Y en el medio, tú: 1 Capítulo 9 #5
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Capítulo 9 #5

—Follábamos mucho al principio, quizás por el morbo de que ambos estábamos engañando a nuestras parejas, ¿gracioso no?

—¿Qué es lo que quieres? Algunas personas tenemos trabajo —le corté antes de no poder controlarme.

—No quiero verte cerca de ella —dijo en tono amenazante—. No quiero que la toques, ni que la mires. —Mordí mi labio inferior asintiendo levemente antes de acercarme a él.

—Me importa poco lo que tú quieras —respondí aguantándole la mirada—.

¿Tu novia sabe qué fuiste anoche a intentar violar a tu exmujer?

—pregunté viendo cómo su rostro se transformaba, llenándose sus ojos de ira—.

¿Qué mentira le has soltado cuando te ha visto el ojo así?

Si quieres, podemos salir ahí fuera y contarles a todos esos periodistas la basura que eres.

—Vas a arrepentirte de haber vuelto de tu puto país. —Asentí haciéndome a un lado señalándole la puerta.

—Lárgate.

—O si no, ¿qué?

Respiré hondo devolviéndole la mirada.

—Lárgate de una puta vez.

Asintió con soberbia mirándome de arriba abajo.

—Y como vuelvas a intentar a hacerle daño a Isabella, todo el mundo se enterará de que llevas años robándole dinero de sus cuentas —le advertí con una sonrisa irónica.

—No tienes pruebas de nada. —Sus ojos se clavaron en mí llenos de ira.

—Será mejor que no quieras comprobarlo.

Estaba probando de su propia medicina, por eso estaba que se subía por las paredes.

Marc no era tonto y sé que no sabía cómo podría reaccionar si se veía acorralado, ni como perjudicaría a Isabella si lo cabreaba más, pero no iba a dejar que me amenazara.

Marc pasó por mi lado dándome un empujón para provocarme.

Colocando su dedo índice sobre mi pecho.

—Estás advertido. —Clavó su dedo en mi pecho—. No te acerques a Isabella.

—Lárgate —respondí achuchando mi pecho contra su dedo.

—Siempre fuiste un parásito. Un carroñero, esperando el momento para pegarte a ella… Un oportunista.

—Aquí el único parasito oportunista que ha habido desde el principio, has sido tú —dije con la mirada fija sobre él observando su sonrisa socarrona—.

Estás de mierda hasta el cuello, Marcos Roig, así que no te conviene seguir cabreándome —dije siendo yo esta vez quien lo señalaba—.

Si no te maté anoche cuando te vi intentando violar a Isabella fue por Violeta, porque ella no tiene culpa de la basura que tiene como padre, pero no sigas provocándome… porque mi paciencia tiene un límite.

—Uhh qué miedo. —El sonido de su risa me hervía la sangre aún más—. El cubanito está mostrado su verdadera cara…

—Lárgate antes de que te deje el otro ojo igual o peor —dije entre dientes respirando para no perder la poca paciencia.

—Por cierto… —dijo girándose mientras andaba de espaldas en dirección a la puerta—. Ten cuidado, últimamente la gente aquí en España se está volviendo muy racista, no me gustaría que te pasara algo.

—¿Eso es una amenaza? —pregunté aguantándole la mirada.

—Un consejo, como amigo.

Vi cómo caminaba lentamente hacia la puerta mientras se acomodaba de nuevo las gafas antes de salir.

Mi primera reacción fue sacar el teléfono para llamar a Isabella y prevenirla, pero antes de pulsar su nombre rectifiqué.

Contarle solo empeoraría más la situación.

No quería preocuparla más después de lo que vivió anoche y menos en su cumpleaños, rodeada de su familia.

A los minutos de irse Marc, Susana apareció en su despacho, tocando la puerta antes de entrar.

Dejé de frotar mi rostro para incorporarme, alejándome de la mesa al verla entrar.

Mis dedos se aferraban al filo de su mesa llenos de rabia.

—¿Todo bien? —preguntó al verme.

—Sí.

—Pues no lo pareces…

Inhalé lentamente alejándome de la mesa. La mano de Susana se posó sobre la boca de mi estómago para detenerme.

—¿Habéis discutido?

—Más o menos.

—¿Es por Adriana?

—Lo siento, Susi, tengo que salir un segundo… Discúlpame.

Me excusé antes de salir, dedicándole una leve sonrisa antes de irme.

Iba tan absorto en mis cosas que estuve a punto de chocarme varias veces con la gente que caminaba por el hospital mientras me dirigía a los exteriores para fumarme un cigarro.

Una de las enfermeras me ofreció uno al verme rebus car en mis bolsillos, maldiciéndome por haberme dejado mi paquete de tabaco en la chaqueta.

Tras agradecerle el gesto, me retiré en busca de algo de silencio para ordenar todo lo que andaba procesando mi cabeza, fumando con ansiedad para calmar la rabia que sentía.

Después de la cuarta calada, respirando el frío y contaminado aire de Madrid en absoluto silencio, la vibración de mi teléfono me trajo de nuevo.

Suspiré al ver el nombre de Laura. Con todo esto del asunto de Marc, había olvidado avisarla.

Terminé aquel cigarro antes de responder.

—Hola, Laura.

—Ey, ¿sabes ya la hora en la que estarás libre?

—Eh… —Revisé mi reloj, comprobando que eran casi las dos.

—Había pensado que, si no tenías mucho tiempo, podíamos comer en la cafetería del hospital. —Miré a mi alrededor, mirando de nuevo el reloj antes de responderle. Quizás salir de aquí me vendría bien. Necesitaba distraer mi cabeza.

—Preferiría salir un rato del hospital, me vendría bien tomar algo de aire.

—Pues mueve el culo que tengo hambre, te espero en el aparcamiento —me regañó antes de colgarme.

Salí de las zonas comunes avisando a Susana con un mensaje de que estaría fuera comiendo.

Pasé por mi taquilla para cambiarme nuevamente de ropa y cogiendo la chaqueta antes de salir al parking.

Al atravesar la puerta, vi su coche aparcado al lado de una farola, con las luces de emergencia puestas.

Observe cómo su atención estaba fija sobre su teléfono antes de desviar la mirada para encontrarse conmigo.

Conocía esa forma de mirar. La manera en la que sus labios se torcían para sonreír nada más verme.

Había visto esa mirada muchas veces en el rostro de las mujeres y me había aprovechado demasia das veces de eso.

Tragué saliva lanzándole una breve sonrisa antes de abrir la puerta del copiloto.

—¿Llevas mucho esperando? —pregunté entrando en el coche.

—No, no te preocupes —dijo quitándole importancia mientras se acercaba para saludarme con un beso en la mejilla.

—Bueno… ¿Adónde vamos?

—Conozco un sitio por aquí cerquita, que se dé buena mano que se come bien. —Sus manos se dirigieron al volante tras arrancar el coche.

—Genial… —respondí viendo cómo nos alejábamos del hospital.

Me acomodé incómodo en el asiento, observando brevemente cómo dejábamos el hospital atrás.

—¿Has tenido un mal día? —preguntó llamando mi atención.

Giré levemente la cabeza hacia ella observando cómo el sol calentaba la mitad de su rostro. Negué levemente dejando caer mi brazo sobre el marco de la puerta.

—Los he tenido peores…

—He visto un montón de paparazzi en la puerta al llegar, ¿es que habéis tenido alguien famoso o qué?

Suspiré desviando la mirada al frente tratando de adivinar por dónde íbamos.

—Eh… Sí, algo así —dije viendo cómo mordía sus labios tratando de disimular la sonrisa—. Te mueres de ganas de saber quién es, ¿cierto?

Laura sonrió asintiendo, dedicándome una breve mirada antes de volver a centrar su atención en la carretera.

—Ya que me cuentas el chisme, te agradecería que fuera completo.

—Era Marc Roig. —Pronuncié su nombre atragantándose en mi boca.

Laura giró su cabeza, aprovechando que habíamos parado en un semáforo para mirarme con los ojos abiertos de par en par, llena de asombro.

—¿Marcos Roig estuvo en el hospital? —preguntó sorprendida.

—Por favor, no me digas que te gusta.

—¡Me encanta! —añadió emocionada—. Está buenísimo.

—Por dios —murmuré inhalando profundamente.

—Tuve la suerte de conocerlo hace tiempo en una reunión que se hizo de propietarios de la urbanización, no tenía ni idea de que vivíamos en la misma urbanización.

—Sus palabras llenas de admiración me molestaban—.

Iba con la tía esta… ¿Cómo se llama? Esa de la que se ha divorciado, que por cierto no pegaban ni con cola…

—Isabella. —Pronuncié su nombre para que no volviera a llamarla así.

—Esa… —respondió con desgana—. No sé qué pudo verle… con esos pelos que parece que no se ha peinado en la vida…

Me quedé varios segundos viendo cómo su rostro hacía una breve mueca de desagrado.

—No vale un duro, ni siquiera como artista, está sobrevalorada…

—¿Sobrevalorada? —repetí en voz baja mirándola.

—¿Escuchaste su última canción echando por tierra al padre de su hija? Qué ridícula… Parece que se le olvidó que tiene una hija con él.

Negó indignada mientras la miraba perplejo de escucharla defender a Marc.

—No entiendo el hype que hay por ella… Bueno sí, porque a los hombres os encanta verla mover las caderas para imaginaros cómo sería acostarse con ella…

Pero si os tomarais el tiempo para escucharla, os daríais cuenta de que ni siquiera canta bien, por no hablar de que su música suena toda igual… Es vulgar y repetitiva. En cambio, él…

—Él es un idiota que tampoco pensó en su hija cuando estaba follándose a otra que no era su mujer —respondí interrumpiéndola.

Giró su cabeza para dedicarme una breve mirada de desaprobación al escucharme.

—Vale, está claro que eres team Isabella —dijo aparcando al llegar al restaurante.

—¿ Team qué? —pregunté confundido—. Lo que no entiendo es cómo puede gustarte un tío que es un cerdo narcisista…

¿Las tías no tenéis un código donde os apoyáis unas a otras o qué?

—añadí desabrochando el cinturón de seguridad.

Vi cómo me miraba mientras desabrochaba su cinturón de seguridad, dedicándome una amplia sonrisa.