Capítulo 9 #8
Suspiré rascando mi barbilla.
—Rubén…—insistió sentándose sobre su pierna derecha para mirarme de frente.
—Isabella —repliqué viendo sus ojos mirándome insisten temente—.
Ya sé lo dije a tu hermano, vino a que le viera el ojo…
Y a pedirme que no dijera nada, eso es todo.
—Me acomodé en el asiento del copiloto buscando sus manos—.
Llevo todo el día muriéndome de ganas de verte…
Y no quiero estropearlo hablando de Marc ni de nadie más…
—¿Hasta cuando hacías manitas con Miss piernas largas también querías verme? —preguntó cruzando sus brazos.
—No estábamos haciendo manitas, solo la consolaba tras contarme una cosa… —dije riéndome—. Y para que lo sepas, estuvimos casi todo el rato hablando de ti… Trataba de hacerla team Isabella.
—¿ Team Isabella? —Sus labios sonrieron sin esconderse por primera vez.
—Es una larga historia… —respondí antes de suspirar observando a la mujer más infravalorada y espectacular del mundo.
Los labios de Isabella se abrieron para dejar salir aquella hermosa y encantadora sonrisa mientras mordía su labio inferior.
No sé qué era lo que tenía, pero cada que la miraba, más me gustaba.
Verla sonreír así, junto con las ganas que le tenía desde esta mañana, me empujaron a agarrar su rostro para girarlo hacia mí y así poder besar esos labios a los que era adicto.
Sentí su sonrisa bajo mis labios antes de devolverme el beso, colocando una de sus manos sobre mi costado, agarrando mi camiseta para acércame más a ella.
En ese momento ambos nos besamos acariciando nuestros labios lentamente, saboreándonos, como si no existiera nada alrededor nada más que nosotros dos.
Lo único que se escuchaba en aquella furgoneta era el sonido de nuestros labios besándose.
Me encantaba deslizarme sobre sus labios.
Saborear su olor. Sus manos acariciándome con delicadeza al separarnos.
Observar cómo su dentadura asomaba sobre sus labios al sonreír.
—Te quiero —susurré apoyando la cabeza sobre el respaldo de mi asiento mirándola.
Le confesé viendo cómo sus mejillas se enrojecían y su mandíbula se tensaba a la vez que sus labios luchaban por no sonreír. Sus ojos en cambio lucían recelosos de aquella confesión.
—¿De verdad me quieres?
—¿De verdad te extraña? —Sonreí incorporando mi cabeza para acercarme de nuevo a ella—.
No sé quién fue quien dijo que… Ojalá pudiera prestarte mis ojos para que vieras como te veo, así te darías cuenta de que por muchas piernas largas que se pongan a mi alrededor, ninguna tiene nada que hacer a tu lado…
Sus ojos se iluminaron a la vez que una de sus manos comenzó a acariciar mi barbilla, regalándome la más hermosa de las sonrisas.
—No creo recordar que Frida Kahlo hablara nada de piernas largas…
—Es que es una versión extendida —respondí burlándome.
—Ya entiendo…
Sus ojos dejaron de mirarme para esconderse al bajar la mirada. Le di su espacio para no agobiarla, para que procesara.
—¿Me seguirás queriendo cuando… se acabe la magia?
La miré en silencio viendo cómo su cuerpo se tensaba.
—¿Qué pasara cuando veas cómo es mi día a día? Cuando conozcas mis días malos, todos mis estados de ánimo, mis manías… Mis miles de obligaciones como madre soltera, como artista…
—Eso ya lo conozco…
—Pero como amigo —recalcó.
—Isa, no te miento cuando te digo que nadie me había gustado jamás como me gustas tú… —le recordé quedándonos ambos en silencio varios segundos mirándonos a los ojos—. Cada vez que me miras o te me acercas siento cómo mi cuerpo entero se acelera…
Su pecho se llenó de aire sin apartar sus ojos de los míos. Sus ojos me miraron agobiados mientras se le escapaba un suspiro del pecho. Agarré su mano para atraerla hasta mí, estrechándola entre mis brazos.
—A medida que vayan apareciendo los problemas, los iremos solucionando… Juntos —susurré sobre su cabeza aún abrazado a ella antes de que ella se despegara de mi pecho.
—¿Seguro no te hiciste daño? —preguntó mirándome muy seria—. Porque caer del cielo para venir a rescatarme, tuvo que ser un golpe tremendo
Mi boca se abrió al escucharla decirme aquel piropo haciendo que ambos nos riéramos.
—Pero… ¿Y ese piropo?
—Viste. Yo también sé cómo endulzar el oído —respondió divertida.
—Casi me lo empalagas —me burlé recibiendo un breve golpe en el brazo antes de besarla de nuevo—. Bueno…
—Bueno… —repitió lamiendo sus labios.
—Aunque me encante estar aquí escondido en un parking contigo…
—Ya te cansaste.
—Imposible.
—¿Entonces? —preguntó acariciando mi mentón con sus dedos.
—Es solo que llevo sin comer desde que me viste comiendo con…
—No me lo recuerdes —dijo fingiendo una breve sonrisa—. Justo ese fue el motivo por el que había venido… Lo que pasa es que me distraes.
—¿Yo? —Me señalé divertido viendo cómo sus labios sonreían sin parar.
—Sí, tú…
—Creía que habías venido para verme un ratito…
Sus labios se humedecieron antes de ocultarse uno sobre otro.
—Para eso y para invitarte a cenar en casa por mi cumpleaños, vinieron mi papá y Dafina.
—¿Vino tu papa?
—Sí.
Asentí arrugando los labios viendo cómo me miraba esperando impaciente mi respuesta.
—Y… ¿a qué hora es la cena?
—¡Oh! Disculpa, ¿tienes otros planes? —Su voz sarcástica junto con su sonrisa preguntaron mirándome expectante.
—Pues sí. Tenía pensado hacerte el amor antes de ir a esa cena, ¿te parece bien?
—Es lo mínimo que podías hacer.
Ambos nos miramos en silencio varios segundos compenetrando nuestras sonrisas antes de que Isabella arrancara la furgoneta para salir de allí lo antes posible.
Posiblemente a ambos se nos hiciera el camino hasta mi piso inmensamente largo, antes de poder cruzar la puerta a nuestro sitio seguro para besarnos hasta que nos dolieran los labios mientras nuestras manos se dedicaban a desnudarnos mutuamente con desesperación.
Ni siquiera nos dio tiempo a llegar a la habitación, ambos terminamos haciendo el amor en el sofá, disfrutando de cómo su cuerpo se dejaba sacudir por su instinto animal.
Hacerle el amor era un subidón de adrenalina tan adictivo como una droga.
Tras verla llegar al orgasmo abrazada a mi cuerpo, el silencio se hizo tras el sonido de sus gemidos, con su cuerpo temblando tras aquella sensación de liberación.
Me tomé unos segundos para admirar cómo sus labios hinchados de tantos besarnos, se abrían para coger aire, acomodando su cabeza sobre uno de los cojines dejando su cabello colocado como si fuera un hermoso abanico castaño claro con mechas rubias.
Sus ojos tras suspirar se abrieron encontrándose con los míos admirándola.
Me incliné hacia ella, acariciando su cuello con mi nariz, para ir regalándole pequeños besos hasta subir por su mandíbula, llegando a sus labios de nuevo, que me recibieron con una sonrisa.
Su boca se aferró a la mía antes de que sus brazos volvieran a envolver mi cuello.
Tras varios besos, sus manos acariciaron mis mejillas, dejándome de nuevo la oportunidad de contemplar su sonrisa.
—¿Te ha gustado? —preguntó recorriendo mi cara con sus ojos.
Fruncí el ceño extrañado por aquella pregunta, dejando caer con cuidado mi cuerpo al lado del suyo. Movimiento que ella aprovechó para acomodar su cuerpo abrazado junto al mío.
—¿Tú qué crees? —Pasé una de mis manos sobre mi pelo para peinarlo hacia atrás sin dejar de observar cómo alzaba levemente sus hombros.
—No me has contestado —dijo colocando su cabello sobre su hombro izquierdo para luego sujetar su cabeza sobre su brazo.
Acaricié varios mechones que le caían sobre su brazo asin tiendo con una sonrisa.
—Muchísimo… ¿Y a ti? ¿He superado ya al Rubén de tus fantasías o… tengo que seguir practicando?
Isabella dejó caer su cabeza sobre mi pecho riéndose avergonzada de recordarle aquella conversación.
—Vas por buen camino… —respondió sonriendo al levantar de nuevo su cabeza.
Incliné mi cabeza hacia sus labios para besar su sonrisa, abrazándonos tras aquel beso.
—¿Por qué me lo has preguntado? —Acaricié su cabello entre mis dedos. La sentí suspirar sobre mi pecho.
—No sé, es que… muchas veces he llegado a pensar que… Quizás haga algo que haga que terminen desilusionándose después de acostarse conmigo.
—¡Claro que no!
Recorrí su rostro con los ojos, acariciando su piel con la mano que descansaba sobre su hombro.
—Estar contigo es… Bff —dije robándole una tímida sonrisa.
—¿Bff? —preguntó divertida.
—No existen palabras que puedan definirlo. Jamás había disfrutado con nadie como disfruto contigo.
Inhalé lentamente observando cómo sus labios se torcían al sonreír.
—Seguramente lo que les pasaría es que se sintieron inseguros al tener a una mujer como tú al lado… Y por eso buscaron levantar su orgullo por ahí…
—¿Y tú…? ¿No te sientes inseguro?
—Claro que me siento inseguro… Pero de que te canses de mí… o de que conozcas a alguien mil veces mejor que yo.
—No creo que exista alguien mejor que tú… —respondió con una amplia sonrisa, humedeciendo sus labios.
De pronto sus ojos se entristecieron, viendo cómo su sonrisa de apagaba paulatinamente.
—Y si eso llega a pasar… —Su voz sonaba preocupada.
—¿El qué?
—Cansarnos el uno del otro, cuando estemos semanas sin vernos.
—Eso no va a pasar —respondí rápidamente con toda la seguridad del mundo. Seguridad que llamó la atención de Isa—. ¿Sabes por qué?
—¿Por qué?
—Porque antes de que todo eso pase, allí estaré contigo en Miami.