente a ti, Isa… —Sus ojos volvieron a mirarme—. Y me cabrea aceptar que tu hermano tenía razón… Porque no sé si puedo seguir siendo tu amigo cuando decidas irte y dejarme aquí… torturándome con todo esto que estoy viviendo contigo.

Su pecho volvió a soltar el aire en forma de suspiro mientras el mío se detenía preso del pánico. Sentía mi mandíbula tensarse.

—¿Estás rompiendo conmigo? —pregunté con un hilo de voz.

—No… No sé —dijo colocando sus ojos de nuevo sobre mí—. ¿Tenemos algo que romper?

Los dos nos miramos en silencio, sintiendo el sonido del silencio de aquella cocina entre los dos.

—Solo sé qué el Rubén de veinte años estaría retorciéndose al escucharme rechazarte, pero… es que no te quiero para lo mismo que te quería antes…

—¿Es por Laura? —pregunté agotando todas mis opciones.

—Laura no tiene nada que ver con esto.

Giró su cuerpo sobre el taburete para mirarnos de frente.

—Esto es porque ni siquiera sé si en algún momento has barajado la idea de pedirme que te acompañe o… si has tenido claro desde el principio que ibas a dejarme aquí… Porque hasta tu furgoneta va a viajar hasta Miami contigo…

Aquel bloqueo emocional volvió, dejándome nuevamente paralizada.

A pesar de los consejos de la gente sobre el día que llegara este momento, no era capaz de articular ni una palabra.

Mis ojos lo miraron grabando cada gesto de ese silencio que me sabía a despedida.

Vi cómo su pecho se inflaba al respirar nuevamente mientras el mío volvía a ser víctima de aquel horrible pinchazo que solo me dejaba presa del pánico de ver que lo estaba perdiendo.

Me moría de ganas de gritar que por él seguiría viviendo en esta horrible ciudad, pero mi boca seguía cerrada.

Mi silencio lo tomó como una respuesta al verlo levantarse del asiento frotando su cabello con su mano.

—Creo que… lo mejor es que paremos lo que sea que es esto que tenemos antes de que nos hagamos daño… —Sus ojos miraron al suelo mientras sus dedos rascaban su barbilla ansiosos—. O al menos para no seguir haciéndome más ilusiones…

—Por favor… —Sentía mi voz romperse—. No me hagas esto, ahora no…

Sus ojos se alzaron hasta mí.

—¿Crees que es lo que quiero?

—Es lo que parece… —Aquel reclamo apareció como un acto de defensa de mi corazón.

—Te quiero a ti, Isa —me repitió aguantándome la mirada—.

Y te quiero pa siempre, no para seguir sirviéndote para que te desfogues…

Por eso no puedo seguir pasando ratos en familia contigo, con tu hija o con tu padre como si fuéramos pareja para luego ver cómo metes toda tu vida en un avión…

—Hizo una breve pausa agachando la mirada para que no viera el dolor en sus ojos—.

Porque el que se queda aquí jodido y rodeado de recuerdos, seré yo…

Sus ojos me miraron fijamente. Su cuerpo se acercó lentamente a mí, acariciando con sus dedos mi mandíbula. Mis ojos lo contemplaban aterrados por ver cómo se escapaba de mis manos y no era capaz de retenerlo mientras mi cabeza y mi corazón combatían por ver quién ganaba.

—Tú no tienes la culpa… —Alzó mi mentón buscando mis ojos— La culpa es mía, que no quise ver las señales que me dabas de que no estabas lista…

—Su nuez bajaba por su garganta al tragar—.

Pero es que cómo no ignorar esas señales…

si cada vez que me miras o me sonríes mi pensamiento se vuelve loco y olvido hasta mi nombre…

—No lo hagas… —le supliqué en voz baja.

—Tengo que hacerlo…

—Por favor… —le imploré mirándole a los ojos.

—Tú has elegido irte sin mí…

Mordió sus labios mientras sus ojos me miraban con el mismo dolor que los míos lo contemplaban.

—No… —musité mordiendo mis labios para no dejar que mi voz terminara de quebrarse.

—Pídeme que te acompañe… Dímelo y me iré contigo a empezar de cero allí, los dos…

Sus ojos se clavaron en mí viendo cómo era la primera vez que mi cabeza era incapaz de reaccionar con la fluidez a la que estaba acostumbrada, desaprovechando aquella última oportunidad.

Asintió en silencio escuchándose el eco de su suspiro en el silencio de aquella cocina que había vivido nuestro reencuentro y ahora la que sería nuestra despedida.

No podía quererlo como él me quería y sabía que mi egoísmo y mi indecisión provocarían que terminara odiándome tarde o temprano.

Sus manos se posaron sobre mis mejillas, agarrándolas mientras nos miramos a los ojos para vernos por dentro por última vez.

Mis ojos se aguaron al sentir el dolor de tener que despedirme de la única persona a la que no quería decirle adiós.

Sus pulgares limpiaron las lágrimas que se escaparon de mis ojos antes de sentir sus labios regalándome aquel último beso, calmando el temblar de los míos en un tierno beso que sabía que iba a dolerme toda la vida si no conseguía aclararme.

Esta vez mis ojos no se abrieron hasta no sentir su último beso sobre mi cabeza, abriéndolos de nuevo para ver cómo sus manos agarraban la chaqueta del respaldar del taburete antes de caminar hacia la puerta.

Tardó pocos segundos en salir de aquella habitación, pero mi cabeza lo vivió a cámara lenta como si fueran horas, torturándome con el movimiento de su cuerpo andando hasta desaparecer.

Desapareciendo sin siquiera mirar atrás.

Al sentir su ausencia, mis ojos miraron aquel plato que casi no había tocado provocando que rompiera a llorar.

Cómo quisiera regresar el tiempo para poder haberlo disfrutado más, para haberle dicho que me moría de ganas de que me acompañara.

Sentía que todo lo bueno que tenía se alejaba con él.

La sensación de vértigo que sentía cada vez que sus ojos me miraban, ahora se había transformado en un vacío, como si se hubiera llevado una parte de mí.

Aquel adiós fue un punto de inflexión. No sabía si la tristeza que permanecía en mi cuerpo era por ver cómo había creído erróneamente que lo mío con Rubén no tenía caducidad y esto que aún dolía eran los besos que había dejado guardados para después o si era mi orgullo el que a pesar de saber que mi mundo volvía a estar de cabeza, no me dejaba buscarlo a pesar de extrañarlo y de necesitarlo.