Capítulo 8 #5
Ninguno de los dos nos tuvimos que cruzar, aunque me hubiera encantado terminar aquello de otra forma que no fuera así, sin querer saber nada más el uno del otro.
Al volver a salir los periodistas se volcaron únicamente en nosotros, dándole a ellos la posibilidad de salir discretamente por la otra puerta completamente solos.
Cuando por fin nos alejamos de todo aquel circo, una leve sonrisa se escapó de mis labios al contemplar aquella ciudad por los cristales tintados.
Me sentía como si me hubieran quitado allí una losa pegada a mi espalda.
Sentía nostalgia. Dolor por lo que fuimos, tristeza por la manera en la que se habían dado las cosas entre los dos al final, pero había desaparecido ese dolor de verlo con alguien más.
Dolía, pero no de la misma forma. Me había cansado de llorar.
Agradecí que la casa estuviera vacía para evitar dar explicaciones o tener que ocultar mis emociones.
Una vez me quité aquel traje de la venganza, me puse ropa más cómoda y recogí mi cabello antes de entrar en mi estudio poniendo el teléfono en modo no molestar y dejé que fluyeran mis emociones.
Tenía hasta bien entrada la tarde para trabajar sin descanso, Violeta me había comentado que quería ir con sus primos a comprarme un regalo de cumpleaños y Rubén imagino que al no dar noticias estaría durmiendo después de su guardia.
Las horas pasaron entre anotaciones, tachones, bases nuevas, probando ritmos y estilos para el disco de mi regreso.
El tiempo se me pasó volando, cuando quise acordar eran las cinco y aún no había comido.
Sabía que Violeta no vendría hasta las siete o más si no se entretenía.
Paré para ir a la cocina a por algo de comer.
No quería que Rubén me regañara por olvidarme de comer.
Vi que había una ensalada preparada metida en la nevera.
Eso serviría. El golpe de una puerta a lo lejos captó mi atención.
Agarré un tenedor antes de asomarme a la puerta de la cocina mientras abría aquella ensalada.
—¿Gus? —pregunté en voz alta caminando hacia donde se había sentido el golpe.
—¿Yaris? —insistí asomándome—. ¿Hola?
Pinché varias hojas de aquella escarola con algo de salsa césar y un poco de pollo mientras seguía avanzando de camino a encerrarme de nuevo en el estudio.
Antes de poder tocar la puerta que daba al patio que se tenía que cruzar para llegar al estudio, una mano agarró con fuerza mi brazo tirando de mí hacia atrás.
Con el corazón encogido busqué rápidamente de quién se trataba, tambaleándome por la sacudida antes de toparme con los ojos de Marc mirándome llenos de rabia.
—¿Qué haces aquí? —pregunté tratando de que no se notara que estaba aterrada por el sobresalto—. Suéltame…
Le pedí tratando de sacudir mi brazo, buscando que me soltara.
—¿Quién coño te has creído que eres para humillarme así? —Su mano agarró con fuerza mi brazo, apretándolo con sus dedos.
—¿Disculpa? —pregunté sin entender lo que me estaba diciendo.
Marc me zarandeó tirando la ensalada al suelo.
Al sentir el bol caer no pude evitar sentir pánico de aquella reacción tan violenta que estaba teniendo.
No era la primera vez que me trataba así, pero ahora su rostro y sus ojos estaban fuera de sí.
Moví mi cuerpo inútilmente tratando de que su mano me soltara.
—Marc… Me estás haciendo daño, suéltame —le pedí respirando profundamente sin dejar de moverme buscando soltarme.
—No pienso soltarte hasta que me expliques a qué coño ha venido el numerito del juzgado. ¿No te basta con la puta canción esa de mierda que has sacado?
—Estás loco, suéltame —volví a pedirle mirando a mi alrededor—. No sé de qué numerito me hablas.
—¿Loco? —repitió con una sonrisa fingida—. Aquí la única loca eres tú, debería darte vergüenza comportarte así… ¿Qué pretendías? ¿Humillarme? ¿Avergonzarme?
Sus manos sujetaban mis brazos, clavando sus dedos sobre mi piel. Sus ojos me miraron de arriba abajo con desprecio al estamparme contra una pared colocando nuestros brazos como única distancia entre los dos.
—Me estás haciendo daño… —dije en voz baja tratando de controlar el pánico que invadía mi cuerpo, evitando entrar en su juego.
—No eres nadie, no vales una mierda ¿lo sabías?
—Sus palabras salían de su boca tras saborearlas—.
Vives amargada porque sabes que jamás volverás a ser como eras antes…
Estás vieja —dijo con desprecio apuñalándome con aquellas palabras—.
Jamás encontrarás a nadie que soporte tus excentricidades, tus estúpidas bromas.
Eres una puta panchita de mierda. María es mucho más mujer de lo que tú has sido y serás jamás…
—Pues lárgate con ella y déjame en paz —dije tragando los nudos que rajaban mi garganta por el pánico.
—Nadie de tu alrededor te soporta, ¿no te das cuenta? Están contigo por interés, porque no existe ningún otro motivo para que alguien pueda fijarse en ti o aguantar tu arrogancia si no es por dinero… Hasta tu madre se murió para no tener que soportarte.
Su cara reflejaba hastío al mirarme, destrozándome por dentro con sus palabras.
—Terminarás sola, porque hasta tu hija algún día se dará cuenta de lo imposible que es vivir a tu lado.
—Como no te largues te juro que gritaré… —le amenacé sabiendo que estábamos solos y los de seguridad jamás me escucharían.
—Hazlo —dijo desafiante.
Sus dedos seguían clavándose sobre mis brazos, al igual que sus palabras apuñalaban heridas que tenía casi cerradas haciéndolas sangrar de nuevo.
Sus ojos azules, que tantas veces me habían transmitido paz, ahora me producían pánico al verle mirarme así, como si mi vida no valiera nada.
Mi cuerpo luchaba por no temblar y no mostrar debilidad, sobre todo al ver cómo intentaba acercar su boca a la mía.
—¿Te has vuelto loco o qué? —Giré la cabeza rápidamente—.
—¿Qué pasa? ¿Ya no suplicas para que te haga caso?
—Estás loco… ¡Socorro! —grité removiéndome, buscando algo o alguien a mi alrededor que me ayudara.
En ese microsegundo que una de sus manos abandonó mi brazo, creyendo que habría recapacitado.
Lo último que pensé era recibir aquel golpe sobre mi mejilla derecha.
Sentí sus dedos y su palma golpear mi mejilla con tanta fuerza que notaba mi piel arder y un incesante pitido en la cabeza.
Mi corazón dejo de latir por un instante.
Mi oído derecho comenzó a pitar mientras mis ojos se alzaban tratando de entender el porqué.
Mi corazón palpitaba tan fuerte que lo escuchaba a pesar del zumbido de mi oído.
—Lo siento…
Susurró acercándose a mí completamente ido, agarrando entre sus manos mis mejillas.
—No me toques —dije con la voz entrecortada tratando de apartarlo con mis brazos.
—Perdóname, perdóname, perdóname… —insistió pegando su frente a la mía con fuerza.
—Vete por favor, no me toques —volvía a suplicarle luchando por no caer en pánico—. Vete…vete, vete
—Esto es por tu culpa —repitió sollozando posiblemente al entrar en pánico—. Tienes la puta manía de sacarme de quicio, me vuelves loco… —Sus dedos sobre mi pelo seguían ejerciendo presión para no separar nuestras frentes—. Siempre me has hecho sentir que no estaba a tu altura…
—Vete por favor…. —susurré en voz baja llorando.
Marc tiró de mi cabello hacia tras obligándome a mirar sus ojos aguados.
Exhalé aire al sentir cómo tiraba de mi pelo hacia atrás, viendo cómo mis ojos nerviosos eran incapaces de fijar la vista en ningún otro sitio que no fuera su cara.
Sus ojos me observaban completamente idos.
Era la primera vez que sentía miedo a su lado.
Sobre todo, al oler su aliento a alcohol.
—Cuando te he visto esta mañana con ese traje rosa… —Acercó su nariz a mi cuello—. He recordado lo hermosa y lo mucho que te he deseado siempre —dijo acariciando con sus dedos mi rostro sin soltar mi cabello con su otra mano.
—Por favor vete —volví a pedirle tragando nudos de impo tencia—. No hagas nada de lo que puedas arrepentirte, piensa en Violeta.
Sus ojos volvieron a mirarme. Quería despertar su cordura.
Quería que me soltara y no verlo jamás. No podía dejar de maldecir el momento en el que le dije a mi hermano que se fuera.
Sus manos y sus ojos volvieron a acariciar mi rostro provocando en mí un horrible escalofrío.
Su mano acariciaba mi cuello con fuerza, estirando mi piel.
Sentía asco al notar sus dedos recorrer mi rostro y dolor al tocar por donde me había golpeado.
Tras implorarle varias veces que parara, no pude hacer otra cosa más que llorar en silencio.
Sus manos me sujetaban la cabeza con fuerza, tratando de besarme.
Por más que trataba de resistirme, capturó mis labios violentamente antes de tirarme sobre el sofá.
Sofá donde tantas veces nos habíamos acurrucado para ver un partido o una película.
Marc estaba dispuesto a tomar por la fuerza lo que tantas veces le había mendigado estando a su lado, sin importar romperme la ropa para alcanzarlo.
Con un tremendo zumbido en los oídos y el corazón latiendo tan fuerte que podía sentirlo en la cabeza.
Su cuerpo era el doble que el mío y su fuerza me hacía sentir como una hormiga a punto de ser aplastada por un elefante.
No podía hacer otra cosa más que resignarme, tratando de transportarme mentalmente a otro lugar.
El tacto de sus labios besando mi cuello, hicieron que no pudiera controlar por más tiempo las lágrimas de mis ojos al apretarlo con fuerza.
Era la primera vez que lloraba por puro coraje.
Ya no había dolor. Era frustración, rabia y coraje de no estar en igualdad de condiciones.
Una de las manos de Marc agarró mi cuello obligándome a besarlo.
Sus labios sabían a alcohol, besándome con tanta rabia que me hacía daño.