Capítulo 9
El timbre de mi puerta comenzó a sonar sin cesar.
Me acerqué extrañado. Sabía que Isabella no podía ser por más que muriera de ganas, aunque me había sorprendido otras veces, por eso la esperanza era lo último que siempre debía perderse.
Al abrir la puerta, sonreí al ver a Agustín antes de que borrara mi sonrisa con un puñetazo en el estómago.
—Eso es por follarte a mi hermana —dijo antes de entrar con una botella de tequila en la mano. Traté de recuperar la respiración después del golpe, sintiendo cómo mi digestión se paró de golpe y porrazo. Valga la redundancia—. ¿Tequila? —Agustín preguntó buscando el armario de las copas.
—Por favor… —dije en voz baja incorporándome del golpe antes de girarme.
Su mirada era la descripción perfecta de preocupación y decepción.
Con la mano aún sobre mi estómago, me senté frente a él mientras servía dos vasos.
Respiré hondo de nuevo susurrándole un breve gracias al pasarme uno de los vasos.
Al mirar de nuevo a mi amigo, vi cómo hacia un leve gesto para que le diéramos un trago antes de empezar a hablar.
Mientras le daba un sorbo vi cómo volvía a servirse otro al terminar.
—Escucha… —rompí el hielo rascando mi mandíbula nervioso—. Te juro que no es lo que estás pensando. Entrelacé mis manos entre sí, frotándolas incómodo.
—Ya… —dijo dándole un breve sorbo para evitar mirarme.
—Me conoces, sabes qué jamás le haría daño…
—Nunca podréis volver a ser amigos, lo sabes, ¿no? —sentenció con su copa entre su mano derecha—. Lo habéis estropeado todo…
Respiré hondo soltando el aire en un leve suspiro sintiendo su mirada fija puesta sobre mí.
—Tú sabes que siempre he estado loco por ella…
—Claro —volvió a servirse para darle otro trago.
—Te juro que he tratado de alejarme de ella, pero… Lo que me pasa con ella se escapa de mi control.
—Joder, Rubén… —maldijo en voz baja sentándose en el taburete que tenía tras él—. ¡Es mi hermana, maldita sea!
—¿Crees que no lo sé?
—¿Pensabas en mí mientras te acostabas con ella?
Suspiré agachando levemente la mirada, acariciando el vaso entre mis manos.
—Marica, tiene una niña que no tiene la culpa de nada…
—Sabes que tengo devoción por Violeta. —Aparté sutilmente mi copa—. Mi intención no es hacerles daño a ninguna de los dos.
—No pienso consentir que ningún otro guaperas venga a ilusionarlas para luego dejarlas con el corazón roto… Olvídalo —matizó señalándome.
Entrelacé mis manos tras colocar los codos sobre la mesa suspirando, viendo cómo rascaba su cabeza furioso. Lamí mis labios sopesando la situación. No pensaba renunciar a la oportunidad de estar con Isabella, por mucho que eso me hiciera ver a mi amigo enfadado conmigo.
—Esta vez no pienso alejarme de ella —dije mirándole entre mis manos—. Tu hermana me hace feliz. —Agustín me miró fijamente con la mirada perdida. Posiblemente pensando qué decir para hacerme cambiar de opinión.
—¿Feliz? —preguntó aguantándome la mirada—. Sé bien qué es lo que va a pasar… Y no me gustaría perder a un amigo por culpa de no saber guardar la polla.
—Te estás equivocando… —Apreté la mandíbula, sintiendo mis dientes apretarse entre sí.
—¿Me equivoco? —Arrugó los labios asintiendo.
—Muchísimo.
—¿Y Adriana? —me interrumpió—. ¿Qué fue lo que dijiste cuando la conociste?
Que habías tenido un flechazo… ¿Y qué pasó con el flechazo?
Se te oxidó la flecha de tanto tenerla ahí dentro…
Y no has tenido el coraje para divorciarte en todos estos años, incluso después de perder el bebé que esperabais.
Ahogué las palabras que cruzaron por mi mente por respeto en lo que quedaba de tequila en mi vaso. Sintiendo cómo aquel tequila rasgaba mi garganta.
—En todos los años que he estado con Adriana, jamás he mirado a otra mujer que no fuera ella…
Es más, fue ella la que se le oxidó la flecha cuando decidió follarse a otro durante cinco años —dije informándole de los verdaderos detalles para que comentara con toda la información—. Por eso fue por lo que nos divorciamos…
Agustín suspiró cerrando los ojos al descubrir el motivo de mi divorcio.
—No lo sabía… —reconoció en voz baja—. Lo siento.
—Lo sabrías si me hubieras preguntado, pero es más fácil juzgar sin saber…
—No te equivoques, juzgo porque os conozco… A los dos. Sé que ninguno de los dos queréis haceros daño, pero si seguís con esto… terminaréis mal.
—Eso no lo sabes —volví a apelar a la carta de la esperanza.
Agustín se inclinó sobre la barra cruzando sus brazos, quedándose justamente bajo la luz del foco.
—Sé que, si mi hermana decidiera quedarse aquí, posible mente se daría algo bonito entre los dos, como también sé que gracias a ti sonríe como hacía tiempo que no lo hacía…
No soy idiota, veo cómo le brillan los ojos cuando habla de ti o cuando te mira…
Cómo ha cambiado desde que ha vuelto a tenerte en su vida.
—¿Entonces…? No veo que le haya hecho nada malo… —susurré acomodando mi espalda sobre el respaldo del asiento.
—Necesita irse, Lalo… Mi hermana no puede seguir un segundo más viviendo en la misma ciudad que ese hijo de puta, tú mismo has visto lo que ha pasado hoy.
—Lo sé… —Volví a mirarlo escuchándole.
—Y cuando ella esté en Miami, ¿qué crees que pasará? ¿Habéis hablado de eso?
—No… —respondí luchando por no sonar borde.
—Lo que pasará es que vuestra burbuja explotará —dijo mirándome—.
Tú tendrás la misma vida que tienes ahora.
Exactamente la misma, pero sin ella y te envenenarás de ver o escuchar chismes día tras día…
Terminará consumiéndote eso de no poder coincidir…
y dejará de compensarte hablar con ella menos de una hora al día o veros una vez cada vez que se os haga el milagro.
—Señaló la mesa con su dedo índice, golpeándolo levemente—.
¿Y sabes qué más pasara? Que empezareis a discutir por cualquier tontería…
Os echaréis cosas en cara de las que luego os arrepentiréis…
Y terminaréis tan decepcionados, que no volveréis a querer saber nada el uno del otro
Guardé silencio escuchando sus palabras, sabiendo que podía existir aquella posibilidad.
Mi cabeza había barajado todas esas opciones o finales la primera vez que Isabella me besó, pero no podía dejar de elegirla a ella a pesar de todas esas cosas.
Rellené de nuevo el vaso bebiéndome su contenido antes de alejar el vaso de mí, recordándome que aquello no era la solución.
—No le hagas más difícil el irse… —me suplicó—. Y por favor, no le hagas tener que escoger entre lo que la hace feliz a ella y lo que te puede llegar a hacer feliz a ti…
—Yo nunca haría algo así —respondí en voz baja.
—Pero harás que dude de lo que quiere y necesita ahora…
Se acomodó sobre el asiento extendiendo sus brazos sobre el borde.
—Sé las ganas que tenías de que esto se te diera, aunque no lo creas me he alegrado por ti cuando Isa me ha contado que estabais viendo qué se daba entre los dos… Te lo juro.
Inhalé mirando a mi alrededor, procesando sus palabras, tratando de calmar la rabia que recorría mi sangre al escucharle, sintiendo cómo acababa con la poca fe que me quedaba.
—Los dos sabemos que esto jamás podría salir bien…
Tú mismo lo dijiste, la han dejado tan rota por dentro que ahora mismo sería incapaz de volver a tener nada con nadie más…
—Alcé la mirada hacia mi amigo al escucharle suspirar—.
He vivido y padecido de cerca todas las relaciones de mi hermana —explicó acercándose a mí—.
He visto cómo la magia del principio desaparece y empiezan las luchas de egos, porque al final terminan cansándose de vivir eclipsados por su alter ego…
Créeme cuando te digo que es agotador vivir por y para alguien, es un sacrificio que no todo el mundo está dispuesto a hacer…
A mí me tocó hacerlo como hermano, pero tú mejor que nadie sabes todos los planes que tuve que dejar atrás para seguirla, incondicionalmente…
—Apretó uno de mis hombros, casi como compadeciéndose—. Ojalá hubieras sido tú…
—No jodas, Agustín —reclamé suspirando.
—Y no sabes lo mucho que me arrepiento de no haberos presentado antes… Pero no podemos cambiar el pasado…
—Y según tú qué es lo que debo hacer… —Clavé la mirada en sus ojos negros.
—A veces, dejar ir a alguien es otra manera de demostrar amor, sobre todo cuando sabes que es para que pueda ser feliz y empezar de cero…
Suspiré clavando la mirada perdida al frente. Sentía cómo empezaba a dolerme la mandíbula de tanto apretarla. Recorrí mis dientes con la lengua saboreando los restos de tequila, contando mis pulsaciones latir de forma lenta y golpeando con fuerza.
—Gracias por la copa —dije invitándole a irse.
Agustín volvió a apretar mis hombros antes de sentir sus pasos alejarse.
Giré la cabeza al escuchar la puerta abrirse, viéndolo dedicarme una leve sonrisa antes de cruzar la puerta.
Al sentir el eco al cerrar, froté mi rostro tras soltar un profundo suspiro queriendo sacar la ansiedad que cerraba mis pulmones y golpeaba mi pecho.
Al dejar caer las manos sobre la barra vi que oficialmente era su cumpleaños.
Pasé mis manos brevemente por mi boca pensando las palabras de Agustín.
Mi cabeza estaba funcionando por encima de su capacidad.
Pensando, reviviendo recuerdos, sopesando, analizando situaciones, buscando soluciones a posibles problemas. Procrastinando.