Y en el medio, tú: 1 Capítulo 9 #3
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Capítulo 9 #3

—Vete a comer con ella si quieres, mientras no te avisen…

—Gracias.

—Aunque creía que tenías novia.

Sus labios se abrieron para sonreír al ver mi cara de asombro.

—¿Novia?

—Sí.

—¿Por qué creías eso?

—Por cómo le sonríes al teléfono y porque ahora es más complicado que te ofrezcas para una guardia…

—Yo no le sonrío a teléfono —reclamé frunciendo el ceño antes de darle un sorbo al café.

—¡Claro que sí! Y además se te pone justo la sonrisa tonta que tienes ahora mismo.

Traté de disimular dándole otro sorbo aquel café, relamiéndome al terminar mientras desviaba la mirada al ventanal que teníamos a mi izquierda.

—¿Quién es? ¿La conozco? —preguntó curiosa.

—No es nadie —dije calentándome las manos alrededor de aquella taza—. Además es complicado…

—O sea que sí hay alguien… —Rodó los ojos antes de vol ver a mirarme—. ¿Complicado? Complicado es tener que certificar la muerte de un niño de dieciocho años después de venir en muerte cerebral tras un accidente…

—Ya… —Apreté la mandíbula perdiéndome en las burbujas del café—.

—¿Es casada? ¿Viuda?

—Divorciada —dije mirándola—. Y tiene una niña de ocho años.

Susana cerró levemente los ojos mientras se acomodaba en la silla, chasqueando la lengua mientras negaba con la cabeza.

—Más que complicado es un marrón.

—Y se muda a Miami a finales de año… —añadí volviendo a agachar la mirada hacia mi café.

—Madre soltera, divorciada, relación a distancia… Sal de ahí, eso no es para ti —dijo alzando sus cejas.

Alcé la mirada viendo su rostro serio mientras su cabeza seguía moviéndose lentamente negando. Cogí aire a la misma vez que echaba la espalda hacia atrás, sintiendo el incómodo respaldar de plástico sobre mi espalda.

—¿No crees que pueda funcionar? —pregunté temiendo por primera vez la respuesta de alguien ajeno a la identidad de ella y a la situación.

—¿Tú quieres que funcione? —preguntó clavando sus ojos azules sobre mí.

—Por supuesto que sí-

—Pues la impresión que a mí me da es que mientras te decides, sigues buscando con quién entretenerte… por si sale mal.

—Yo no busco entretenerme con nadie.

—¿Y tú comida con Miss piernas largas?

—Laura es solo una amiga. —Ella asintió en silencio mien tras yo negaba con la cabeza—. Es una comida nada más

—Claro… Por eso vas a comer con ella en lugar de con la mujer con la que tienes una situación complicada. —Me miró sarcásticamente—. Si a mí me gustara alguien que sé que puede irse a otro país a finales de año, aprovecharía para estar con él lo máximo posible…

—Ella no quiere que esté mientras esté su hija con ella —dije justificándome.

—Seguramente sea porque no querrá que se ilusione contigo por si las cosas no salen bien. —La miré en silencio procesando sus palabras.

—No lo había pensado… —susurré suspirando.

—Ese es el problema que tenéis todos los hombres, que no pensáis… Tenéis dos cabezas y no sabéis utilizar ninguna de las dos.

Alzó sus cejas con una breve sonrisa fingida. Respiré profundamente acercando mi cuerpo a la mesa para que nadie pudiera escucharme, tragando saliva antes de humedecer mis labios.

—Es la primera vez en mi vida que tengo miedo de perder a alguien, Susi… —me sinceré mirando a mis manos frotarse entre sí—. Y por más ganas que tenga de que se quede, no puedo pedírselo…

—Es que no tienes ningún derecho a pedírselo tampoco —dijo obligándome a mirarla—. Es su decisión… Y si te gusta tanto como dices, vas a tener que respetarla.

—¡Susi! —una enfermera la llamó interrumpiendo nuestra conversación.

Susana suspiró alzando sus ojos, dedicándome una breve sonrisa mientras se levantaba de su asiento.

—Si de verdad crees que esa mujer merece la pena, aprovecha para estar con ella todo el tiempo que puedas —dijo colocando una de sus manos sobre mi hombro—. Pero si no sientes que pueda funcionar, vete antes de hacerle daño… Sobre todo antes de que esa niña se encariñe contigo.

—Gracias… —susurré pensando sus palabras.

—Cien euros, precio de amiga. —Pasó su mano por mi cabeza, despeinándome—.

Ya me contarás. —Me dedicó una leve caricia antes de irse con el portátil.

Contemplé unos segundos más la ciudad desde el ventanal de la cafetería, buscando mi teléfono entre mis bolsillos.

Al desbloquear el teléfono, sonreí al ver la foto de Isabella en mi pantalla de inicio.

Con su pelo húmedo, riéndose sobre su tabla de surf y su traje de neopreno negro.

Llené de aire mis pulmones antes de meterme en mensajes, buscando automáticamente su nombre.

Se me está haciendo inevitable no pensar en ti como lo hago últimamente. Y es que eres una persona vitamina que trata de sacar siempre lo mejor de mí, aunque conmigo nada sea fácil… Gracias por recordar cada detalle y por sanar poco a poco mis heridas.

Sabía de sobra que con ella nada era fácil, pero conocer sus ojos tan cerquita de mí, me dejó complemente desarmado.

Isabella merecía la pena al cien por ciento.

Solo tenía que esforzarme en ser mejor por ella.

Demostrarle a Agustín o a cualquiera que dudara que realmente estaba por ella.

Isabella me enloquecía, haría lo que fuese por ella.

Dejé la taza vacía sobre la barra antes de dirigirme a los vestuarios para cam biarme.

Atravesé la ciudad haciendo una breve parada en la tienda de un amigo mío colombiano, para recoger lo que le encargué hace tiempo.

Al llegar a casa de Isabella, entré por la calle de atrás para evitar a los periodistas que siempre estaban ahí apostados frente a su casa.

Al verme el de seguridad abrió la puerta metálica lo justo para que entrara la moto.

Nada más entrar vi el coche de Agustín aparcado junto con un Mercedes blanco.

Dejé mi moto aparcada donde no pudiera molestar.

Al bajarme me peiné tras quitarme el casco antes de sacar del compartimento de la moto el regalo de Isabella.

Subí los escalones arreglándome la ropa escuchando la puerta abrirse.

—¡Muchacho! —Yaris abrió con una cálida sonrisa.

—Hola, Yaris —respondí sonriéndole antes de darle un breve beso en la mejilla—. ¿Está la cumpleañera en casa?

—Sí, está con el señor Agustín y su mánager —respondió dejándome pasar.

—Genial…

—Menos mal que vino la señorita Paula esta mañana.

—¿Quién es Paula?

Cerré despacio al entrar, caminando lentamente al lado de Yaris.

—La mánager de la señora Isabella.

—Ah, ok… —Seguramente el Mercedes blanco aparcado fuera sería de ella.

—Usted sabe que a mí no me gusta ser chismosa…

—No, por supuesto —respondí divertido colocando mi brazo sobre sus hombros.

—Pero usted ya sabe lo mucho que quiero a la señora… Y lo mucho que me preocupo por ella.

—Lo sé —dije sonriéndole—. ¿Que ha pasado?

—El caso es, que desde que volvieron de llevar a la pequeña al colegio, no han hecho más que discutir.

—¿Quiénes? —pregunté desviando rápidamente la mirada al frente para calcular de cuánto me enteraría antes de llevarme donde se encontraban.

—La señorita Isabella con el señor Agustín —aclaró—. Mucho no llegué a escuchar, pero me dio la sensación de que hablaban de usted…

—¿De mí? —pregunté deteniéndome al lado de la puerta del salón.

—Sí…

Suspiré acariciando el hombro de Yaris antes de quitar mi brazo. Le agradecí con una breve sonrisa que me contara aquello. Seguramente Isabella le estuviera recriminando a Agustín que fuera a hablar conmigo al ver que no le contestaba el mensaje ni las llamadas. Culpa mía.

—¿Puedes avisar a Isa de que ando por aquí?

—Sí, claro.

—Dile que si está ocupada me llego más tarde…

Yaris se acercó a mí con una sonrisa cómplice, colocando una de sus manos sobre mi brazo.

—Seguro que sabiendo que es usted hace un huequito…

Me dedicó una breve caricia antes de irse dirección al despacho para avisarla.

Me quedé allí plantado con una sonrisa cogiendo de nuevo aire.

Mientras esperaba, dejé unos segundos el regalo de Isa sobre el sofá para quitarme la chaqueta.

El sonido de voces de fondo me dio el aviso de que alguien se acercaba, haciéndome girar sobre mi cuerpo lentamente.

A los pocos segundos Isabella apareció con su cabello ondulado recogido en un moño alto, con sus pantalones anchos y una camisa blanca.

Mis ojos se fijaron en el collar que le regalé con su nombre en árabe colgando sobre su cuello.

Esta mujer cada día estaba más hermosa. No pude dejar de sonreír en cuanto la vi.

—Hola. —Sus labios esbozaron una sonrisa al verme antes de acercarse lentamente mirando a nuestro alrededor.

—Feliz cumpleaños —dije antes de besar con cariño, en un beso lento su mejilla, respirándola.

—Gracias…

—Bonito colgante —dije divertido mientras ambos nos dedicamos una mirada cómplice.

—Una baratija… —bromeó humedeciendo sus labios.

—¿Cómo va la mejilla? —pregunté en voz baja.

Isa llevó fugazmente la mano a su mejilla, colocando sus dedos casi levitando sobre su rostro.

—Molesta un poco, pero… al menos no se nota.

Asentí en silencio contemplándola completamente hechizado.

—Eh… —Desvié la mirada tragando saliva—. Te he traído algo para que se te haga algo más llevadero el dolor.

Saqué de detrás de mí la caja, colocándola entre ambos. Sus manos aparecieron de detrás de su espalda para agarrar el regalo, abriéndolo lentamente. Sus labios esbozaron una amplia sonrisa a la vez que sus ojos me buscaban.

—¿Es lo que creo que es…? —dijo terminando de abrirlo.

—Depende de lo que creas que es.

Sus labios se arrugaron tratando de controlar aquella sonrisa de felicidad a la misma vez que sus ojos se abrían como platos al descubrir en el interior aquellos paquetes de Gudiz. Unos snacks típicos de Colombia que sabía que le encantaban.

—No te puedo creer. —Miró con asombro la caja—. ¿Pero de dónde los sacaste? Te juro que no he sido capaz de encontrarlos por ninguna parte.

—Si quieres te lo digo… —respondí soltando la chaqueta sobre una silla—. Pero ya no me necesitarías para traerte más… —dije mirándola, ocultando mis manos dentro de los bolsillos.