Capítulo 8 #10
—¿Qué?… —Mis ojos se abrieron avergonzados—. Soy la peor amiga del mundo… Lo siento —me disculpé apenada por no ser capaz de recordar aquello.
—Qué vas a ser la peor amiga del mundo… Llevas muchas cosas para adelante, es normal que algo se te escape.
—Ya, bueno, pero eso no es excusa, tú siempre te acuerdas de todo.
—De todo, todo…. tampoco —dijo divertido—. Casi de todo…
—Sí, es cierto, memoria selectiva lo llamaste, ¿no?
—Exactamente…
Me miró riéndose, burlándose de mi mala memoria. Fingí horriblemente haberme ofendido golpeando con cariño su pierna sobre la que estaba sentado.
—Por cierto, me contó tu hermano que te regalaron un árbol cuando estuviste en Beirut.
—Ay sí, fue un detalle hermoso. —Sonreí mirándole—. Me regalaron un cedro, solo espero que no se me muera…
—Esa es la actitud, claro que sí —dijo sonriendo.
—Es que los seres vivos se me dan fatal… —Vi cómo se reía al escucharme.
— Oye no te rías, es la verdad… ¿Por qué te crees que no tengo un perro o un gato?
—Ahora entiendo por qué tu hermano está envejeciendo tan mal, no lo riegas lo suficiente… —se burló provocando que me riera también.
—Por eso le pasé la custodia a su mujer —añadí entre risas—. Y contraté un jardinero para que cuide el jardín de mi casa y de mi cedro…
—No todo se te iba a dar bien… La botánica es tu talón de Aquiles.
—Y la cocina… —Hice una mueca.
Ambos nos reímos en silencio, mirándonos fugazmente.
—Me quedé con ganas de comprarme algo con la caligrafía de mi nombre en árabe… Mira que paseamos por mercados y todo, pero… lo olvidé por completo… Marc iba todo ansioso por llegar, estaba desesperado con tanta gente.
—¿Caligrafía en árabe? —preguntó pasando uno de sus dedos sobre su boca y su barbilla, escuchándome con atención.
—Sí, siempre he querido tener algo con mi nombre en árabe, ni modo… Así tengo una excusa para volver —añadí ilusionada—. Es que mis abuelos maternos eran de allí…
—¿En serio?
—¿Nunca te lo he contado?
—¿De Beirut?
—Joünié —recalqué—. Está como a diecisiete kilómetros de Beirut…
—No tenía idea.
Colocó su rostro sobre una de sus manos, tras sujetar su brazo sobre el respaldar del sofá.
—Eres una caja de sorpresas… O sea que por tus venas corre sangre colombiana y libanesa —asintió sorprendido.
—Bueno, es que no mucha gente sabe eso —expliqué recogiendo mis piernas sobre el sofá—. Además no todos, pero la gran mayoría de colombianos tienen sangre libanesa.
—¿En serio?
—Sí… más de lo que te piensas… La mayor oleada de inmigración que hubo en Colombia fue de inmigrantes libaneses… Por el 1880 así creo recordar…
—Impresionante. —Su mirada era tan profunda que conseguía ponerme nerviosa.
—Ahora tiene sentido que seas la única persona del mundo que mueve su estómago como si estuvieras completamente vacía por dentro… —bromeó.
—Me has pillado…
Sonreí agachando la mirada algo tímida al recordar mi forma de bailar la bellydance .
—Imagino que lo de que tengas ascendencia libanesa no está en Wikipedia, ¿no? —preguntó burlándose, abriendo su teléfono para buscarlo.
—Qué tonto eres… —No pude evitar reírme por su ocurrencia—. Pues no, no está… Creo… —dudé.
—Soy un privilegiado entonces… ¿Cuánto me darán por esa información?
—Un golpe es lo que te voy a dar yo a ti…
Rubén soltó una breve carcajada.
—No te rías porque creo que es algo que Marc ni sabe…
—¿No le has contado?
—No… —negué lentamente con una tímida sonrisa.
—¿Por qué? —preguntó intrigado.
Volví a negar pensando por qué con él era clara como el agua y con el resto de la gente prefería ser más reservada.
—No lo sé…
—Si es así, tu secreto está a salvo conmigo. —Extendió su mano—. Pero tendrás que llevarme alguna vez a conocer el pueblito de tus abuelos.
—Hecho —dije con una amplia sonrisa—. Yo te lo enseño.
—¿Qué vas a enseñarle? —la voz de mi hermano preguntando en tono asustado provocó la risa de ambos.
Una conversación de no más de cinco minutos hace algo más de siete u ocho años y aún la recordaba. Desde luego demostraba que su memoria era totalmente selectiva. Entré con una tonta sonrisa imposible de ocultar de nuevo a la cocina, donde solo quedaba mi hermano.
—¿Y esa cara de pendeja? —mi hermano preguntó riéndose, recogiendo antes de servirse una copa del vino que había sobrado.
—¿Y Violeta? —pregunté dejando el paquete sobre la barra sin apartar los ojos de ella.
—Ha subido a lavarse los dientes, ¿qué es eso?
Preguntó colocándose a mi lado. Sentía su respiración a mi lado provocando que mi corazón latiera acelerado al tratar de organizar las palabras para contarle la verdad.
Sentía mi corazón latir de ilusión por primera vez después de tantísimo tiempo.
Notaba cómo la sangre recorría mi rostro provocando que mis mejillas se encendieran.
Cogí aire tratando de controlar la sonrisa que se había adueñado de mi rostro antes de poder explicarle a mi hermano que uno de sus mejores amigos se estaba volviendo el dueño y el motivo de mis sonrisas últimamente por más que me repitiera que no podía volver a ilusionarme.
—Siéntate —dije mirándole por primera vez desde que entré—. Hay algo que me gustaría contarte…