Capítulo 9 #2
Ver su nombre en las notificaciones del teléfono solo hizo que mi ansiedad aumentara más.
El haberme bebido aquel último trago mientras su nombre parpadeaba en la pantalla del teléfono al llamarme, no ayudaba a pensar con claridad las cosas.
No quería convertirme en lo que Agustín había dicho.
No quería ser el que borrara de nuevo su sonrisa ahora que estaba recuperándola.
Dejé caer mi cuerpo en el sofá, contemplando su nombre en la notificación de mi teléfono.
Deslicé mi dedo sobre la pantalla, buscando la galería para ver las fotos que tenía de ella.
Involuntariamente mi boca se torció sonriendo al ver y saber que aquellas fotos que tenía de ella solo existían en nuestros teléfonos.
Inhalé lentamente contemplando sus ojos, la forma de sus labios.
Se me arreglaban los días con solo verla.
Las horas en el hospital se hacían menos largos sabiendo que luego ella estaría esperándome.
Me dolía que la persona que se suponía que era mi amigo pensara que mi única intención era hacerle daño, cuando él mejor que nadie sabía lo mucho que llevaba soñando con esto.
Después de haberlo dado todo por perdido, descubrir cómo sus ojos habían comenzado a mirarme, era como vivir constantemente en un sueño.
Y me asustaba que sus ojos dejaran de mirarme así de aquella forma.
Un terrible de dolor de cabeza me obligó a soltar el teléfono para volver a frotar mis ojos, dejando caer la cabeza sobre el respaldo del sofá, cerrando los ojos para tratar de aclarar mis ideas.
No recuerdo cuándo fue que el sueño me venció, pero el sonido de mi teléfono fue el que se encargó de recordarme que tenía que ir a trabajar.
Me levanté dolorido por la postura de dormir sentado toda la noche, para dirigirme al baño a tratar de quitarme un poco aquel dolor de cabeza consecuencia de haber estado toda la noche dándole vueltas a lo mismo.
Al volver del baño ya listo para irme a trabajar, el nombre de Isabella volvió a parpadear sobre la pantalla de mi teléfono.
Al comprobar la hora imaginé que estaría aprovechando que Violeta aún dormiría para llamarme.
Dejé que la llamada entrara en buzón antes de guardar el teléfono junto con las llaves para coger el casco de la moto.
Sabía que mi deseo de no preocuparla no iba a cumplirse, pero después de la charla de anoche con Agustín, tenía que ejercer como su amigo y pensar la cosas antes de que se me olvidaran mis argumentos al verla.
Tras ponerme mi uniforme junto con la bata, comencé a mi ronda.
Susana me había pedido mientras me cambiaba que subiera para pasar consultas al no tener cirugías previstas.
Para mi sorpresa, después de varias consultas, casi a mitad de mañana cuando me dirigía a por el tercer café de la mañana, me encontré con Laura en una de las salas de espera ojeando una revista.
Me hizo ilusión encontrármela, llevaba sin verla desde antes de irme a Miami.
Llevaba un abrigo largo color camel y sus largas piernas vestían un vaquero acompañado de unas deportivas blancas.
—Disculpe, señorita… —dije poniendo voz seria para asustarla.
—¡Ay, Jesús! —exclamó llevándose la mano al pecho—. ¡Rubén!
Sonreí agarrando la revista que se le había caído tras asustarla. Laura golpeó con cariño mi brazo mientras se levantaba para saludarme con dos besos.
—¿Qué haces por aquí? Aparte de casi provocarme un infarto…
Trabajo aquí, no sé si te acuerdas —dije riéndome.
—Cierto…
—¿Viniste con tu papá?
—Sí, entró a su revisión.
—¿Como ha seguido? —pregunté metiendo mis manos dentro de los bolsillos de la bata.
—Con alguna que otra molestia por la noche, pero bien… ¿Y tú? ¿Cuándo te reincorporaste?
—Bien, me reincorporé después del viaje…
—¡Ah, sí! Es cierto… ¿Te gustó Miami?
—Está sobrevalorado… —Ambos sonreímos.
—No sabes lo que me alegra verte y que no te murieras por mi culpa…
—Lo hice por tu paz mental, sobre todo —respondí burlándome—. Pero, sí… Yo también me alegro de no haberme muerto.
—¿Y tu moto? ¿Quedó bien?
—Como nueva, muchas gracias. Por suerte fue más daño estético que otra cosa…
—Qué bien, me alegro mucho. —Sus labios volvieron a sonreír tras acariciar mi brazo—. ¿Y tú cómo estás?
—Bien, gracias.
—Se te ve cansado ¿estuviste de fiesta anoche? —preguntó divertida.
—¿Fiesta? No… solo pasé mala noche.
—Si quieres puedo ayudarte con un poco de corrector… —Volvió a sonreírme.
—Te agradezco la oferta, pero prefiero el café. —Le dediqué una breve sonrisa antes de mirar mi reloj—. Bueno, tengo que seguir… —Coloqué con cariño mi mano en su hombro.
—Gracias por saludar.
—Nada, me alegro de verte —le di un leve apretón en el hombro antes de retirar mi mano—. Cuídate.
—Igual…
Ambos nos despedimos con un breve beso en la mejilla antes de empezar a alejarme en busca de ese café que terminara de espabilarme.
—¡Rubén! —Laura volvió a llamarme deteniéndome antes de salir de la sala de espera—. Perdón… —Se disculpó al ver las miradas de molestia de las pocas personas que había por allí.
—Dime.
—¿Tú sueles comer o.…? —pregunto jugando con la revista entre sus manos.
—Eh… —Sonreí mirando a nuestro alrededor antes de volver a ver sus ojos grises—. ¿Tú no comes normalmente?
—Sí, he formulado mal la pregunta, madura por favor —respondió riéndose tras meterse conmigo—. Me refería a si sueles comer aquí en el hospital o fuera.
—Depende del turno, ¿por qué? ¿Vas a invitarme a comer?
—Pues esa era la idea, pero ahora me lo estoy pensando —dijo divertida.
Sonreí mirando a mi alrededor cogiendo aire pensativo si aquello era buena idea o no.
—Si va a ser una tortura para ti comer conmigo…
—No, no es eso. Es solo que no sé cuándo pararé para comer… —expliqué.
—Tú me avisas si te apetece.
—Está bien —respondí con una sonrisa—. Pero hazte de cuentas que sobre las dos y media, tres…
—No hay problema, solo tengo que llevar a mi padre a casa —dijo alzando sus hombros sin perder la sonrisa.
—Perfecto, pues… Hablamos luego.
—Hablamos luego.
Sus ojos me miraron ilusionados por haber aceptado, con la sonrisa permanente en sus labios.
Le dediqué una breve sonrisa antes de girarme para irme.
Laura era una mujer impulsiva, con un sentido del humor sarcástico que odiaba y me gustaba a partes iguales.
Por no hablar de lo guapa que era, eso era algo innegable.
Tenía unas facciones hermosas. Unos pómulos marcados, una nariz pequeña pero bastante mona, unos ojos enormes y de un color que nunca había visto antes.
Parecía sacada de una revista de esas que veía mi hermana de moda.
Si no hubiera conocido a Isabella, posiblemente le habría pedido una cita, pero para mí no existía otra mujer ahora mismo que no fuese Isabella.
Al llegar a la cafetería me encontré con Susana peleándose con el teclado de su ordenador.
Tras pedirle un café solo al chico de la cafetería, me acerqué hasta su mesa, dedicándole una breve caricia en la espalda antes de aparecer frente a ella.
—Me da miedo preguntar qué te ha hecho… —dije burlándome mientras me sentaba frente a ella.
—Ah, eres tú. —Suspiró al verme—. No sé qué le pasa al teclado… O no responde cuando pulsas o te escribe tres veces lo mismo, me tiene hasta el coño. —Suspiró nuevamente cerrándolo llena de frustración.
—¿Has llamado al informático?
—Es el mío de casa… No me aclaro con el de aquí —confesó riéndose—. Pero, en fin, ¿cómo va el día?
—Bien, ahora después de comer avisaré a urgencias de que me tienen libre por lo que pueda surgir. —Me acomodé colocando los brazos cruzados sobre la mesa—. Por cierto, ¿sabes si tendré hueco de dos a tres?
—Si no te avisan en el busca, no tienes nada, ¿por?
—¿Te acuerdas la chica con la que tuve el accidente?
Sus ojos rodaron con una sonrisa pícara. Apartó con sus manos el portátil para dejarlo en una de las esquinas de la mesa.
—La de ojos impresionantes y piernas kilométricas, sí… La recuerdo, me hizo dudar de mi heterosexualidad, ¿por qué?
—Tú estás mal… —dije en voz baja riéndome.
—Rubén, llevo tanto tiempo sin… —Miró a nuestro alrededor antes de acercarse—. Sin follar… Que me acostaría hasta contigo.
—¡Auch! —Fruncí el ceño—. Dices eso como si fuera un castigo.
—Un error más bien —matizó—. Y no porque no estés para amarrarte a la cama y darte hasta que pidas clemencia —explicó con una sonrisa—. Sino porque luego no podríamos volver a ser amigos…
Aquello me molestó. Me revolví en la silla, sintiéndome incómodo al sentir aquella conversación demasiado personal al recordarme a las palabras de Agustín.
—¿Crees que dos personas que han tenido sexo no puedan seguir siendo amigos? —pregunté dirigiendo aquella conversación involuntariamente a mi propio interés personal.
—¿Sigues siendo amigo de Tania? Por ejemplo —preguntó cruzando sus brazos tras recolocar su espalda sobre la silla.
Antes de que pudiera responder, apareció el chico con mi café dándome unos segundos de ventaja antes de responder. Al irse, los ojos de Susana me miraban curiosos esperando mi respuesta.
—Para tu información, sí seguimos siendo amigos…
—Y no es raro en absoluto, ¿verdad? —preguntó retóricamente transportándome a la última vez que Tania estuvo en mi casa, donde se arrepentía de que lo nuestro no hubiera funcionado—.
¡Ves! Es que es imposible… ¿Cómo vas a ser amigo de alguien o aconsejarle sobre relaciones después de haberos comido hasta el alma?
No puedes… Por eso, lo nuestro es imposible, cariño.
En ese momento no pude evitar que mi cabeza se fuera a todas las veces que había desnudado a Isabella, escapándose de mis labios una leve sonrisa mientras cogía aire lentamente. Las palabras de Agustín volvieron a mi memoria borrándome la sonrisa. Susana inclinó su cabeza requiriendo mi atención.
—Perdona, me fui…
—Ya me di cuenta… —respondió divertida—. Que qué pasa con la chica esa entonces, dime.
—Nada, que me invitó a comer hace rato…