Capítulo 10 #4
Al salir con mi furgoneta por la puerta principal, los flas hes nos fueron deslumbrando hasta poder salir a la calle para dirigirnos al colegio de Violeta.
Al llegar, fue mi papá junto con Dafina quienes bajaron a acompañar a Violeta a la puerta.
Quería aprovechar que estábamos todos para disfrutar de pasar tiempo juntos, de tenerlos aquí cerquita de mí.
Visitamos el museo del Prado y paseamos por el Retiro.
Lo bueno de pasear en invierno, es que podía pasar desapercebida bajo la gorra, las gafas de sol y una bufanda para cubrirme.
No podía evitar imaginar cómo sería pasear de la mano de Rubén por aquel enorme parque, junto a Violeta.
Como si fuéramos una familia. Por más que evitaba aquel pensamiento, mis ojos lo visualizaban en cada pareja que veía besándose o paseando.
Tras pasear, tomarnos alguna que otra foto y tomar algo aprovechando el sol de Madrid, decidimos volver para que mi papá descansara.
Al volver a casa, las cámaras nos esperaban para seguir haciendo la cobertura de mi postcumpleaños.
Una vez en casa, Dafina me tomó la palabra en eso de irse a descansar un ratito.
Al ver a Patri disculpándose antes de contestar a la llamada de su marido con una enorme sonrisa, me senté junto a mi papá, abrazándome a él como cuando era pequeña.
Sus envejecidas manos acariciaron mi rostro tras dejarlo caer sobre su hombro.
Me daba miedo recordar que tenía ochenta y ocho años y que no me acompañaría muchos más años.
—Mi chiquita —dijo tras besar mi cabeza.
Sonreí al sentir sus labios sobre mi cabello. Su forma de besar mi cabeza, con aquella dulzura, protegiéndome de cualquier mal, me reconfortaba.
—¿Estás cansado?
—No… —Sentí su cabeza negar junto a la mía—. Sí me noto las piernas algo cansadas, pero disfruté mucho del paseo.
—Yo también… —Mis ojos se quedaron fijos al frente.
—¿Y por qué tengo la sensación de que llevas todo el día con esa cabecita en otra parte?
—Su mano buscó mi barbilla para que lo mirara.
Le dediqué una breve sonrisa tras inhalar lentamente.
Por mucho que deseara poder desahogarme con él como siempre había hecho, no podía decirle lo que el padre de su nieta había intentado hacerme.
Aquello lo haría sentirse igual de impotente que Agustín cuando me vio aquel día.
Había cosas que era mejor aprender a gestionar sola por más dolorosas que fueran, así evitaba causar más dolor a mi alrededor.
—Ay, papito… —susurré—. Mi cabeza anda en tantos sitios a la vez, que ya ni sé dónde me encuentro.
—Imagino… Y es una de las muchas cosas que admiro de ti, porque sé que no tiene que ser fácil fingir que todo anda bien para que nadie se preocupe. —Su mano siguió acariciando con cariño mi rostro.
—Es agotador —añadí divertida—. Pero teneros a todos aquí me recarga cuando me flaquean las fuerzas…
—¿Y Rubén? —Su nombre en boca de mi padre aceleró mi corazón.
—¿Qué con él?
—Se nota que también se preocupa mucho por Violeta y por ti.
—Sí, Rubén es… —Mi cabeza no sabía cómo encasillarlo mientras mi corazón seguía latiendo nervioso al mencionarlo—. Es maravilloso, es… Un muy buen amigo, casi un regalo del cielo.
Me incorporé lentamente, dedicándole una leve sonrisa antes de desviar la mirada con la excusa de acomodar mi cabello.
Mi cuerpo se tensaba cada vez que aparecía en mi mente la idea de alejarme de él.
Una parte de mí sabía que mi hermano tenía razón.
Me estaba excusando. Autosaboteándome a mí misma la oportunidad de volver a ser feliz con una persona que me demostraba con hechos más que con palabras.
Era la primera vez que veía cómo alguien, fuera de mi familia, se preocupaba por cómo podían hacerme sentir las cosas.
No pagaba sus traumas o sus miedos conmigo.
No me hacía sentir menos, sino al contrario.
Rubén era la persona correcta, pero quizás en el peor momento de mi vida.
Era todo lo que le había pedido a la vida y ahora que lo tenía frente mí, solo me salía excusarme y boicoteándome para evitar que volvieran a hacerme daño.
Impidiéndome volver a intentarlo, bloqueándome emocionalmente.
—¿Solo es eso? —preguntó incorporándose en el sofá buscando mi mirada—. ¿Un buen amigo? —Giré de nuevo mi cabeza hacia él, viendo sus ojos negros observándome. La sonrisa de sus labios fue la señal para saber que había leído mi mente. Que no necesitaba darle más tipo de explicación.
—No sé si estoy lista para algo más, ahora mismo… —respondí apretando los labios.
—¿Recuerdas qué te dije cuando me preguntaste qué me había parecido Marc?
—Sí…
Apreté los dientes al recordar sus palabras avisándome de que esto que me ha pasado, podía pasarme.
—Pues no puedo decirte lo mismo de Rubén. —Sonreí asintiendo con una tímida sonrisa.
—Te gusta —afirmé viendo cómo sonreía, haciendo una mueca con sus labios.
—Es buen muchacho —asintió—. Se preocupa y es desinteresado, pero lo que más me gusta, es ver cómo vuelves a brillar —matizó inclinándose a mi lado, en busca de mis manos—. Y cómo sonríes cuando estás con él.
—Eso es justo lo que me tiene muerta de miedo… —susurré mirándole fijamente.
Sus manos se entrelazaron con las mías, acariciándolas. Sus manos habían envejecido tanto. Me arrepentía de haber estado tan lejos de él tanto tiempo. Tanto tiempo sin disfrutar de su sabiduría, de su amor, su fortaleza, de la paz que me daba su presencia.
—Sentir miedo es bueno, cariño… —Golpeó levemente mi mano antes de acariciarla con paciencia y cariño—. Es señal de que tienes ganas de sentir de nuevo.
—¿No te parece apresurado? ¿O que me estoy precipitando?
—Uno no elige cuándo se enamora o de quién.
—Ya… —Cogí aire de nuevo.
—¿Te gusta? —preguntó entrelazando de nuevo sus manos entre las mías.
—Es complicado…
—Yo no pregunté eso, te pregunté si te gusta —insistió.
Asentí mordiendo disimuladamente mis labios para esconder la sonrisa.
—Sí, sí me gusta… Mucho.
—Pues no escuches a nadie más, excepto a esto. —Colocó su mano en mi pecho señalando mi corazón—, Guíate por tu instinto como has hecho siempre…
—Ya, bueno… Mi instinto no ha estado muy acertado en tema de hombres últimamente —dije alzando mis cejas.
Sus ojos se entristecieron mientras trataba de disimularlo con una sonrisa.
—No desperdicies las oportunidades que la vida te ofrece para ser feliz.
—Mi corazón se encogió al escucharle—. El corazón se rompe y duele muchísimo cuando pasa, sobre todo porque no sabes qué hacer con todo ese amor que se te queda guardado en el pecho…
Pero te aseguro que vuelve a recomponerse, porque la vida siempre va a buscar la forma de recompensarte… Y parece que contigo lo está haciendo.
—Es que… —Solté un profundo suspiro al ver cómo mi corazón estaba perdiendo contra la cabeza—.
Tengo tantas heridas que no quiero dañarlo a él también…
Es tan desgastante morirte de ganas de estar con alguien, pero al mismo tiempo saber que no le haces bien…
Y te juro que he intentado alejarme, pero no puedo… No quiero…
Esas últimas palabras salieron de mi garganta en forma de lamento. Solté sus manos para cubrir mi rostro varios segundos antes de volver a mirar los ojos llenos de cariño y comprensión.
—Si es la persona correcta… Te entenderá y te esperará —dijo confiado.
—¿Y si no me espera? ¿O se cansa?
—¿Y si sí lo hace? —Sus ojos abrieron aquel debate que mi subconsciente tenía constantemente.
—Es la primera vez que tengo miedo de volver a empezar… —dije en voz baja dejando que escapara de mi pecho un suspiro—. Todo esto que he tenido que vivir… ha levantado una inmensa barrera dentro de mí, pero Rubén…
Inhalé lentamente agachando la mirada, ordenando mis pensamientos.
—Me hace sentir… viva, papá, importante. Me cuida, me protege y es generosamente paciente conmigo… Y tú has visto cómo trata a Violeta… Me hace tan difícil cumplirme la promesa de no volver a enamorarme…
—¿Entonces qué es lo que te detiene a intentarlo?
Sus manos agarraron las mías para besarlas con cariño.
—Habla con él. —Sus ojos volvieron a clavarse sobre mí—. Cuéntale de tus miedos, de tus inseguridades… Que vea que necesitas tiempo para sanar antes de darte permiso para empezar algo…
—¿Tú te alejaste de Dafina…? Cuando falleció mamá… —pregunté sintiendo cómo mi pecho respiraba inquieto.
—No. Le pedí que me acompañara en el proceso.
—Sus ojos miraron al frente—. No fue fácil, había días que todo me sobrepasaba…
Tú tenías la edad de Violeta cuando tu mamá falleció.
No era fácil llevar el duelo con una niña de ocho años que acababa de perder a su madre también…
Pero Dafina evitó que cayera en vicios que solo agravarían la situación.
—Sus ojos cansados por la edad volvieron a mirarme con una leve sonrisa—.
Dafina estuvo día a día tendiéndome la mano, enseñándome que aquello que había pasado no era ningún castigo de Dios, sino simplemente la vida…
Me ayudó a estar fuerte para ser el padre y la madre que tú necesitabas y me enseñó a vivir con las heridas que la partida de tu madre había dejado con su cariño, su paciencia y su comprensión. —Sonreí desviando brevemente la mirada.
—Supo hacerse un hueco en nuestras vidas…
—Porque le permití que lo intentara —recalcó alzando sus cejas—.
El dolor es inevitable… Es, como un dolor de pies.
—Su boca sonrió—. Puedes ser feliz, aunque te duelan de vez en cuando los pies.
—Asentí lentamente entendiendo lo que me quería decir.
Si quería que Rubén se quedara, tenía que darle la oportunidad de intentarlo.
Rubén había apostado más por nosotros en el poco tiempo que llevábamos intentándolo o cuando éramos únicamente amigos, que Marc en todos los años que estuvimos casados.
—No sé qué sería mi vida sin ti… —dije ligeramente emocionada al ver los años dejar estragos en el pilar fundamental de mi vida.