Y en el medio, tú: 1 Capítulo 9 #4
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Capítulo 9 #4

Ambos nos miramos diciéndonos más con la mirada que con los labios. Isabella desvió la mirada de nuevo hacia la caja para sacar uno de los seis paquetes que le había traído.

—Supe que mi hermano fue anoche a hablar contigo —dijo preocupada—. Lo siento, si fue grosero contigo, no debí contarle…

Llené mi pecho de aire acercándome discretamente a ella, pasando una de mis manos sobre mi barbilla para rascarla, buscando las palabras para no crear más conflicto entre ambos.

—Tu hermano hizo lo que cualquier hermano haría… —dije perdiéndome en aquellos ojos café perfilados con lápiz negro sobre el parpado—. Deberías haber escuchado las cosas que le dije al marido de mi hermana…

Isabella sonrió aliviada. Podía ver cómo su cuerpo se relajaba, cómo acomodaba los mechones que se le habían quedado fuera del moño con su sonrisa gobernando su rostro. Sonrisa que se fue apagando paulatinamente antes de mirarme de nuevo.

—Cree que estamos cometiendo un error… —dijo en voz baja buscando alguna respuesta en mi mirada—. Que terminaremos haciéndonos daño sin querer… y que te irás como han hecho todos…

Suspiré escuchándola, dándome cuenta de que las mismas palabras que Agustín me había dicho a mí, también se las había dicho a ella. Agarré la caja que le había regalado dejándola sobre el sofá, mirando a nuestro alrededor antes de perderme de nuevo en sus ojos.

—Por eso he querido venir a verte…

Su mirada se entristeció antes de desviarla para otro lado, escondiendo sus manos dentro de sus bolsillos.

Sus pies se movieron sutilmente tomando distancia entre los dos.

—Pues… tú dirás —dijo alargando las palabras—. Te escucho…

—Aunque me duela aceptarlo, tu hermano sí que tiene razón en algo que me dijo… —Isa asintió apretando sus labios.

—¿En qué?

—En que me moría de ganas de que esto pasara.

Isabella volvió a mirarme. Le dediqué una breve sonrisa acortando la distancia que ella había puesto entre los dos.

—Por eso no quiero desaprovechar lo que sea que viste en mí. —Nuestros ojos se miraron intensamente.

Isabella se acercó lentamente a mí con su imponente e hipnótica mirada clavada sobre mis ojos.

—Soy consciente de que nada volverá a ser como antes entre nosotros… No sé si esto es pasajero o será pa siempre, pero… te has adueñado de todo mi presente.

Las manos de Isabella salieron de sus bolsillos para agarrar mi cara, acercando su rostro con decisión hacia mí para besarme.

Mi boca sonrió al sentir sus labios antes de corresponderle con la misma intensidad que sus labios besaban los míos.

Fue un beso corto, pero lleno de sentimientos.

Besé su frente al despegarnos, viendo cómo saboreaba sus labios antes de morderlos.

Nuestros ojos se dedicaron una mirada cómplice al escuchar pasos acercarse a nosotros, limpiándome rápidamente los labios de restos de su pintalabios antes de alejarse de forma divertida.

—¿Isabella?

Isabella se giró tratando de disimular su sonrisa, rascándose la cara. Se aclaró la garganta volviendo a meter una de sus manos dentro de los bolsillos.

—En el salón, Pau —dijo avisándola.

—¡Ah! —Sonrió al verla acariciando su brazo antes de dirigir su mirada hacia mí—. Disculpa, no sabía que seguías ocupada.

—No te preocupes… —Carraspeó mirándonos a ambos—. Os presento…

Su boca apretó brevemente sus labios alzando sus cejas.

—Él es Rubén

—¡Oh! —Paula exclamó llena de sorpresa.

—Un gusto —dije acercándome para saludarla.

—Rubén, ella es Paula, mi mánager y mi una de mis mejores amigas.

—Ya tenía ganas de conocerte —dijo con una sonrisa mirando a Isabella antes de darme dos besos—. Y perdonad la interrupción, ¿eh?

—No pasa nada —respondí entrelazando mis manos tras mi espalda.

—Rubén vino a traerme otro regalo de cumpleaños —Isa mencionó acercándose junto a Paula a la caja.

—¿Otro? —preguntó Paula mirando con complicidad a Isabella—. Qué detallista…

Sonreí al ver cómo Isabella le daba un breve codazo antes de enseñarle las bolsas de Gudiz que le había traído.

Por la sonrisa de Paula al ver el regalo, estaba seguro de que me conocía antes de presentarnos.

Paula era casi de la misma altura que Isabella, quizás un poco más alta.

Era esbelta y tenía el pelo negro, largo hasta los hombros.

—Debió de costarte mucho encontrarlos. —Sentía en su voz cómo trataba de rascar para ver qué averiguaba—. Te puedo asegurar que como su mánager, mi deber es encontrar imposibles para hacerlos realidad… Y esa marca no he sido capaz de encontrarla en ningún lado.

—Supongo que he tenido suerte… —Lamí mis labios escondiendo mis manos dentro de los bolsillos de mi pantalón.

—Por supuesto —respondió antes de girarse para mirar de nuevo a su amiga.

Isabella acercó su cabeza a la de Paula cuando esta comenzó a susurrarle algo en el oído.

Isa asintió dedicándole una leve sonrisa tras acariciar su brazo al separarse.

Desvié la mirada girándome de nuevo para darles un poco de intimidad, recorriendo aquel salón con la mirada mientras mordía mi labio inferior nervioso.

—Perdona, Rubén —Paula se disculpó al terminar de hablar con Isa, haciéndome girar de nuevo al escucharla.

—Nada, no hay problema…

Isabella pasó sus dedos por su nuca acercándose a mí, tensa por la situación.

—¿Te importa si te llamo en un rato? —preguntó en voz baja al acercarse a mí con una tímida sonrisa—. Tenemos algo de lío por aquí y… Luego iremos a comer con Violeta y mi familia…

—Tranquila… —respondí en voz baja mirándola—. Tú me avisas…

—Créeme que, si dependiera de mí, te pediría que te quedaras… —dijo disculpándose. Sonreí acariciando su brazo.

—Está bien, no te preocupes… Yo tengo que volver al hospital…

Miré brevemente a Paula que fingía que no nos miraba.

—¿Sabe que la veo mirarme tras el paquete de Gudiz?

Aquella pregunta provocó una leve carcajada de Isabella que captó la atención de su amiga. Ambos nos reímos en silencio antes de besar su frente con cariño, notando cómo sus dedos se aferraban con sutileza a mi camiseta.

—Hablamos luego —dije tras aquel beso dedicándole una breve caricia en la mejilla.

—Gracias… por todo —respondió en voz baja tratando de ocultar la sonrisa al cubrir entre sí sus labios.

Le dediqué un leve guiño antes de mirar de nuevo hacia Paula.

—Un placer. —Agarré mi chaqueta antes de despedirme de Paula.

—Igualmente, Rubén —respondió antes de besar mi mejilla.

Me giré rápidamente para volver a mirar a Isabella antes de irme, dejando que mis labios sonrieran sin tener que disimular.

Salí de allí con la sensación de flotar, como si mis pies no rozaran el suelo y con la sonrisa puesta.

La felicidad era algo efímero, era algo que había aprendido a base de golpes.

Y justo eso fue lo que pasó cuando al llegar de nuevo al hospital, vi una decena de periodistas esperando en la puerta.

Al entrar, Susana me esperaba sentada junto a mi taquilla con sus piernas cruzadas e inmersa en la pantalla de su teléfono.

—¿Por qué hay tanto revuelo fuera? —pregunté dejando el casco en el banco para quitarme la chaqueta.

—Menos mal que has venido. —Susana se levantó nada más escucharme—. Estaba a punto de llamarte…

—¿Ha pasado algo? —La miré preocupado quitándome el jersey para colocarme el uniforme.

—Marcos Roig está aquí.

Aquel nombre de boca de Susana me hizo terminar de ponerme el uniforme a cámara lenta.

—¿Y qué hace aquí? —pregunté atándome el cordón del pantalón.

—No lo sé, se presentó aquí hará quince minutos, quizás algo más… Y dijo que quería hablar contigo, así que le pedí que te esperara en mi despacho.

—Gracias.

—No sabía que conocías al exmarido de Isabella Chadid —dijo intrigada.

—Sí, era amigo de Adriana…

Miré pensativo hacia la puerta. Marc no era de los que se dejaba ver a no ser que fuera importante. Seguramente vendría a amenazarme para que no contara nada de lo que pasó anoche.

—¿Por qué nunca me cuentas esas cosas? —Sus ojos se abrieron de par en par.

—Porque me habrías chantajeado para que te presentara a Isabella.

—¡Exactamente por eso tenías que habérmelo dicho! ¿Sabes cuánto amo y admiro a esa mujer? ¡Es una diosa! ¡Una reina!

Le dediqué una breve sonrisa antes de salir de los vestuarios dirección al despacho de Susana para ver qué era lo que quería Marc.

Escuchaba los murmullos de la gente mientras caminaba.

Al llegar a la puerta del despacho de Susana, cogí aire para soltarlo en forma de resoplo antes de abrir.

Marc se giró al escuchar la puerta abrirse, mirándome a través de unas gafas de sol oscuras de pasta azul, del mismo color que el jersey que llevaba.

—Me han dicho que estabas buscándome —dije al cerrar la puerta al entrar.

Marc se quitó las gafas dejándome ver su ojo izquierdo morado. Su mirada era desafiante, al igual que su lenguaje corporal, sujetando sus gafas entre las manos y sacando pecho.

—Si has venido buscando una disculpa… —dije poniéndome de lado señalándole la puerta.

—Podría hacer que te quitaran hasta la colegiatura, lo sabes ¿no?

—Hazlo —respondí desafiándole.

Su sonrisa provocadora aumentaba el odio que despertaba en mí. Respiré profundamente, cruzando los brazos, deseando que terminara de decir lo que fuera que quería decirme y se largara.

—¿Desde cuándo te estas follando a mi mujer? —preguntó acercándose a mí.

—Exmujer —dije recalcándole, cosa que él pareció hacerle mucha gracia.

—Sabes que solo te está utilizando para olvidarse de mí, ¿no? —Su sonrisa burlona volvió a aparecer en su rostro.

—Eso es problema mío, no tuyo…

Asintió soltando el aire por la nariz mientras rascaba sus mejillas.

—Te sientes especial y eso te tiene gallito, lo entiendo. —Guardó sus manos en los bolsillos mirándome—. La primera vez que me la follé, me sentía igual… Sobre todo, porque aún estaba con el novio ese argentino que tenía…

Sus cejas se alzaron al comenzar a sonreír con todo el cinismo del mundo.

—Se sentía tan poquita cosa, tan insegura y desprotegida, que fue fácil engatusarla.

Respiré profundamente controlando mis ganas de dejarle el otro ojo morado.