Capítulo 8 #9
—Sí… Pero mañana volveré a comerme un trozo de ese pastel. —Colocó de nuevo su brazo sobre mis hombros con cariño acercándonos a la barra donde estaba sentados mi hermano y mi hija—. Si dejáis algún trozo para mañana claro está…
—No prometo nada —Violeta respondió tras comerse otro bocado.
—¿Y a quién saliste tú tan ansiosa con la comida? —mi hermano preguntó bromeando con Violeta.
—Te acompaño —le susurré a Rubén antes de apartar su brazo para ir al lado de Violeta mientras él se despedía—. Ahora vuelvo.
—Bueno, lo dicho…—repitió mientras mi hermano se le vantaba.
Ambos se dieron un breve abrazo mientras mi hermano le susurraba algo en el oído antes de separarse con un breve apretón de ambos sobre sus brazos.
Tras despedirse de Violeta con un abrazo, avisé que lo acompañaría hasta la puerta antes de salir junto a él de la cocina, acariciando accidentalmente nuestras manos hasta entrelazarlas al salir de los ojos curiosos de mi hermano.
Sentirlo, aunque fuese en una breve caricia de nuestras manos al agarrarse, causaba un cosquilleo en mi interior de lo más reconfortante.
No sé si eran mariposas, pero lo que tenía claro es que no eran nervios o ansiedad.
Era un cosquilleo de felicidad. Al ver aparecer la puerta a lo lejos, mis labios no pudieron evitar suspirar al saber que se acercaba el momento de irse.
Me moría de ganas de pedirle que se quedara.
Esta noche más que nunca necesitaba de sus brazos, pero no podía seguir aprovechándome de lo que sentía por mí.
Al llegar a la puerta, Rubén se detuvo antes de abrirla.
—No te enfades… —dijo con una leve sonrisa en sus labios soltando mi mano.
—¿Por qué se supone que me debo enfadar? —pregunté cruzando los brazos.
Rubén abrió la puerta que daba al jardín trasero, encontrándome con su moto aparcada nada más terminar las escaleras que subían hasta la casa. Torcí la cabeza al verla aparcada, confirmando la sospecha de haberla escuchado antes.
—No vas a parar hasta matarte, ¿verdad?
—No es mi intención —respondió mirándome con una sonrisa pilla tras mirar su moto—. Ven, que quiero darte algo.
—¿A mí? —pregunté agarrando de nuevo su mano al ofrecérmela antes de salir.
—Es una tontería, pero me pregunté… ¿Qué le puedo rega lar a alguien que tiene de todo? —dijo mirándome, soltando mi mano al llegar a su moto.
—¿Y cuál fue la respuesta a esa pregunta? —Coloqué mis manos sobre el asiento de la moto.
Cada uno estaba a un lado de la moto, dejándola de separación entre nuestros cuerpos. Rubén sonrió abriendo la caja trasera de la moto, metiendo su mano para terminar sacando un paquete envuelto. Giró su muñeca antes de entregármelo.
—Aún queda algo para las doce, pero… Feliz cumpleaños.
Mis ojos se quedaron hipnotizados con sus pupilas y la calidez de su sonrisa mientras me pasaba aquel paquete, regalándome un tierno beso en la mejilla que no tenía lastimada.
—No tenías por qué…
—Claro que sí, me he perdido cuatro cumpleaños… No podía perderme ninguno más, ¿qué clase de amigo barra novio secreto sería entonces?
—Novio secreto… —murmuré riéndome.
Ambos nos miramos con una sonrisa hasta que volvimos a acariciar nuestras manos accidentalmente al agarrar el regalo de Rubén, dejando que nuestros dedos siguieran aquella caricia un rato más.
—Ojalá pudiera besarte… —susurró tras mirar mis labios.
—Rubén… —Suspiré tragando saliva al sentir un escalofrío recorrer mi cuerpo tras escuchar aquel deseo mutuo.
—Lo sé… Mientras Violeta esté, solo somos amigos —dijo recordando mis palabras mientras retiraba su mano—. Pero eso no hace que desaparezcan mis ganas de darte un beso… O de acompañarte esta noche para que no duermas sola.
—Me encantaría que te quedaras esta noche… —murmuré alzando mis ojos hacia él.
—Lo sé. —Ambos nos miramos fijamente en silencio, suspirando al unísono.
—Estaré bien, te lo prometo. —Su mandíbula se tensó al escucharme, asintiendo en silencio—. Gracias otra vez… por salvarme.
—Las veces que necesites.
Agaché la mirada al verlo montarse en aquella moto con la que casi lo pierdo una vez.
Rubén agarró el casco entre sus manos esperando en esa posición hasta que lo mirara.
Sus labios me dedicaron una leve sonrisa antes de colocarse el casco sobre la cabeza.
Arrancó su moto, mirándonos antes de ponerse en movimiento para salir por la raja que le habían dejado en la puerta los de seguridad.
Me quedé abrazada a su regalo unos segundos antes de volver a entrar, abriendo con cuidado aquella caja pequeña.
—No puedo creerlo…
Exclamé en voz baja al comprobar aquel colgante en oro blanco con mi nombre escrito en árabe. No podía creer que se hubiera acordado. Sonreí acariciando aquellas letras recordando aquella conversación.
Marc había tenido que viajar varios días a Qatar a negociar e intentar cerrar un acuerdo.
Mi vida en Madrid tras asentarme se basaba únicamente en esperarlo a él o terminar de organizar la mudanza.
Había terminado mi gira así que había apostado todas mis cartas en esta relación.
Gran error. La distancia no nos hacía bien y por culpa de mi trabajo no podíamos vernos todo lo que queríamos.
Así que aquella tarde decidí ir a casa de mi hermano, encontrándome con Rubén, que había pasado a saludar pero que tras mucho insistirle mi hermano y para qué mentirnos, yo también pinché un poquito, decidió quedarse a cenar con nosotros.
Tras la cena, mi hermano se fue para traer otra botella de vino, dejándonos a los dos a solas.
En cuanto nos quedamos a solas, golpeé con cariño su pierna para llamar su atención.
—Se me olvidó preguntarte antes… —dije incorporándome—. ¿Como te fue la operación esa que contaste? Era hoy, ¿no?
Rubén me miró sonriendo, incorporándose de aquel sofá que ambos compartíamos, soltando su copa vacía sobre la mesita que teníamos de frente.
—Fue la semana pasada. —Su sonrisa aumentó al ver mi cara de perplejidad—. Pero gracias por preguntar… —Acarició con cariño mi hombro—. Hoy le hemos dado el alta…