Y en el medio, tú: 1 Capítulo 8 #8
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Capítulo 8 #8

Ambos dejamos de mirarnos al sentir a mi hermano aclararse la garganta, respirando incómodos ante aquel momento de debilidad.

Agradecí enormemente que Yaris apareciera para preguntarnos si mi hermano y Rubén iban a quedarse a cenar.

Rubén se ofreció a ir a por cena para que Yaris no se pusiera a cocinar en el que seguía siendo su día libre.

Tras repetirle varias veces a Yaris que estaba bien, Rubén se ofreció a llevarla a su casa tras rechazar quedarse con nosotros a cenar, para traer la comida a la vuelta.

Nuestras miradas se buscaron después de despedirnos como dos amigos más antes de irse, dejándome con una conversación pendiente con mi hermano al quedarnos a solas de nuevo.

Agustín prefirió no sacar el tema por el momento.

Mi cabeza iba a mil por hora, reviviendo aquella horrible escena.

Aún no era capaz de aceptar que el hombre con el que había decidido formar una familia fuese el mismo que me había agredido.

No era capaz de comprender cómo algo tan puro como Violeta había nacido de personas tan defectuosas como Marc y yo.

Observé la manera en la que Violeta inventaba mil juegos para compartir las dos.

Ahora éramos Violeta y yo contra el mundo y deseaba enormemente que disfrutara y empezara a vivir como una niña normal al mudarnos.

Lejos de los focos de la prensa, de las noticias llenas de fotos de su padre paseándose con su nueva novia o de instantáneas mías llorando o con cara de amargada de tener que aguantarlos todos los días pegados a mí.

Un poco más tarde de las nueve de la noche, el sonido de una moto captó la atención de los tres, que estábamos en el salón con la televisión de fondo.

Violeta salió corriendo en busca de su tío Rubén, cosa que me hizo no poder ocultar la sonrisa al ver la relación tan bonita que esos dos habían construido.

—Recógete la baba que vas a manchar el sofá —Agustín se burló de mí antes de levantarse para ir a abrirle a Rubén.

Entrelacé mis manos después de darle de refilón a la pierna de mi hermano, mirando con una sonrisa tonta cómo desaparecía, al quedarme de nuevo sola en aquella sala, sobre aquel sofá donde los recuerdos volvían a castigarme.

Mi cuerpo se incorporó, quedándome sentada sobre el sofá tensa, frotando mis manos sobre mis piernas ansiosa.

El sonido a lo lejos de la risa de Violeta acompañando a la voz de Rubén, me obligó a respirar levantándome de ahí para esperarlos de pie, jugando nerviosa con mis dedos sin evitar girarme para mirar con terror aquel sofá.

Al mirar a mi hermano, vi que me observaba en silencio y con preocupación.

—¿Todo bien?

—Sí… —asentí tratando de hacerlo más creíble.

—Pues vamos, Rubén trajo pizza para todo un regimiento —dijo con una leve sonrisa colocando su brazo sobre mi hombro.

Sonreí en silencio agarrando su mano que colgaba de mi hombro mientras nos dirigíamos a la cocina.

Los ojos de Rubén me miraron disimuladamente al llegar abrazada a mi hermano.

Sus manos retiraron uno de los taburetes para luego subir a Violeta, sentándola a su lado.

Mi hermano fue quien retiró mi taburete antes de ponerse con Rubén a abrir las cuatro cajas de pizza.

—¿Cuántos vienen a cenar que no me enteré? —pregunté burlándome, acariciando la mano de mi pequeña.

—Como no sabía cuáles os gustaban, traje una de cada sabor… —dijo con una disimulada sonrisa mientras me acercaba con decisión una de las cajas.

Al abrir la caja que Rubén había colocado frente a mí, comprobé que era una pizza Diávolo, mi favorita.

Apreté los labios tratando de disimular la sonrisa tras una fugaz mirada cómplice.

La cena avanzó entre bromas para tratar de hacerme olvidar lo que había pasado, o al menos para evitar que Violeta viera que tenía el corazón partido y el cuerpo dolorido por culpa nuevamente de su padre.

Aunque no podía negar que ver a mi hermano y a Rubén juntos me ponía feliz, y entendía por qué habían sido tan amigos tanto tiempo, eran los dos a cuál más payaso.

Cuando nadie miraba, mis ojos observaban al detalle los remolinos que adornaban el cabello de Rubén al tenerlo ahora un poco más largo.

Cómo su boca se torcía al rascar su mejilla con esas manos acostumbradas a salvar vidas y a salvarme a mí una vez tras otra.

La manera en la que su barba crecía desde su cuello hasta cubrir su mandíbula y la mitad de sus mejillas.

Aun después de once años siendo amigos, lo miraba y seguía descubriendo cosas que antes no había visto en él.

Una vez leí que las personas vamos siempre tan preocupadas por nuestros problemas, que vemos, pero no miramos.

Oímos, pero no escuchamos. Queremos, pero no amamos.

Y con Rubén pareciera que era justamente eso lo que me había pasado.

Él seguía siendo el mismo, no había cambiado en absoluto, pero sí había cambiado la forma en la que mis ojos lo miraban.

Marc era quien había propiciado ese cambio.

Pagaba el castigo de haberme fijado en él con creces cada día.

Al terminar de cenar, cuando aún quedaba algo más de media hora para las doce, Rubén y Violeta se dedicaron una mirada cómplice después de un breve codazo de él hacia mi pequeña. Ambos sonrieron antes de que Violeta bajara de taburete para salir de la cocina.

—¿Qué fue eso? —pregunté divertida al ver la sonrisa de Rubén tras seguir con la mirada a Violeta. Miré a mi hermano también al levantarse de su asiento para quitar cosas de encima de la mesa.

—A mí no me mires.

Alzó las palmas de sus manos riéndose antes de coger las cajas vacías de las pizzas.

—¿A quién miro entonces? —pregunté observando la sonrisa de Rubén levantándose para ayudar a recoger también.

—Tu hija es casi una adulta…

—Casi adulta dice… —repliqué divertida.

—Es normal que empiece a tener secretos… —Rubén me dedicó una breve mirada burlándose antes de retirar las cosas—. Incluso contigo…

—Fíjate… Qué bonito está eso… —repliqué de nuevo viéndolos a los dos reírse mientras apilaban las cajas vacías—. Alentando a mi pequeña a que me oculte cosas…

Antes de que pudiera decirles nada más, Violeta apareció con un enorme ramo de margaritas, rosas blancas y girasoles. Margaritas y girasoles. Mis favoritas.

—Pero… ¿Y esto? —pregunté con mis ojos puestos sobre aquellos hermosos ojos azules llenos de ilusión de traerme aquel ramo.

—Flores para la mejor mamá del mundo por su cumpleaños —dijo antes de que pudiera abrazarla con fuerza.

—Muchas gracias, mi amor, son preciosas. —Besé su cabeza aún abrazada a ella, sujetando el ramo con mi otra mano—. Te amo, mucho.

—Yo también te amo mucho, mami. —Sentí sus tiernos labios sobre mi mejilla antes de separarnos.

Tuve que soltar el aire que presionaba mi pecho en forma de suspiro para volver a respirar, contemplando aquel ramo con mis flores favoritas.

Una leve sonrisa se escapó de mis labios emocionados al ver la sonrisa de Rubén tras mi hermano, que se acercaba hacia mí con una tarta de chocolate con aquellas velas rojas recordándome aquellos horribles cuarenta y seis años a los que me tocaba enfrentarme llena de frentes abiertos.

Tragué tratando de tragarme el nudo que apretaba en mi garganta mientras me cantaban el cumpleaños feliz.

No pude evitar soltar varias sutiles lágrimas sobre mis mejillas al sentir los labios de mi hermano besar mi mejilla antes de achucharme en un profundo abrazo.

—No olvides tu deseo antes de soplar —me recordó en voz baja sujetando la tarta frente a mí.

Sonreí mirándole antes de dirigir la mirada hacia mi pequeña, que esperaba impaciente que soplara.

Mis ojos miraron brevemente también cómo Rubén esperaba con su disimulada sonrisa y sus ojos acompañándome.

Volvía a mirar aquellos números rojos suspirando antes de pedir que nada más volviera a cambiar.

En el pasado no quedaba nada más, por eso solo deseaba poder seguir disfrutando de más momentos, así como este, acompañada de gente que me quería de verdad.

Tras soplar agradecí con un enorme y sonoro beso en las mejillas a mi Violeta antes de abrazar a mi hermano con cuidado de no tirar la tarta y así dejar a Rubén para el final.

—¿No te lo esperabas, a que no, mami? —Violeta preguntó riéndose, acomodándose en su silla.

—Ha sido toda una sorpresa —respondí besando de nuevo su cabello antes de acercarme a Rubén para agradecerle.

Rubén se incorporó alejando su cuerpo de la barra al verme caminar hacia él con las flores en la mano. Nuestras miradas se clavaron la una sobre la otra al estar frente a frente.

—Gracias… —dije en voz baja acariciando su mejilla con cariño antes de abrazarlo—. Esta vez has acertado con las flores… —susurré cerca de su oído.

Nuestros cuerpos se abrazaron con fuerza, sintiendo cómo nuestras cinturas se juntaron al abrazarnos, hablando por sí solas antes de separarnos.

—He tenido ayuda de un pequeño pajarillo —respondió regalándome un breve beso en la cabeza.

—¿Quién quiere un trozo de tarta? —Agustín preguntó tras quitar las velas de encima.

—Yo no, gracias —Rubén dijo colocando su mano sobre el estómago.

—¿Ni siquiera un trocito? —pregunté aún a su lado.

—Nada, gracias de verdad… —Sonrió colocando su brazo sobre mis hombros.

—Bueno, pero te llevas un pedazo —mi hermano añadió mientras le servía a Violeta.

—¿Me puedo comer yo el trozo del tío Rubén? —Violeta preguntó sonriente antes de pegarle un bocado a su trozo.

—Uno por persona —dije señalándola divertida—. Mañana puedes comer más, es tarde y no es bueno tanto chocolate de noche…

—Ya has escuchado a tu madre —mi hermano dijo bromeando tras servirse un pedazo.

—Bueno, familia… —El brazo de Rubén abandonó mis hombros—. Ahora sí tengo que irme…

—¿Ya te vas, tío? —Violeta preguntó por mí mientras mis ojos se alzaban en su búsqueda ansiosos.