Capítulo 9 #7
Vi cómo sus labios volvían a sonreír al escucharme bromear para relajar el momento tenso que acabábamos de tener, agarrando la mano con la que le había dedicado una leve caricia, agradeciéndome el gesto.
Al alzar los ojos, mi mundo se paró al ver a Isabella acercarse con sus manos descansando sobre su bolso colgado en forma de bandolera, sujetando la mano de Violeta que caminaba mirando al suelo.
Nuestros ojos se miraron con sorpresa al coincidir en aquel lugar.
Vi cómo la sonrisa que se le había dibujado en la cara al verme, se le borró rápidamente al ver a Laura acariciar mi mano.
Sus ojos me miraron esta vez con sorpresa, apartando la mirada al pasar por mi lado, escondiéndose bajo aquella gorra mientras salía acompañada de Agustín que la dirigía agarrando su cintura mientras hablaba por teléfono.
Suspiré incómodo apartando la mano con delicadeza antes de girarme levemente, buscándola.
Al mirar de nuevo al frente, vi a María agarrada del brazo de Irene.
Estas últimas sí me dedicaron una amplia sonrisa al verme.
Irene sí alcanzó su mano para que la agarrara en forma de saludo antes de irse con los demás.
Sabía que aquel simple gesto me iba a traer problemas.
La conocía. Había visto cómo sus ojos habían mirado aquel inocente gesto de consuelo.
En circunstancias normales me habría levantado para ir tras ella a explicarle, pero siendo ella quien era me tocaba aguantar el chaparrón hasta que pudiera verla.
Laura me miraba curiosa tras el detalle de Irene al pasar por mi lado.
—¿No es muy joven para ti? —preguntó riéndose.
—Es la sobrina de una amiga mía… —dije incómodo con una leve sonrisa.
—¡Ah! Ya estaba preocupándome.
Sonreí desviando la mirada hacia atrás de nuevo buscando restos de ellos. Respiré profundamente al volver a mirar hacia Laura, dedicándole una breve sonrisa antes de alzar la mano para llamar al camarero.
—Deberíamos irnos… No quiero que me echen de menos en el hospital.
—Claro, déjame que te invite —respondió buscando su cartera dentro del bolso. El camarero se acercó hacia nosotros con la cuenta.
—Aquí tienen —dejó el papel sobre la mesa junto con el datáfono.
—No, por favor… —dije agarrando la cuenta—. Deja que te invite.
—Claro que no, ha sido idea mía invitarte a comer.
—Pero me has sacado del hospital un rato, así que déjame que te invite como agradecimiento… —Saqué la cartera del bolsillo de mi chaqueta ofreciéndole la tarjeta al camarero—. La próxima invitas tú.
—Hecho —asintió con una sonrisa.
Al terminar de pagar, salimos del restaurante mientras me colocaba de nuevo la chaqueta, buscando involuntariamente el rastro de Isabella.
Aunque fuese ver su mirada de enojo por última vez.
Pero en aquel aparcamiento solo había unos pocos coches y ni rastro de ella ni de su familia.
De camino al hospital revisé mi teléfono para ver si me había escrito algo, pensando que lo mejor sería llamarla en cuanto llegara.
Laura detuvo el coche sin apagar el motor, poniendo las cuatro luces.
—Gracias por la comida —dije desabrochando el cinturón de seguridad.
—Gracias a ti, que has sido quien ha pagado…
—Bueno, la próxima dejo que me invites tú. —Le dediqué una leve sonrisa antes de abrir la puerta.
—Cuando quieras —respondió en voz baja mirándome nuevamente de aquella manera que tan familiar se me hacía entre las mujeres.
Antes de que pudiera salir, Laura se acercó a besar mi mejilla con un beso lento. En otras circunstancias, habría aprovechado aquella cercanía al despegarse para besarla en la boca, pero era la primera vez que me sentía incómodo, imaginando qué pensaría Isabella si me viera.
—Ve con cuidado… —dije abriendo la puerta para poner distancia.
—Sí, tranquilo… Hablamos para la próxima.
—Claro.
Sonreí brevemente antes de ocultar mis manos dentro de los bolsillos del pantalón dirigiéndome de nuevo al interior.
Comprobé que todo estuviera tranquilo antes de sentarme en los vestuarios para llamar a Isabella.
El corazón me palpitaba a toda velocidad al escuchar los tonos e imaginar a Isa mirando su teléfono sonar enfadada.
Cogí aire al ver que no tenía intención de responder.
Antes de que entrara en buzón, colgué para llamar al número de Agustín.
Este en cambio respondió al segundo tono.
—¿Qué pasó? Tantos años siendo amigos para terminar siendo tu segundo plato… Estaba con ella.
—No te me pongas celoso, mi amor —dije aliviado al escuchar su respiración tras disimular la sonrisa—. Está contigo, ¿verdad?
—Así es… —dijo en un tono que sabía perfectamente que tenía el teléfono en altavoz—. ¿Quieres que le diga algo?
—Sí… Dile que, que… —dije sabiendo que estaría escuchando—. Que me llame cuando pueda, por favor… Es importante.
La puerta de los vestuarios se abrió para dejar entrar a Susana, mirándome totalmente confundida.
—Pensé que después de la charla que habíamos tenido esta mañana, te irías a comer con tu chica… Y al salir a fumar veo que sales del coche de Miss piernas largas… ¿Qué coño os pasa a los hombres? ¿Es que siempre pensáis con la polla o es que la visita de Roig te dejó aún más idiota de lo que eras?
Me levanté rápidamente del banco de madera pidiéndole que se callara, colocando mi dedo índice sobre mi boca, tratando de colgar la llamada. Susana vio mi teléfono contar los segundos antes de que pudiera colgar, dándose cuenta de que había metido la pata al verme frotar mi rostro.
—Lo siento…. —susurró antes de cubrir su boca con una de sus manos. Respiré hondo antes de mover la cabeza negando para quitarle importancia—. Mejor me voy —dijo abriendo de nuevo la puerta.
Antes de que pudiera responder mi teléfono volvió a sonar, cogiendo aquello Susana como una señal para irse, dejándome con un problema más del que ya tenía. El nombre de Agustín parpadeaba sobre mi pantalla, ansioso al otro lado de teléfono por saber qué era lo que había pasado.
—Sí, dime.
—¿Qué fue eso?
—La cobertura… en los vestuarios que es horrible.
—¿Qué es eso de la visita de Roig? ¿Marc estuvo en el hospital?
—Nada importante… —Cogí aire mientras daba vueltas en círculo por los vestuarios—. Vino para que le revisara el ojo por el golpe de anoche, nada más.
—¿Seguro? —insistió—. He quitado el altavoz…
—Tengo que volver al trabajo… pero por favor, dile a tu hermana que me llame… Por favor.
—Está bien… Pero te aviso que está enfadada porque te vio haciendo manitas con «Miss piernas largas».
Aquello me confirmó que habían escuchado a Susana. Pude escuchar su voz de fondo regañándole mientras Agustín se reía.
—Dile que me llame, por favor.
Volví a repetirle antes de colgar. Tenía la sensación de que era la relación más corta que había tenido.
Si es que podía llamarlo relación. Tenía la conciencia tranquila porque sabía que no había hecho nada malo, pero no podía permitirme este tipo de malentendidos con ella.
No pude controlar estar el resto del día distraído.
Recordando el microsegundo en el que su sonrisa al verme agarrado de la mano de Laura se transformó.
Su rostro pasó de aquel sentimiento de emoción a la decepción.
Las horas pasaron mirando el teléfono cada minuto, esperando que me dijera algo, que respondiera a mis disculpas.
Al llegar las ocho de la tarde, volví a dejar la bata hasta mañana, saliendo del hospital, comprobando de nuevo el teléfono mientras caminaba en dirección al parking.
Al llegar donde se encontraba mi moto aparcada, los destellos de unas luces llamaron mi atención.
Al quitar las largas vi su furgoneta Volkswagen California marrón y blanca.
Con una sonrisa de oreja a oreja guardé mi teléfono en la bolsa antes de colgármela atrás para acercarme.
Al apartarme del destello de sus faros pude verla esperándome con el rostro serio, con su codo sobre el borde de la ventana.
Isabella abrió los pestillos para que pudiera entrar.
Nada más sentarme, sonreí al disfrutar nuevamente de su perfume y de verla.
Ella no quería darse cuenta, pero a mí me hacía feliz con solo verla, aunque fuese allí sentada mirándome enfadada.
—Hola —la saludé sin poder disimular la ilusión de verla.
Sus ojos me miraban fijamente, en silencio, procesando—.
Oye… siento mucho no haberte contado que comería con Laura…
Cuando volví de tu casa, se complicaron las cosas un poco por aquí y olvidé contarte…
Lo siento —me disculpé mirándola. Admiré en silencio la anatomía de sus labios, de sus enormes ojos oscuros, sus manos sujetando su cabeza y agarrando él volante—.
Si te sirve de algo, jamás podría tener algo con piernas largas.
Primero… Porque me gustan más las tuyas…
—Vi cómo aquello provocó que su mandíbula se tensara al tratar de evitar sonreír.
—¿Y segundo? —dijo rompiendo su silencio.
—Porque me atropelló… —dije de forma divertida—. Sería claramente una relación tóxica… —Isabella giró su cabeza llevando sus nudillos a sus labios para tratar de esconder su sonrisa, aunque sus pómulos la descubrieran al elevarse al reírse en silencio.
—¿Por qué nunca me has hablado de ella? —Dejó su mirada perdida sobre el volante.
—Porque el día que la conocí, fue cuando me pediste tiempo para pensar en nosotros… —Me acomodé en el asiento sin dejar de mirarla—. Lo siento…
Volví a disculparme al verla bajar sus manos sobre sus piernas mientras suspiraba. Llevé una de mis manos hacia la suya, buscando sus dedos para entrelazarlos.
—Te juro que ha sido una comida de amigos… —dije en voz baja observando cómo su pecho se inflaba antes de dirigir sus hermosos ojos sobre mí.
—¿A qué vino Marc aquí? —preguntó mirándome fijamente—. ¿Vino a amenazarte?
—Vino a pedirme que no contara nada de lo que pasó anoche. —Sus ojos me miraron fijamente.
—Mientes… —susurró lamiendo sus labios—. Sé cuándo mientes…